Los líderes que triunfan son imperfectos.

H. Mintzberg

En cuestión de semanas dos de las más populares Jefes de Estado del mundo, y con mejores resultados, presentaron renuncia a sus altos cargos. Me refiero a Nicola Sturgeon, ministra principal de Escocia, y Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda. (También renunció no hace mucho Liz Truss, primera ministra británica, pero en su caso por una desastrosa gestión. Sí, porque buenos y malos líderes surgen en todos los géneros). 

Aunque en regímenes parlamentarios es habitual una renuncia, estos casos tienen ingredientes adicionales bastante sugerentes. «Solo con una entrega absoluta es posible desempeñar este trabajo… », afirmó Sturgeon cuando anunció su renuncia. Ardern, por su parte, explicó que había decidido renunciar porque ya no tenía el tanque lleno y un poco en la reserva… los políticos son seres humanos… damos todo lo que podemos por el tiempo que podemos, hasta que llega el momento de partir…»

Pero sobretodo enfatizaron en el momento del retiro su deseo de pasar más tiempo con sus familias. Sturgeon con sus sobrinos adolescentes; Ardern con sus hijos pequeños. Que sería injusto interpretarlas como justificaciones inventadas para salir del paso y quedar bien. Es sabido que las dos sobresalieron por su empatía con el dolor de los ciudadanos y su actitud protectora durante la pandemia.

Simple y llanamente ya no querían continuar allí.

Estos casos suscitan todo tipo de reflexiones. Unas muy deslucidas; otras, provocadoras. Y evocan de alguna manera la decisión de Bartleby, el personaje del cuento de Melville. Un competente e insatisfecho amanuense de un despacho judicial, que a partir de un día repitió hasta su muerte una respuesta «pura, explícita, invencible» a las solicitudes de su jefe, de sus colegas y del resto de la humanidad.  

—Preferiría no hacerlo. 

Pues bien, estas mujeres en la plenitud de sus vidas, en el cenit del reconocimiento de sus conciudadanos y el prestigio internacional, también declararon «preferiría no hacerlo». 

No vale la pena gastar tiempo en los comentarios sexistas que han suscitado estas renuncias. Que las mujeres no están para asumir estas responsabilidades, más preocupadas por los niños que por su trabajo, … etc. Nada que valga la pena tomar en serio.

Lo que en realidad han traído es aire fresco al claustro donde se acumulan los atributos que debe poseer un líder. Y no me refiero a las 52 habilidades para dirigir que enumeran algunas listas utópicas: comprometido, curioso, estable, ético, coherente, integrador, resolutivo, pragmático, y sigue. Sino sobretodo a las impregnadas de testosterona. Me refiero a los poco mencionados pero que a la hora de la verdad se esperan de un dirigente. Un líder no tira la toalla; no duerme bien si ha hecho su trabajo; nunca da un paso atrás, solo adelante; trabaja 24 horas y 7 días; el sentido de su vida está centrado en el logro de su misión profesional; considera que no hay nada imposible; el fracaso no es una opción. Este tipo de líderes son exponentes vivos de la sociedad del cansancio (Byung-Chul Han). Aquella caracterizada por el exceso de positivismo (todo es posible), hace que cada persona se autoimponga el máximo rendimiento hasta el agotamiento y el aburrimiento existencial, consumidos en el hiperactivismo heroico buscando sus metas. 

Por el contrario, Arden y Sturgeon han mostrado que son necesarias otras capacidades en un dirigente. Con su ejemplo prueban que el propósito de la vida no puede limitarse al rendimiento en el trabajo, y que la aceptación de sus flaquezas en vez de desprestigiarlas revelan su valentía y seguridad en sí mismas. Todo lo cual despierta un profundo respeto. Y constituye una refutación a los pensadores organizacionales, quienes ahora podrían incorporar a sus discursos estos nuevos cánones de lo que debe considerarse un buen jefe en el siglo XXI. El poder de la vulnerabilidad y la búsqueda de un sentido de la vida por fuera de la oficina. 

Le pasa a uno por la mente que las sociedades serían mejores sitios para vivir y las empresas para trabajar si algunos líderes siguieran el ejemplo de estas interesantes mujeres. Espero provocar en la memoria de cada lector la evocación de los nombres de los dirigentes colombianos que habrían podido hacer lo mismo y contribuido así a que el país fuera un mejor vividero.

 

Para seguir la pista

  • Han, Byung-Chul (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
  • Melville, Herman. (1969). Bartleby. Edicom.
  • Owen, Jo. (2020). Mitos de liderazgo. 3R Editores.
  • Borgen. Serie de televisión danesa. Netflix.
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