Reencuadres

Publicado el Manuel J Bolívar

Los reyes del mundo

«Que fuerte soy porque odio, 

que fuerte soy por tu odio»

Se han lanzado hipótesis de todos los colores políticos para interpretar el estallido social del 2021. Desde que se trató de una conspiración promovida por la izquierda internacional, hasta que fue el acto sublime e iluminador de la juventud colombiana para exigir un mejor porvenir —«ustedes lo merecen todo: no se conforman con migajas» (W.Ospina.)—. Por supuesto, en este extenso arco iris de miradas que va de la una a la otra, caben muchas más. Entre ellas, que la guerrilla y el narcotráfico estuvieron detrás dando armas e instrucciones; o que fue una insurrección espontánea del pueblo contra una élite desconsiderada («respuesta a los impuestos a la comida», G. Petro). Lo cierto es que pudimos ver «un aquelarre de frustraciones infinitas y aleatorias», que destruyó ciudades, elevó el precio de los alimentos, asustó a medio país y definió el triunfo de Petro.

Pues bien, la laureada película colombiana Los reyes del mundo, de Laura Mora, disponible en Netflix, ofrece la oportunidad de examinar con calma otras probables razones de aquel traumático evento. Para aquellos que ven el cine colombiano con pereza y prevención por su monomanía y estética barata (sicarios, guerrilleros, narcos y mujeres siliconadas; gonorreas y madrazos por doquier) permítanme advertirles que se trata de un decoroso acercamiento y por momentos lírico, casi compasivo, a la situación de cinco jóvenes desarraigados en procura de un sueño.

Rá, Nano, Sere, Winny y Culebro son amigos entrañables, los hermana el desamparo. Provienen de familias desechas, desplazadas por la violencia de guerrilleros, narcos, mineros y demás frutos de la tierrita. Sobreviven mal en una ciudad hasta que Rá recibe un oficio de la Unidad de Restitución de Tierras que le anuncia la devolución de la parcela de donde fue expulsada su abuela. La película es la historia del viaje de Rá y sus amigos desde la ciudad hasta el campo para tomar posesión. Los mueve el sueño de la tierra prometida, un lugar donde al fin podrán vivir en paz sin que nadie los humille. Confían en que por fin se haya hecho justicia. Son jóvenes que vislumbran un futuro, no se sienten condenados por anticipado. Una esperanza que marca la diferencia de esta película de otras que abordan lo mismo (Rodrigo D No futuro, La Virgen de los sicarios).

La travesía de los cinco muchachos nos sumerge en la realidad colombiana en toda su aspereza y ternura. Recorren carreteras que culebrean por montañas envueltas en espesas nubes donde se mimetizan las luces y sombras del país. En escenas conmovedoras se muestra a campesinos más pobres que ellos compartiendo su comida. A prostitutas tristes acogiéndolos como madres que reciben a sus hijos ausentes. A campesinos y empresas que protegen con celo sanguinario sus minas ilegales. Momentos de un indescifrable júbilo, desafiante y vengativo, porque se apedrean las bombillas de la calle. 

Así como no hay condescendencia con estos jóvenes abandonados a su suerte, tampoco la película la tiene con el espectador. Ahí está el país que tanto patriotismo nos despierta cuando se trata de fútbol, tanta zozobra cuando se trata de bloqueos y tanto desmoraliza cuando se observa una clase política dedicada a su enriquecimiento.

Es una crónica alejada del tratamiento judicial (detenidos y daños) y moralista (gente de bien contra malos) que los noticieros de televisión acostumbran dar a las acciones de los jóvenes. Sin endiosarlos y poniéndose sus zapatos, la directora Laura Mora teje con buen pulso el hilo que conduce desde las agrietadas vidas de Rá y sus hermanos hasta el estallido social.

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