Hoy muchos colombianos tienen más dudas que certezas sobre por quién votar, en menos de tres
semanas; inclusive algunos están en la indecisión entre votar en blanco o no votar. Esto en parte
es consecuencia de una mala campaña, porque Cepeda y Abelardo, los favoritos, coincidieron en
no ir a los debates que, en cualquier país del mundo, aún si no son democráticos, hacen parte de
la rutina del proceso electoral y de la vida política, máxime cuando se está en una campaña. No
hay una razón valedera para que no hayan aceptado la invitación que se les hizo; considero que su
comportamiento es simplemente un desaire a la democracia; y voy más allá, es un irrespeto a los
ciudadanos, es decir, a sus electores. Parece que finalmente entendieron el punto, que además les
da la posibilidad de aumentar sus electores y tendrán al menos un debate cara a cara.
No encuentro sino dos explicaciones posibles a este absurdo y poco democrático comportamiento.
La primera, es que no han querido arriesgarse a la confrontación pública, que no sería una razón
válida, pues ambos candidatos tienen carácter y se consideran con la talla para ser presidentes de
la república. O será que lo consideraron innecesario porque el elector se mueve por emociones y
no por razones, y por ello no requeriría razones o argumentos para votar. En este punto pueden
tener algo de razón, porque la política se convirtió básicamente en una confrontación y
movilización de emocionalidades y por ello, mover ideas no sería lo más importante.
La segunda explicación es que los personajes piensan o sus asesores les dicen que, sin necesidad,
no deben exponerse públicamente y que, sobre todo Cepeda, ya cuentan de entrada con un
electorado comprometido; los votos que les faltan, los pueden conseguir, sin exponerse, con
actividades proselitistas puntuales y presentaciones divulgadas por los medios donde, sin
competencia y sin riesgo, se pueden “despachar” al rival. Han sido presentaciones de
generalidades sobre las intenciones del candidato, casi que reducidas a consignas, que no admiten
un debate; son fáciles para el candidato, pero poco mueven al ciudadano que las escucha, que
generalmente vota movido más por los sentimientos que por razones. Todo ello enmarcado en un
costoso derroche de publicidad. Sin duda, se juega más con la imagen que con el mensaje, muchas
veces reducido a un relumbrón sin contenido.
El quehacer político y la política misma, se han empobrecido. Los políticos se volvieron “show
men” y el discurso y las propuestas, simples frases con impacto, pero sin contenido. En el mundo,
Colombia incluida, vivimos el final de una era de la política y todavía no se aclara un futuro posible.
Navegamos en medio de confusiones, sin un derrotero medianamente claro. No hay que
desesperar ni encerrarnos en nosotros mismos; por el contrario, hay que escuchar, observar y
buscar salir del aislamiento en que hemos caído, entendiendo que lo que estamos viviendo no nos
pasa solo a nosotros, que es un sentimiento generalizado, sobre el cual debemos discutir y
reflexionar. La solución no nos caerá del cielo, saldrá de nosotros, siempre y cuando no nos
encerremos en nosotros mismos. El camino no es fácil, pero no hay alternativa.