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Publicado el Mar Candela

La Lógica presidencial y el muro de mis lamentos

Margarita López Ardilla ilustradora Colombiana
Margarita López Árdila.     Ilustradora Colombiana                                                                             La lógica presidencial es que con muy pocos contagios debemos quedarnos en casa, aislarnos completamente y cuidarnos, porque la mejor forma de velar por las personas que amamos es cuidarnos. Eso sí, cuando existen miles de contagios en todo el país hay que empezar a salir, porque tenemos que convivir con este virus: no podemos vivir en aislamientos perpetuamente y tenemos que empezar a producir, porque es preocupante la pobreza extrema a la que nos puede llevar el virus.
La lógica presidencial es asustarse por la extrema pobreza, mientras usa los recursos de nuestros impuestos en carros lujosos blindados, en publicidad dedicada a lavar la cara del presidente y en un programa de televisión diario en donde el presidente habla muy bonito mientras nos manda a la boca del león sin ninguna herramienta.
La lógica presidencial consiste en la autorregulación y el autocuidado de una ciudadanía que no ha sido educada para el ello, y que además cree que hay que romper las reglas siempre porque sí, como gran hazaña, sin ningún argumento de fondo.
La lógica presidencial actual no es diferente a la de todos estos años de mi existencia como colombiana en decrecimiento. Como todos los gobiernos, el actual aplica aquello de “pan y circo”: discursos amañados en donde el presidente luce como una especie de salvador impoluto mientras, a sus espaldas, según afirma, ocurren todo tipo de atrocidades protagonizadas por políticos de diferentes orígenes que aprovechan la desgracia para robarse la plata destinada a ayudar a la gente. Lo hacen inflando los precios de las cosas que se entregan a la población. Recuerdo desde siempre al presidente de turno posando de inocente y haciéndonos creer que realmente está convencido de que tenemos la capacidad de enfrentarlo todo, así, sin herramientas.
Es la misma historia de décadas: Iván Duque no es nada nuevo, no es nada fresco, aunque sea el presidente más joven de la historia Colombia. Es la misma cosa, recalentada eso sí, de las políticas de siempre.
Por supuesto, yo no estoy pidiendo que no salgamos nunca más de nuestra casa. Yo lo que estoy diciendo claramente es que sin condiciones idóneas no podemos hacerlo y que esta salida va a hacer que todo el tiempo que ganamos sea tiempo perdido. No solo van a aumentar los contagios, van a aumentar las muertes y es evidente que al presidente no le importa, porque no se trata de su familia. Les aseguro que luego de que se acaba del todo esta cuarentena, cuando llegue la tragedia, va a hacer algunos programas de televisión con cara de sufrimiento y congoja, dando un sentido pésame hipócrita y diciendo que lo siente mucho: No lo sentirá, como no ha sentido ni en el corazón ni en los huesos ni en la conciencia cada peso malgastado que debió ser usado para responder, efectivamente, al clamor de los equipos de profesionales de salud por soluciones serias.
Acuérdense de mis palabras: pronto nos va a mandar a colegios y a universidades totalmente desprotegidos, sabiendo que en España más de 200 niños y niñas se contagiaron luego de que en ese país salieron sin vacuna y sin tratamiento. Estos niños no solamente son un foco de contagio para los adultos mayores y demás: van a sufrir la enfermedad sin ninguna necesidad y, algunos, van a morir porque también hay casos de niños que están pereciendo a causa del virus.
La lógica presidencial es experimentar en carne propia las desgracias de otros países en el marco de la pandemia. El presidente no entiende que ningún discurso resucita muertos ni sana enfermos. El presidente no entiende que todo el dinero que ha malgastado en inversiones insulsas y en ayudar a los bancos y a grandes empresarios (no hablo de empresas pyme ni de microempresas) debió ser invertido en crear un ambiente idóneo para salir a convivir con este virus.
Yo soy consciente de que es muy posible que el Covid 19 sea endémico, de que tal vez haya llegado para quedarse con nosotros y de que seguramente tendremos que aprender a vivir con él. Eso es parte de nuestra verdad, es una alta posibilidad, pero no podemos convivir con ese virus si no hay herramientas para hacerlo, si nuestro sistema de salud es paupérrimo. Yo no entiendo como Iván Duque es mencionado entre los presidentes que mejor ha manejado la situación: esto solamente me lleva a concluir que los líderes políticos del mundo, todos, son un desastre. A mí no me consuela qué otros países tengan peores presidentes al mío, a mí me duele lo que está sucediendo, a mí me aterra que por esta irresponsabilidad tengamos más muertes que las inevitables. Porque, aunque no lo crean, cientos de muertes se pueden evitar con políticas de cuidado serias.
¿Y quién soy yo para que el presidente escuche mis reproches? Esa es la pregunta que algunas personas me hacen cada vez que me ven trinar una y otra vez al presidente de la República. Pienso que hacen esa pregunta porque tal vez tienen algún tipo de delirio de inferioridad que yo no cargo, porque no entienden cuáles son los derechos ciudadanos y políticos y, mucho menos, saben acerca de dignidad ciudadana.
Yo no voté por Duque pero, me guste o no, él es el presidente de mi país. Y por más que no lo quiera asumir y aunque me niegue a aceptarlo, él es mi presidente. Y tengo toda la autoridad ciudadana y moral para hacerle reclamos porque yo pago impuestos, porque aquí he parido, porque aquí he vivido, porque aquí he sufrido, porque aquí es en donde me ha costado la vida. Porque, aunque no lo decidí, aquí nací. Y porque, aunque ese sentimiento estúpido de patriotismo barato que les inculcan a los soldados para motivarse en la guerra no es el que me mueve, a mí sí me motiva el sentimiento de tener acá todo lo que amo.
Sí. Eso de que esté acá es un asunto del azar. Yo no pedí ser colombiana y pude haber nacido en cualquier otro lugar del mundo y estar haciendo los mismos reclamos en otra parte. Y sé perfectamente que gracias a mi carácter estaría resistiendo con la misma dignidad que resisto aquí en cualquier otra parte del planeta. Y sé perfectamente que el poder político está maldito: que en todas partes los gobiernos mienten y, aún así, por ética, yo sé que debo cuestionar, que debo hacer resistencia.
Twitter es mi muro de los lamentos y es mi única arma. No tengo más herramientas para reprochar. Twitter y todas mis redes sociales son para hacer resistencia. Claramente, Iván Duque tiene en sus manos la posibilidad de mejorar su imagen sin que le cueste un peso: solo debe hacer lo correcto, cuidando a la ciudadanía, dando herramientas para la activación económica y académica desde la virtualidad hasta que tengamos una vacuna o una cura.
Tendremos que apostarle entonces a un tratamiento para que la gente no muera por este virus, pero ese es un asunto de la ciencia. El asunto mío es suplicar que no nos maten, porque eso es lo que hace el estado al mandarnos a la boca del león sin herramientas: asesinarnos. Iván Duque puede ser recordado como el presidente que más muertes logró evitar en Colombia o como el presidente que desató miles de decesos innecesarios. Ojalá le importara lo suficiente su imagen como para apostarle a salvar vidas en esta pandemia.

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