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Héctor Abad: modas morales censura y tabú

Me encontraba pensando profundamente en la diferencia entre la autorregulación necesaria para la construcción y el tejido social de estos tiempos posmodernistas y la autocensura. Esta reflexión me surgió después de leer la columna del gran Héctor Abad, un intelectual al que admiro en varios temas . Siempre he pensado que la administración intelectual por alguien debe verse reflejada en la confrontación y en los cuestionamientos de ideas y argumentos que tenemos con esas personas que sabemos sobresalientes ya que solamente ignoramos aquello que no produce ni fu, ni fa en nuestras cabezas. Mientras pensaba cómo abordar este tema encontré antes del amanecer en medio de mi insomnio intelectuales el siguiente trino de la feminista, escritora y crítica cultural colombiana la señora Vanessa Rosales : «Hay que dejar de querer camuflar violencia discursiva como postura crítica». No son lo mismo. Constantemente quieren hacerlo pasar como lo mismo. La violencia discursiva no es crítica».
De inmediato pensé en las modas morales, en la autocensura y en el tabú. Esta reflexión me vino como anillo al dedo, como cuando alguien se siente iluminado en medio de esa habitación oscura de ideas cruciales que están desorganizadas y no encuentras cómo exponerlas. Al leer a Vanessa Rosales Pensé : definitivamente a esto me refería con la diferenciación entre autorregulación intelectual basada en humanismo lógico y la autocensura. Trata de que la autocensura en sí misma procede del miedo a la lapidación pública, al terror que nos produce la calcinación simbólica debido a expresar libremente nuestros pensamientos mientras que la autorregulación proviene de otra lógica completamente diferente, de la lógica del cuidado necesario que debemos tener con la palabra, ya que muchas veces la palabra inspira pensamientos retardatarios a razón de interpretaciones espontáneas, nos autorregulamos debido a que antes de abrirnos a exponer pensamientos reflexionamos y nos damos cuenta que aunque no sea nuestra intención las cosas que estamos pensando son explicaciones proclives a adaptaciones discursivas de odio.
Después de esta reflexión,vuelvo y leo con atención a la más reciente columna de Abad , porque sé que es una pluma bastante influyente en el país, generadora de opinión y de debates con resonancia mediática justamente por eso y no solamente por eso, la leo detenidamente y con preocupación. Estas son algunas de mis conclusiones que pienso no deberían sacarse del análisis de esa columna.

No le falta razón al columnista cuando habla de modas morales, veo que las ha habido a lo largo de las historias de los diversos pueblos de la humanidad. Cuánta piel se puede mostrar en público es un ejemplo de ello. Algo va de la Inglaterra Victoriana a las minifaldas. Sin embargo considero que no se pueden confundir las modas morales con los avances de la sociedad. Pensar que pueden regresar los matrimonios infantiles a la aceptación como van y vuelven las minifaldas es una idea inexacta. Allí más que una moda hay un evidente avance social. Me parece absurdo que los chistes racistas sean comparables al caprichoso cambio del ancho y longitud de las corbatas, por ejemplo.

Tiene razón Abad, en su lectura de Graham, cuando habla de que nos autocensuras, en la vida y en la prensa. si tuviéramos clara la diferencia entre autorregulación y autocensura esto no sería problemático para nadie y entenderíamos qué es razonable que así sea. Cuando nuestro público incluye a la niñez adecuamos nuestras charlas, o así debería ser, a lo que resulta adecuado para sus oídos de acuerdo con edades y contextos. Y progresivamente les vamos incluyendo en nuevas conversaciones cuando la razón nos dicta que es conveniente . Así lo hacemos en el mundo mediático, evaluamos conveniencias y pertinencias. Y más allá de modas morales, la sensibilidad nos dicta que debemos tener precauciones con las personas que han sufrido discriminación histórica: evidentemente cada palabra que digamos sobre las comunidades étnicas o las sexualidades diversas amerita un cuidado especial, ninguna persona justa querrá revictimizar a alguien solo por no privarse de un apunte ingenioso susceptible a lastimar. E insisto, aquí más que una moda hay un avance social que es la preocupación por la otra persona.

Y finalmente están los grupos, que según Abad, generan tabús para defenderse, de los que rápidamente excluye a los “machos”. El ejemplo de que se puede decir que las mujeres son superiores a los hombres en algo (tienen el área cerebral del lenguaje más desarrollada) pero que decir lo contrario pondría a una persona en aprietos es interesante. Evidentemente hoy pordebajear a las mujeres es algo que no se puede hacer tan olímpicamente como antes, al menos en público Por supuesto que esto es un gran logro para las sociedades posmodernistas que estamos construyendo sin costumbres tóxicas. En verdad creo que este supuesto “tabú”, de nuevo, es mucho más que una moda. Porque pensar lo contrario nos abriría la puerta a pensar que a la vuelta de un siglo estaríamos retrocediendo culturalmente y políticamente escuchando discursos eugenésicos, y comparando tamaños de cráneos con sexo y raza para reafirmar la “superioridad” del hombre blanco. Repentinamente imagino que Héctor Abad está frente a frente conmigo y te digo a los ojos cómo su semejante:

Héctor, me encanta tu análisis y lo aprovecho para ponerte un reto a ti y a todas las personas que me leen: no observamos activamente el riesgo de que los avances sociales se vuelvan solo modas morales. Hay cosas inaceptables que no deberían volver jamás. Y el solo riesgo de que esto sea así nos obliga a ser algo más que espectadores. Respetado Héctor: más allá de la autorregulación entendida como una agobiante autocensura que nos toca a veces a todas las personas para integrar la sociedad, podemos enfocarnos en hacer tan sostenibles las transformaciones sociales en contra del racismo, el sexismo y otras discriminaciones, que en el futuro algo de incorrección política al respecto sea posible sin revictimizar. Hoy esas heridas siguen abiertas y sangrando. Y esas pequeñas autorregulaciones son un mal mucho menor en comparación a los feminicidios y los delitos de odio.

Y para terminar, un par reflexiones. Sí, es cierto que ninguna lucha social justa puede amparar matoneos y estigmatizaciones. Pero también es cierto que el lugar de privilegio no puede convertirse, al menos en el caso de quienes coincidimos en el deseo de una sociedad mejor, en una trinchera para las opiniones insensibles. Y Héctor: el hecho de que haya personas que osen hablar de Feminazis muestra que el “invulnerable” macho blanco, cada vez más, está en búsqueda de sus propios tabúes para defenderse. Afortunadamente hay muchas cosas que sí puedes decir para que este mundo avance. Luego regreso a la realidad y pienso en todas las personas que me leen esperando conocer sus opiniones. Termino mis letras por el momento

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