Psicoterapia y otras Posibilidades

Publicado el María Clara Ruiz

¿Es así o me lo imagino?

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¿Le interesas a esta persona?… ¿El/ella está a gusto con tu trabajo?… ¿Quiere seguir siendo tu amigo/a?… ¿Se sintió ofendida/o cuando dijiste esas palabras?… ¿Qué cosas le gustan o no le gustan?… ¿Necesita de tu ayuda?…

Incógnitas que en la vida cotidiana aparecen una y otra vez. Te haces un lío intentando resolverlas en los rincones más apartados de tu intimidad hasta llegar, incluso, a sacar conclusiones y a actuar sin saber si lo que has interpretado se corresponde con la realidad.

La imaginación te ha permitido crear,  inventar, proyectar para luego representar aquello que no ves. Gracias a ella te puedes considerar artista. Y también, la imaginación puede llenar el campo vacío que dejan las preguntas que no expresas sobre los sentimientos, los pensamientos o el estado de los demás. Por tu mente silenciosa -pero hiperactiva- pasan millones de incógnitas que pueden convertirse en un universo de posibles respuestas resbaladizas y condicionadas por tu propia historia, tus prejuicios y tu carácter.

Puede sucederte en los primeros tiempos de una relación amorosa. A no ser que tengas una coraza tan rígida como para no sentirte al menos un poquito despistado/a, empiezas a crear hipótesis sobre las actitudes, las palabras, las miradas o los gestos de la otra persona, y puede ser que tomes decisiones o asumas comportamientos basados en esas conclusiones.

Y a partir de aquí, las cosas pueden ir mucho más lejos. Existe un mecanismo de defensa que siempre me ha parecido muy interesante. Se llama «contraidentificación proyectiva». Es tan enredado el nombre como lo que quiere describir y se trata de asumir un comportamiento a partir de lo que yo imagino que el otro piensa o quiere. Esto se hace de manera inconsciente, por supuesto. Siguiendo con el ejemplo anterior, si imaginas que a esa persona que acabas de conocer le gusta que seas divertida, entonces tú, saltándote el paso de pensar lo que te gusta y necesitas, empiezas a buscar discotecas, comedias, circos y demás, porque crees que eso es lo que espera de ti y quieres agradar. No hará falta explicar que tarde o temprano se impone la realidad de cada uno y es en este momento cuando, o se rompe la relación o se sigue adelante con otros presupuestos. En el más triste de los casos -y sucede- se pasa la vida con una persona a quien no se conoce y a quien no se dio uno nunca a conocer.

En los grupos y en los equipos de trabajo sucede algo parecido. «Mejor no pregunto», es una de las frases más usuales. De esta manera, posiblemente se gane una ilusión de seguridad, pero a la vez se ignoran los talentos, se uniforman los roles y se pierden los valores que aporta la variedad de caracteres.

En las relaciones de amistad se opta muchas veces por la soledad, el abandono o el abuso porque «seguramente él/ella prefiere estar solo/a debido a su duelo o a su enfermedad», o «mejor no le llamo porque estará ocupado/a», o «qué voy a poder yo ofrecerle con tantos amigos que ya tiene» o «el/ella está siempre disponible para mi».

Si te das cuenta, hay infinidad de ejemplos en los que se refleja cómo gran parte de las relaciones humanas se basa en los imaginarios y cómo esta opción destruye, incluso, los primeros brotes de lo que podría ser un encuentro enriquecedor.

En algunos contextos sociales preguntar es sinónimo de invadir, de molestar, de ser mal educado. Entonces, para guardar las formas, se asume una falsa discreción que más que generar un buen ambiente puede crear mutua confusión, desconfianza o inseguridad. Ya que la salud mental y las formas sociales no siempre van de la mano, resulta que hay otras vías tal vez más comprometidas en un principio, pero desde luego más saludables. Y es así de simple… Si no sabes algo y quieres saberlo, PREGUNTA!!

«Vale más una vez pálido que mil veces colorado», dice un refrán colombiano. A España los colores han llegado algo cambiados y se dice que «vale más una vez colorado que ciento amarillo».

Y sí, está claro, a veces la otra persona no dice la verdad o se siente desbordada, acorralada, incómoda. Pero ese ya no es tu problema. A partir de preguntar, de investigar, de querer saber lo que hay, aunque no sea lo más conveniente o deseado, hay una dinámica que empieza a funcionar y que tiende hacia la búsqueda de relaciones claras y limpias, basadas en la transparencia y no en los condicionantes de la incomunicación o de las trampas del carácter.

Pero preguntar no sólo supone hacer la pregunta. También implica detenerse un momento -a veces algo más- y esperar para luego escuchar la respuesta aunque no guste, aunque duela, aunque de miedo.

A veces la respuesta no viene como esperabas. El silencio también habla y del cuerpo ni se diga. Porque la comunicación no se limita a la emisión y a la recepción de palabras. Es infinitamente más compleja, con implicaciones y condicionantes que cada uno pone en juego para construir formas diversas de relación.

¿Y si probamos hacer un pequeño o gran esfuerzo para contrastar, en la forma más auténtica posible, el imaginario con la realidad cuando haga falta? Soy consciente de que no siempre es fácil o, más aún, de que generalmente es difícil. Y también sé que, en ocasiones, vale más abrir la puerta y salir sin más, como sucede en situaciones de violencia, en las que el cuerpo ya recibe claramente la respuesta a cualquier pregunta.

Pero en condiciones de igualdad, inventar una verdad antes que contrastarla es como poner un velo a la realidad de los demás, que seguramente tendrán algo que decir para situarse en una realidad conjunta, ni mejor ni peor que la inventada, pero seguramente más auténtica y clara, constituyendo bases sólidas para el desarrollo de cualquier relación humana.

 

 María Clara Ruiz

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