Oviedo. Yo voté por Oviedo.

Y ahora, cuando trato de explicarme por qué, me viene a la cabeza una imagen vieja, muy de Antioquia, muy de plaza, muy del pueblo de mis abuelos: la del culebrero. Ese personaje que se paraba en la mitad de una plaza a vender productos fantásticos, engatusando con su lengua a los espectadores, que se… se colocaban, se arrumaban… no, esa no es la palabra… se arremolinaban alrededor de él, en círculo, a escucharlo vender cosas mágicas que hacían maravillas imposibles. Una crema que rejuvenecía. Un brebaje que curaba quién sabe qué. Un producto prodigioso para males inventados y males reales.

Oviedo fue como un culebrero moderno.

Y sí, me duele decirlo: yo fui engatusada.

Voté por Oviedo en la consulta de la derecha porque no había consulta del progresismo y porque en redes yo seguía a Oviedo y decía cosas con las que estaba de acuerdo. Creí en su sinceridad al felicitar… o bueno, ni siquiera era que felicitara: reconocía méritos, reconocía triunfos, reconocía buenos procederes del gobierno actual de Gustavo Petro. Y eso, en alguien de ese lado, encandiló. A mí me encandiló.

Y aunque yo no habría votado por él como presidente, eso sí lo tenía claro, porque yo ya sé por quién voy a votar, en la consulta dije: voy a votar por este man. Este tipo es correcto. Parece sincero. Este habla lo que debe hablar. Este no está polarizando. Este no está atacando a nadie.

Y de repente a mí se me olvidó quién era.

Se me olvidó que era uribista.

Uribista de pura cepa.

Votó por Uribe, votó por Pastrana, votó por Iván Duque, votó por Santos, votó por todo ese mundo político, por toda esa línea, por toda esa tradición. Siempre ha estado de ese lado y siempre ha apoyado esas ideas. Pero por un momento, por unos meses… bueno, no, ni siquiera. Por un mes. La verdad es que yo quedé engatusada por Oviedo como un mes y medio. Y por ese mes y medio me dio amnesia política.

Y tanto que critico la amnesia política.

Yo he escrito varias columnas criticando que el colombiano sufre de amnesia política. Y yo, yo, que tanto bla, bla, bla he dado sobre eso, terminé con amnesia política también.

Porque me esperancé.

Me esperancé en que existiera otro político dentro de esa podredumbre, de ese nido de ratas… No, esa frase suena demasiado cliché. Y además tampoco quiero compararlos con ratas ni con aves rapaces, porque los animales, por más depredadores que sean, tienen ética para sobrevivir, tienen una lógica, tienen una necesidad. Incluso llegan a ser mejores que los seres humanos. No merecen que una los use para intentar rebajar a esa gente. Así que no. No los voy a comparar ni con ratas ni con aves rapaces.

No encuentro ahora mismo la frase exacta mientras escribo esto, pero sí sé que son políticos venenosos. Eso sí. Gente dañina. Gente mañosa. Gente que vive de embarrar al otro porque no sabe vivir de otra cosa.

Políticos que atacan, que no proponen, que lo único que hacen en campaña es atacar al oponente con groserías, con insultos, denigrándolo, inventando cosas, embarrando al otro, revolcándose en la porquería verbal porque creen que de ahí salen fortalecidos.

Y de pronto Oviedo fue como una lucecita. Bueno, una lucecita no sé, porque suena hasta bonita la palabra. Fue como una rendija, una ilusión de que, dentro de toda esta campaña tan absurda y tan violenta, violenta verbalmente y también en sus acciones políticas, aunque no sea violencia de golpes ni de puños, sí de destrucción del otro, sí de odio, sí de degradación, había alguien distinto.

Oviedo no parecía así.

No se mostraba así.

Pero una cosa es lo que muestras y otra lo que eres. Y eso en política aplica muchísimo.

Entonces yo vi en Oviedo a alguien diferente. Y era eso: una ilusión. Él dijo y se vendió como lo que mucha gente quería y necesitaba ver en ese momento: alguien distinto, alguien aparentemente transparente, alguien que no se revolcaba en el mismo barro discursivo de los otros.

Y yo compré esa imagen.

Mi engatusada fue tan brava que, un día antes de las elecciones, publiqué en mi Facebook un mensaje invitando a mis amigos a votar por Juan Daniel Oviedo para darle una lección a Vicky Dávila. Y hoy, hoy siento tanta vergüenza que borré esa publicación. ¡Ay, ombe, Diana Patricia!

Y la engatusada nacional fue peor, que cuando puse su nombre en Google para buscar una foto, me apareció esa pregunta que muchos buscaron: Juan Daniel Oviedo es de derecha o de izquierda. O sea: la gente ni siquiera sabía bien dónde ubicarlo. Y eso no habla de una virtud política. Habla de una operación de imagen muy bien hecha. Así de eficaz fue la culebreada. Así de bien vendió esa ambigüedad. Muchos seguramente lo confundieron con alguien cercano al progresismo. Y ahí caímos varios. Bueno, varios no. Digámoslo bien: ahí caímos los amnésicos. Los que le comimos el cuento.

Después de haber sacado el millón y pico de votos que obtuvo, unos días después se hizo el difícil. Después ¡pum! se quitó la máscara y el uribismo se le salió por los poros. La ultraderecha le salió a flote. Ahí estaba. Ahí apareció. Ahí se vio completico.

Está muy creído y muy alzado porque sacó un millón y pico de votos. Pero se equivocan. Esos votos no son suyos. O no del todo. O no como ellos creen.

Muchos de esos votos, me atrevo a afirmar, fueron del progresismo. Fueron de nosotros. De los que vamos a votar por Iván Cepeda. Como no había consulta progresista, muchos decidimos votar por él para darle una lección a personajes venenosos como Vicky Dávila, a ese reencauche que se vende como generación nueva, a los galanes de apellido, a toda esa lista de siempre, a todos esos apellidos que creen que el país les pertenece por herencia, por linaje o por costumbre.

Quisimos votar por alguien diferente dentro de esa misma consulta, alguien que además, al menos en apariencia, se comportaba distinto.

Y sí, Oviedo no es una persona común… no, mejor quito eso. Esa frase no me gusta. Supo venderse como alguien razonable en medio de tanta locura. Eso fue. Supo venderse.

Quisimos votar por él para darle una lección al resto de esa consulta tan corrupta, tan llena de lo mismo, tan llena de políticos que heredan glorias ajenas, dinosaurios que todavía creen que pueden aspirar a la Presidencia de la República como si el país siguiera detenido en el siglo pasado, figuras en extinción que se resisten a enterarse de que ya nadie los soporta.

Entonces, muchos del progresismo, muchos, muchísimos, un montón, por ejemplo todos los que yo conozco, votaron en esa consulta por Oviedo.

Sí, ya sé. Ahí estoy especulando. Pero tampoco tanto. Lo digo porque todas las personas progresistas cercanas a mí que conozco votaron por Oviedo en esa consulta. Y no votarían por Oviedo hoy. Y no votarían por él aunque no se hubiera ido con Paloma Valencia. Y si existiera una posibilidad entre Oviedo e Iván Cepeda, votarían por Iván Cepeda.

Entonces él no tiene un millón y pico de votos.

Eso no es verdad.

Esos votos se le acaban de ir volando.

Esos votos se le esfumaron.

Porque eran votos prestados. Eran votos coyunturales. Eran votos de gente que quiso intervenir una consulta ajena porque la propia no existía. Eran votos del progresismo que ya no cree en él y que ya no va a votar por él.

Así que si Paloma Valencia, el señor Uribe y todo su combo piensan que ese millón y pico de votos (mejor digo la cifra exacta: 1.255.510) están endosados a Paloma Valencia, se equivocaron.

Y yo reconozco, con vergüenza y con asombro, que me dio amnesia política.

A mí.

A mí, que tanto he escrito sobre eso.

A mí, que tanto he criticado eso.

A mí me pasó.

Porque me pudo la esperanza. O el cansancio. O la necesidad infantil, casi ridícula, de creer que todavía podía aparecer alguien decente en medio de tanto veneno.

Y no.

Era un culebrero. Y yo le compré el menjurje.

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