El silencio.
Curioso nombre para una serie sobre un compositor. Sobre uno de los más grandes compositores de la música clásica en Colombia: Luis Antonio Calvo.
El silencio.
¿Por qué el silencio?
No lo sé todavía. O sí. O medio.
Creo que uno empieza a entenderlo… apenas la serie comienza a moverse.
Esta columna, de hecho, la escribí antes de ayer. Y no la publiqué.
Algo me frenó.
Quise verla primero. El primer capítulo.
Quería entender —o intuir— por qué ese nombre.
Y empieza raro. O bonito. O impactante.
No empieza donde uno cree.
Empieza con Calvo.
Frente al piano.
Con esa manera de tocar que no pide permiso. En un auditorio que se siente contenido, casi suspendido.
Esa primera escena —la del auditorio— donde Juan Carlos Vargas, interpretando a Calvo en su edad madura, se sienta frente al piano…
y empieza.
Magistralmente, sí.
Silencio.
Y luego… un nacimiento.
Un niño que no llora.
Silencio.
Desde ahí, el título empieza a insinuarse.
Pero no quiero quedarme ahí.
No quiero hablar solo de la serie.
Quiero hablar de lo que suena.
De lo que sostiene todo eso sin que uno siempre lo vea.
La banda sonora.
La escena inicial, esa ejecución impecable al piano, no es solo un recurso dramático. Es parte de la banda sonora de la serie.
Y esa banda sonora viene de un proceso mucho más largo.
Eso que suena… tiene historia.
Tiene manos.
Tiene obsesión.
De años.
De archivo.
Esa música fue interpretada por uno de los pianistas más rigurosos y, sí, más virtuosos que tiene este país. Lezlye Berrío.
Pero decir virtuoso se queda corto.
Pianista. Investigador.
Creador de un trabajo que, con un nombre casi sencillo —Historias del Piano Colombiano—, ha venido haciendo algo que este país no hace con facilidad: escuchar su propia memoria.
La labor de Lezlye Berrío trasciende el escenario. Su trabajo no se limita a la interpretación: ha dedicado años a investigar, recuperar y grabar obras de compositores colombianos cuyos nombres y partituras habían quedado relegados al olvido.
Siglos XIX y XX.
Decenas de compositores y compositoras.
Un archivo disperso, silencioso, prácticamente inexistente para el público.
Ese trabajo —paciente, meticuloso— ha permitido que esa música vuelva a sonar. No como pieza de museo, sino como repertorio vivo, disponible, escuchable.
En el trabajo de Berrío hay años metido entre partituras olvidadas, papeles viejos, nombres que ya nadie pronunciaba. Hace 10 años comenzó Calvo a sonar para las nuevas generaciones. A sonar en las manos del maestro Berrío.
Alguien que decidió no dejar que esa música se muriera en silencio.
Que la buscó.
Que la reconstruyó.
Que la tocó.
Que la grabó.
Que la subió al mundo.
Para que existiera otra vez.
Décadas de música colombiana —siglos XIX y XX— que estaban ahí, quietas, esperando a alguien.
Compositoras.
Compositores.
Hombres.
Mujeres.
Nombres que dejaron de circular.
Todos empujados hacia un borde raro del olvido.
Berrío decidió hacer lo contrario: traerlos de vuelta.
Y todo… empezó con Calvo.
(Qué ironía, ¿no?)
Desde allí comenzó un proyecto más amplio de rescate del piano colombiano, que hoy constituye uno de los archivos más importantes del país en este campo.
Que una serie que se llama El silencio empiece justamente por alguien que se ha dedicado a que la música deje de estar en silencio.
Entonces tal vez la pregunta no es por qué el silencio.
Tal vez la pregunta es otra.
Qué cosas —en este país— solo existen cuando alguien decide escucharlas.
Y qué pasa cuando nadie lo hace.
Por eso hay una tensión interesante en el título de la serie.
Porque mientras El silencio intenta narrar una vida atravesada por ausencias, enfermedad, aislamiento y contexto histórico, la música que la acompaña proviene de un proceso que ha hecho exactamente lo contrario: romper el silencio.
Tal vez ahí está la clave.
En entender que el silencio no siempre es ausencia de sonido.
A veces es ausencia de escucha.
Y en Colombia, muchas veces, lo que no se escucha… desaparece.
Hace tiempo dejé de ver producciones colombianas.
No por desinterés. Por cansancio.
Me cansé de las historias que giran siempre alrededor de lo mismo.
Droga. Violencia.
Ese país reducido a sus peores versiones.
Como si la ficción necesitara insistir, una y otra vez, en la misma herida.
Y uno termina sabiendo qué va a pasar antes de que pase.
No por intuición… por costumbre.
Me cansé también de esos personajes que parecen diseñados, no vividos.
Cuerpos perfectos. Vidas irreales.
Como si la ficción necesitara olvidar que aquí la gente respira distinto.
También por eso dejé de verlas.
Porque dejé de reconocerme ahí.
Hace poco vi —o intenté ver— una de esas series nuevas.
Empieza con una mujer masturbándose en un yate.
Y luego lo de siempre: desapariciones, policías, tensión prefabricada… Ya sabe uno el tono, el ritmo, hasta el tipo de personaje.
Y uno siente que ya vio esa trama.
Aunque nunca la haya terminado.
Y de pronto aparece una historia que se queda en otra parte: El Silencio.
Por eso El silencio se siente distinto.
(No sé si “distinto” alcanza… pero bueno.)
Hay algo ahí que no está intentando impresionar todo el tiempo.
Que no necesita gritar para existir.
Una historia difícil.
En una vida.
Que no está construido desde el escándalo ni desde la caricatura.
Que está lleno de matices, de dolor, de belleza, de silencios, de decisiones que no se explican en una línea de esta columna.
Luis Antonio Calvo.
Y ahí pasa algo extraordinario.
Porque uno no está viendo simplemente a “un personaje importante”. Está viendo una vida que respiró distinto.
Una vida con todos sus bordes.
Con lo que duele.
Con lo que persiste.
Con un corazón que sana con música, aunque el cuerpo siga enfermo.
Y entonces la pregunta cambia.
¿Qué historia están contando?
Por qué estas vidas aparecen tan poco en las pantallas colombianas.
Por qué no circulan.
Por qué no las tenemos más cerca.
Por qué no se nombran en la pantalla.
Qué lugar ocupan —si es que ocupan alguno— en lo que decidimos recordar como país.
Qué decide este país poner en primer plano
y qué deja quieto, como si no importara.
Tal vez por eso esta serie se siente distinta.
No hace ruido para sostenerse.
Se queda.
Y en ese quedarse… algo empieza a moverse.
(Paradójico ¿No? Quedarse para hacer que todo alrededor se mueva)
La televisión en Colombia ha contado muchas veces la música.
Ha construido historias alrededor de cantantes, de géneros, de figuras que ya hacen parte de la memoria colectiva.
Vallenato.
Salsa.
Música popular.
Hemos visto esas vidas narradas una y otra vez.
Hemos aprendido a reconocerlas.
Pero esta historia se detiene en otro lugar.
En una tradición que también existe.
Que fue escrita aquí. Que forma parte de lo que somos.
La música clásica hecha en Colombia.
Compositores que trabajaron desde el rigor, desde la escritura y una relación profunda con el sonido.
Y, sin embargo, esa parte ha tenido nula presencia en lo que vemos.
Hay algo importante en que esa historia aparezca. En que alguien pueda verse ahí.
Un niño que estudia piano.
Una niña que se sienta horas frente a un instrumento.
Alguien que escucha, que insiste, que duda.
Y que, de pronto, encuentra una vida que dialoga con la suya.
No lejana.
No importada.
De aquí.
El Silencio cambia la idea de lo que entendemos por música colombiana.
Porque durante mucho tiempo esa idea ha venido con formas muy precisas.
Con ritmos que reconocemos de inmediato.
Con territorios claros.
Durante años, cuando se habla de música clásica, la referencia viaja lejos.
Europa.
Nombres que todos reconocen.
Beethoven, por ejemplo.
Ese tipo de grandeza que parece tener un lugar fijo en la memoria. Pero muy lejos de este territorio tricolor.
Aquí también se escribió música con esa misma vocación de permanencia.
También hubo quienes pensaron el sonido con disciplina, profundidad y una relación íntima con el tiempo.
Compositores que no necesitan comparación para sostenerse.
Que construyeron obra. Dejaron lenguaje.
Colombia suena de muchas formas.
Suena a tambor, a viento, a fiesta abierta.
Suena a calle, a Caribe, a montaña.
Y también suena a piano.
A vals.
A pasillo.
A formas que fueron escritas, trabajadas, pensadas desde el instrumento.
Todo eso también es Colombia.
Esperando, quizá, a que alguien vuelva a escucharlo. Y a escribirlo para televisión.
Ver una serie que se detiene en esa historia —y que la deja sonar— mueve algo.
Amplía el mapa.
Hace visible una zona que siempre estuvo ahí, pero que no siempre tuvo lugar.
También está el territorio. Santander y Cundinamarca.
Una sensibilidad que nace en un lugar específico, que recoge una manera de estar en el mundo.
Que lleva consigo una historia, una cultura, una forma de habitar el tiempo.
Y en medio de todo eso, hay una continuidad que no empezó ahora.
Durante años, Lezlye Berrío ha estado haciendo ese trabajo silencioso:
volver a tocar, grabar y poner a circular la obra de Luis Antonio Calvo.
Llevarla a las plataformas.
Dejarla disponible.
Abrirla.
Un archivo que existía… pero en silencio.
Y alguien decidió que no.
Que eso tenía que volver a sonar.
Que esa música no podía quedarse ahí, como si nunca hubiera importado. Ese alguien fue el maestro Berrío.
Y ahora, esa misma música entra en otro espacio.
La imagen.
La narración.
La serie.
Y algo se conecta.
Como si lo que llevaba tiempo sonando por un lado…
encontrara otra forma de existir, ahora en televisión.
Posdata:
Todos a verla: sábados y domingos a las 8:30 de la noche por CanalTRO.
Ahhh… Por ahí en redes sociales ya circulan los comentarios de los musicólogos y los investigadores musicales eruditos… que no sonaba Beethoven en esa época, que Calvo no usaba bastón… Vayan al Museo Calvo, salgan de los libros, que su erudición no se vuelva en una toxica criticadera para destruir. Por cierto, ahí les dejo la fótico… Calvo si usó bastón.
