BTS.
Un montón de coreanos cantando.
(Me gusta su música. A veces me suena igual. No siempre. Pero a veces sí.
Hay bailes que disfruto. Otros… siento que ya los vi. Otra vez. Igualito.
No me matan. Tampoco me disgustan.)
Hasta ahí, todo normal.
Pero hay algo…
algo que me tiene pensando más de la cuenta. Y no son ellos.
Son ellas.
Las Armys. A-R-M-Y. Como ejército. Y sí… lo son.
Porque ahí hay un abismo. Literal.
Están las niñas. Preadolescentes. Adolescentes. Diecisiete, dieciocho…
Y después aparecen mujeres de treinta y cinco para arriba, de cuarenta, de cincuenta, hasta de sesenta y hasta setenta años. Amigas mías. Madres de mis amigas. Mujeres ya grandotas, grandotas, tragadas, pero tragadas, de esos coreanos, con una intensidad que ni mis años más devotos de Ricky Martin.
Y no hablo de un caso aislado. Ojalá fuera una.
Son muchas. Demasiadas para ser casualidad.
Las conozco… por WhatsApp.
(Ya sé. Qué lugar tan raro para descubrir un fenómeno cultural mundial.
Pero así funciona ahora la vida: uno se entera de todo por los estados de la gente.)
Entro a chismosear —porque sí, es perder el tiempo, pero uno entra—
y ahí están:
uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete estados…
BTS. BTS. BTS.
Y gracias a esos estados los he ido conociendo.
No a ellos. A BTS como fenómeno.
Hay un dicho horrible, cargado de estereotipo cultural: “todos los chinos son iguales”. Ya sé, ya sé: BTS es coreano. COREANO. Que después no vengan las Armys y me cuelguen. O me hagan brujería por WhatsApp, que en estos tiempos uno nunca sabe. Pero tengo que admitir algo: a mí varios de ellos se me confunden. Me enredo. Entre el mismo tono de pelo de algunos, la producción tan calculada y esa perfección tan cuidadosamente fabricada, me cuesta distinguirlos.
Y eso es lo más fuerte.
Ellos están… demasiado producidos.
Y cuando digo producidos, es producidos de verdad.
Maquillados. Pero maquillados con precisión quirúrgica.
Gloss. Delineado. Pestañas. Base. Corrector. Piel perfecta.
Cabello en su sitio exacto. Ni un pelo rebelde.
Nada se mueve donde no debe.
Todo… impecable.
Demasiado impecable.
Y esa perfección… me asusta un poco.
Porque no existe.
Me puse a pensar —y sí, esto ya es obsesión mía—:
¿Cómo se ven cuando se levantan un lunes cualquiera?
En bóxer. Descalzos. Sin luces. Sin filtros. Sin ese ejército de manos que los construye.
Los busqué.
Quería verlos humanos. De carne y hueso.
No los encontré.
Todo lo que pretende ser “natural” sigue estando editado.
Retocado. Iluminado. Cuidado.
Entonces…
vivimos en un mundo que critica a las mujeres por usar filtros,
por maquillarse demasiado,
por construir una imagen…
y al mismo tiempo idolatra —con la misma intensidad— a hombres que encarnan un nivel de perfección aún más intervenido.
Y ahí algo… no cuadra.
Porque aquí no solo hay música.
Aquí hay deseo.
Hay construcción.
Hay personajes.
Cada uno tiene su rol:
el romántico, el serio, el divertido, el “loquito”, el sensible.
Todo está diseñado para que alguien —en algún lugar del mundo— diga:
“ese es el mío”.
Y funciona.
Claro que funciona.
(Lo sé. Yo fui —soy— fan de Ricky Martin desde niña.
Entiendo perfectamente esa emoción loca.)
No hay juicio ahí.
Pero sí hay una pregunta.
¿Quiénes son ellos cuando no están actuando?
¿Ese romanticismo es de verdad?
¿Ese gesto, esa mirada, esa forma de moverse?
¿O estamos viendo una coreografía emocional tan ensayada como sus pasos de baile?
Y entonces la inquietud crece.
No por las adolescentes —aunque sí, son más manipulables—
ni por las mujeres adultas, que ya han vivido suficiente como para saber dónde están paradas.
La inquietud va por otro lado.
Más silenciosa.
Más incómoda.
Un mundo que cada vez consume más figuras construidas.
Más perfectas. Más pulidas. Más diseñadas.
Y poco a poco…
esa construcción empieza a sentirse real.
Y cuando lo irreal se siente real,
algo se desajusta.
No en ellos.
En nosotros.
Porque BTS no inventó nada.
Ellos son el resultado.
El resultado de un sistema que entendió algo antes que todos:
que la perfección vende.
aunque no exista.
Y ahí estamos.
mirando, compartiendo, guardando, defendiendo…
creyendo, un poquito, que sí.
Y aquí, mientras pienso si esas últimas frases de arriba me sirven de final para esta columna, toc, toc, toc: un grupo de preguntas empezó a golpearme la cabeza. ¿De dónde diablos salieron las fans? Es decir, ¿eso quién se lo inventó? ¿Cuándo sucedió por primera vez?
Una cree que las Armys y todo eso nació con internet. Con el pop. Con la radio. Con los discos. Con la televisión. Fabricadas por TikTok. Que se riegan por WhatsApp. Hijas de la histeria digital. Mentira. Bueno, no mentira completa, pero esa vaina viene desde antes de Cristo.
Y aquí me fui a mi obsesión de siempre: Mesopotamia. Que me encanta. Ahí siento que comenzaron demasiadas cosas que todavía seguimos repitiendo, aunque ahora las repitamos con boletería digital y videos en estados de WhatsApp, pero sigue siendo muy similar.
En la Mesopotamia del quinto milenio antes de Cristo ya había instrumentos musicales. Obviamente. Instrumentos de viento hechos de hueso. Y en Uruk, siglos antes de que existieran los pósteres ochenteros, ya había músicos dibujados en pictogramas. Esos pictogramas son los ancestros de los afiches.
La música en Mesopotamia dominaba la política, la espiritualidad y la ceremonia.
Y eso me fascina.
En cambio hoy, la música es muchas veces eso que está sonando detrás, mientras ocurren las cosas importantes. La música actual queda reducida a entretenimiento, acompañamiento y distracción.
En Mesopotamia la música no era ambiente. No era una cosita linda de fondo. Era una fuerza colectiva. Ordenaba ceremonias y levantaba fervores. En el Akitu, la celebración de Año Nuevo más antigua del mundo (en una columna pasada les hablé sobre ella) los músicos tenían un lugar central dentro del rito.
A tal nivel loco de que algunos instrumentos eran considerados casi sagrados. No era solo la atracción por el músico. En el cuarto milenio antes de Cristo ya existía una fetichización del objeto musical. Instrumentos con nombre propio. Instrumentos considerados entidades divinas menores, como Ningizibara, un instrumento de cuerda mesopotámico. Y a mí eso me parece brutal, porque de ahí viene algo que seguimos haciendo hoy: la reverencia al objeto. La guitarra del rockero. El piano del virtuoso. El micrófono, el vestuario, el mechón de pelo, la reliquia pop.
Después aparecen las tablillas. Y ahí la cosa se pone superinteresante. Las canciones hurritas de Ugarit —no sé cómo suenan; ¿estarán en YouTube?—, conservadas en arcilla desde el siglo XIV antes de Cristo, muestran que la música ya podía fijarse, guardarse, volver a tocarse. Esas tablillas son las tatarabuelas salvajes de las partituras. Ya había repertorio. Ya había repetición. Ya había memoria musical. Ya existía el gusto por una obra específica y esa obsesión tan humana por volver a oír lo mismo, una y otra vez.
Y aquí es donde la cabeza se me fue lejísimos. Porque yo estaba pensando en unas señoras de WhatsApp, tragadas de BTS, y terminé en Mesopotamia. Así funciona a veces esta cabeza. O al menos la mía.
Y sigo… ¿Siguen conmigo?
Cuando una empieza a escarbar en la historia siempre aparece Grecia. Y ahí me encontré con los Juegos Píticos, celebrados en Delfos en honor a Apolo.
Eso me fascinó.
Porque mientras los Olímpicos premiaban músculos, velocidad y cuerpos entrenados, los Píticos ponían a competir otra cosa: la música y la poesía.
Y esta vaina es lo máximo.
Porque ahí ya no estamos solo frente al rito, como en Mesopotamia. Ahí estamos frente a algo muchísimo más cercano a nuestro hoy: la competencia artística como evento masivo. Como multitud pendiente de quién gana, de quién emociona más, de a quién le dan más aplausos.
Y los Píticos son el ancestro respetable de todos los realities musicales de hoy.
Sí.
Factor X en sandalias.
La Voz con túnicas ¿Usaban túnicas?
El teatro repleto. El público esperando al solista o poeta favorito. Conteniendo la respiración. Gritando hasta quedarse sin voz. Estallando en aplausos. Viajando desde distintas ciudades para verlo, para escucharlo, para decir: ese, ese es el mío.
Y a mí esto me parece tremendo porque ahí ya aparece claramente el público musical como fanaticada. La admiración convertida en pasión. La identificación con un artista. El deseo de escoger a alguien. De seguir a alguien.
Y aquí una descubre otra cosa: las fanáticas musicales tampoco son invento de Occidente. Ni de TikTok. Ni de los fandoms con nombre oficial y logo.
En Asia también estaban. Y con una fuerza política y cultural inmensa.
Hay algo de China que a mí me parece todavía más hermoso, que Mesopotamia y Grecia.
Allá, durante siglos, la figura que más se acercó a una estrella de rock no fue el músico.
Fue el poeta.
Y eso me encanta. Me conmueve, incluso. Porque recuerda la importancia civilizatoria de la poesía, su capacidad para desordenar una época, para hechizar a una sociedad, para producir culto, imitación, fervor.
Una capacidad que hoy la poesía perdió. Las desplazaron las frases motivacionales. Pero eso es tema para otra columna.
Li Bai el poeta. Li Bai tenía sus Armys. Desparramadas por China, sin TikTok, pero las tenía (el ancestro de Li Bai inventó TikTok – nooo, mentiras estoy especulando, aunque quién sabe…). A Li Bai lo seguían realeza, funcionarios, eruditos, gente del común. Le perdonaban sus excesos. Le festejaban sus borracheras. Le aplaudían sus desplantes. Al artista se le aguantan cosas que a los demás no.
Y eso también es fandom.
Solo que con poemas.
Siglos más tarde, en Europa aparece Franz Liszt. Y ahí ya la historia se vuelve deliciosamente loca. El equivalente a los BTS pero sin coreografía, con música clásica y piano de cola.
Lo de Liszt en la década de 1840 fue una locura. Literalmente así la describieron. Heinrich Heine bautizó el fenómeno como Lisztomanía. Cuando Franz Liszt daba un concierto y tocaba (obviamente) sucedía la locura: mujeres desmayándose, llorando, arrebatándose objetos que él tocaba o rozaba, peleándose por un mechón de pelo, guardando cuerdas rotas de piano como reliquias, mandándolas a convertir en pulseras, recogiendo los restos de sus cigarros y los posos de su café como si hubieran pertenecido a un santo pagano del teclado.
Liszt es el BTS de la música clásica. Él coinvertía la interpretación musical en espectáculo físico: su presencia seductora y arrebatadora, su erotismo escénico, él en personaje. Ya no era suficiente tocar bien. Había que aparecer. Mover el cabello seductoramente. Balancearse sobre el piano. Coquetear con la multitud. Volver la música una escena de deseo.
Ahí ya estamos peligrosamente cerquita del presente.
Muy cerca de BTS, además.
Porque con Liszt aparece algo tremendo que seguimos viendo hoy: el talento importa, sí, pero el cuerpo también; la ejecución importa, sí, pero la puesta en escena también; la obra importa, sí, pero la fabricación del ídolo pesa muchísimo. Y alrededor de esa mezcla estalla la locura de las fans. Antes era las Lisztomaníacas hoy son las Armys.
Cambian los siglos. Cambian los peinados. La locura fanática no. O sea: las Armys no aparecieron de la nada. Tienen antepasados. Poéticos en China. Frenéticos con Liszt. Devotos en templos y teatros mucho antes de que existieran los estados de WhatsApp.
El problema no son las fans. Ni siquiera BTS. El problema es otro. Un mundo cada vez más hábil para fabricar figuras irresistibles y venderlas como si fueran espontáneas.
Antes bastaban el genio, el rito, el poema, el virtuosismo. Hoy hace falta además una piel sin poros, un mechón perfectamente en su lugar, una personalidad diseñada al detalle, una ternura calculada, una seducción milimétrica. Por eso esas mujeres —las adolescentes, las de cuarenta, las de sesenta, las grandotas, las tragadas— no están siguiendo solamente a siete hombres coreanos que cantan y bailan. Están siguiendo una fantasía fabricada con una precisión feroz. Y ahí, justamente ahí, está el espejo raro donde nos estamos mirando.