Líneas de arena

Publicado el Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

El ladrón de libros, un delincuente venial

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Afiche promocional de la película «La ladrona de libros».

Cuando contaba once años de edad, me programaron en el colegio para hacer la primera comunión, aquella ceremonia que me inscribiría como católico practicante. En el curso de preparación, si algo me quedó claro es que para recibir la primera hostia sagrada, debía confesar algún pecado. La definición de pecaminoso, mentalmente la reduje a una acción concreta, pues pasaba por una edad en la cual comenzaba a tener pensamientos poco honorables, pero pocas opciones de llevarlos a la realidad. Así que la definición de pecado tuve que asimilarla con la noción criminal.

Si uno busca en las normas penales jurídicas de las civilizaciones, la codificación del delito seguramente se identificará  con las nociones primigenias de los ordenamientos teológicos, como los diez mandamientos en nuestra tradición judeocristiana. Repasando esa lista y comparándola con mis acciones, sólo puede identificar uno de los mandamientos francamente violado. Recordé cuando alguna vez me quedé en el salón de clase, colaborando con el aseo, en uno de los pupitres descubrí un libro de historia universal, no lo pensé dos veces, no hubo duda moral, simplemente lo guardé en mi maleta.

Meses más tarde confesaría mi primer delito, no frente a un policía o un juez, sino ante un sacerdote, recuerdo que era un hombre joven, de lentes redondos y cabello ensortijado, a quien seguramente no le pareció tan grave mi pecado, el cual fue absuelto luego de pagar como sentencia un Padre Nuestro y un Ave María. En últimas fue un delito venial.

En este caso la apropiación de un libro que alguien dejó abandonado, le permitió al niño infractor interesarse en la historia y en la lectura. Una mala acción que tuvo efectos benéficos. El crimen como fenómeno anómico que desestabiliza la sociedad es deleznable, execrable y otros sinónimos. Sin embargo, quizás haya ciertos delitos buenos como el robo de libros, si este se convierte en mecanismo de difusión de la literatura, el conocimiento, la recreación.

A propósito del tema, hace poco vi una película de aquellas que buscan lo bello en las situaciones más duras, La Ladrona de Libros (The Book Thief, 2013), sobre una chica alemana que en vísperas y desarrollo de la Segunda Guerra Mundial se apasiona por los libros, en el mismo momento en que los intolerantes los quemaban, textos que ayudan a salvarle la vida a un refugiado judío que los padres adoptivos de la niña mantienen escondido en el sótano del hogar. Esta película resulta una buena terapia cardiovascular, el corazón no queda impasible ante la misma.

Para evitar que digan que promociono el crimen en este blog, todo sería más fácil si los libros llegaran libremente a sus lectores. En su momento, hubo una feliz iniciativa del Instituto Distrital de Cultura y Turismo en Bogotá, la campaña llamada “Libro al Viento”, en la cual se invitaba a los usuarios del sistema de transporte masivo Transmilenio a reclamar un libro gratuito de una colección editada para este propósito, la idea es que la persona luego de leerlo, lo devolviera dejándolo en una silla o en una estación del sistema, para que otra persona lo disfrutara. Hasta donde tengo entendido, la iniciativa se mantiene, bajos otros parámetros.

Se trata de un acto de generosidad material e intelectual, caridad cristiana en ilustrada manifestación. Un libro en una biblioteca privada en ocasiones se convierte en un cadáver exquisito enterrado en elegante cementerio, mientras un libro en una biblioteca pública, descansando en un parque, viajando en Metro, Transmilenio o autobús, puede ser el mejor signo de libertad y justicia. El escritor Óscar Collazos en días pasados, recordaba la biblioteca de autores colombianos que impulsó la desaparecida Colcultura, otra iniciativa para que las personas se interesaran por la literatura, programa de difusión cultural que podría continuar el Ministerio de Cultura o el fondo editorial de la querida Universidad Nacional de Colombia.

En todo caso, volviendo al origen de mi prontuario, espero que aquel robo del libro amerite el definitivo perdón del padre eterno, quien supongo es propietario de una infinita biblioteca para su deleite, pues tiene a su disposición todo el tiempo del mundo.

Dixon Acosta Medellín

A ratos en Twitter: @dixonmedellin

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