Líneas de arena

Publicado el Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

El anósmico (cuento de ciencia-ficción doméstica).

Gonzales Coques «Olfato».

Nota preliminar: Este cuento de ciencia-ficción doméstica, fue publicado con el nombre de pila de su autor (Dixon Moya), en el No. 19 de la Revista Alfa Eridiani (España), septiembre – octubre de 2005.

Corría el año 2067, año turbulento por todos los cambios sociopolíticos acaecidos en el mundo globalizado. Una de las características más importantes fue sin duda la drástica alteración en la pirámide demográfica que había sufrido una total inversión. En la mayoría de naciones era superior en número la porción de población de la tercera edad, en comparación a la cifra total de jóvenes, por tanto la industria de bienes y servicios se volcó hacia estas personas, para solventar sus necesidades y expectativas. La nostalgia se convirtió en industria, y comenzó a diversificar maneras de recobrar vistas, sonidos, olores y texturas ya pasadas. Por ejemplo en mi caso, todavía recuerdo con melancolía, el sonido familiar de la conexión telefónica a Internet. Ese tañido electrónico que se extendía por algunos segundos, el cual en comparación a la instantaneidad actual parecía un tiempo eterno, representaba en mi lejana infancia el acceso al despojo de la inocencia.

Una de las mayores novedades, fue la aparición de los “reforzadores de sentidos”, útiles chips que con una sencilla instalación realizada por un cirujano-ingeniero en operación ambulatoria, permitía una optimización e incluso ampliación de las capacidades de los cinco sentidos primarios. Había incluso una oferta especial para quien deseara solicitar un paquete de los cinco, por un precio considerable pero justo. Sin embargo, a mi amigo Fabio Martínez sólo le interesaba un sentido que por lo general los demás rechazaban, el olfato. De esta manera, con el dinero ahorrado en una vida de trabajo y despojándose de su habitual timidez y prudencia, Fabio concertó la cita en el centro biónico de salud, en donde luego de un breve examen físico y una entrevista con un psicoanalista, se le dio vía libre a la cirugía electrónica. Fueron cincuenta minutos, Fabio salió con una pequeña incisión en la nuca y un vendaje especial en la nariz, compuesto por varias capas que debía desprender cada cierto tiempo. De esa manera, comenzó a redescubrir el mundo que le rodeaba e iniciar la búsqueda de un viejo recuerdo ya olvidado. Pasadas cinco semanas y sin vendas, decidió ir al lugar donde esperaba recobrar su recuerdo perdido, el Museo Metropolitano de Aromas, el cual se había convertido en un sitio muy popular.

Le sorprendió encontrar una Bogotá tan diferente a la que él imaginaba en cuanto a fragancias, o mejor la ausencia de ellas. Durante los últimos años había percibido los cambios evidentes en las formas, en lo superficial, pero en estos primeros momentos con su nueva nariz, tuvo que admitir que la esencia de las cosas, lo que les otorga carácter, se manifiesta en su olor. En su niñez, aprendió a reconocer en las mañanas la inconfundible huella del pan tibio proveniente de las esquinas, en donde normalmente se encontraba una panadería establecida. En cambio, ahora se encontraba con un espacio sospechosa e inhumanamente inodoro.

En el museo, recorrió todas las salas, en donde al lado de una reproducción virtual de situaciones pasadas y superadas, se encontraba una pequeña careta con el aroma que reflejaba la escena descrita. Por ejemplo, había una representación en la pantalla de ciertas flores desaparecidas, en la mascarilla podía respirarse el olor artificialmente creado de una orquídea (exactamente una catleya trianae). No sabía exactamente el aroma que buscaba, pero creía que era importante, así que simplemente decidió probar en todos los sitios. Después de dos horas de búsqueda y de sentir que su nariz estaba algo resentida y saturada por la mezcla indiscriminada de tantos y variados olores, pareció sumergirse en uno de los cubículos. Lo había encontrado, estuvo durante varios minutos concentrado en su olfato, deleitándose con aquel humor que le traía a la memoria tan gratos momentos. Abrió los ojos y vio la representación al frente, un cartel en el cual se leía en un tipo de letra gracioso y despreocupado, el nombre de un perfume juvenil femenino, el mismo que aspiró alguna vez en un cuello adolescente, perteneciente a su primera y única novia, durante el baile de graduación de colegio.

Con su mano borró el asomo de una lágrima que trataba de salir, estaba melancólico pero satisfecho, había recuperado parte de su memoria desintegrada por la anosmia, es decir, la pérdida del olfato, por efecto de aquel absurdo accidente químico que también le había dejado estéril, marcando su vida, convirtiéndolo en un solitario ser, casi misántropo. Luego de la última inspiración, suspiró y procedió a salir del museo.

Dixon Acosta Medellín (@dixonmedellin)

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