En una sala silenciosa de la British Library, bajo vidrio y luz tenue, reposa un manuscrito todavía vivo. Es una obra isabelina titulada Sir Thomas More. Entre sus páginas hay una sección escrita con una caligrafía distinta, la célebre “Hand D”, que muchos estudiosos atribuyen a la mano de William Shakespeare.
La obra Sir Thomas More recrea un episodio real ocurrido en Londres en 1517, conocido como el Evil May Day: una ola de disturbios provocada por el resentimiento de algunos gremios y trabajadores contra comerciantes y artesanos extranjeros —sobre todo lombardos y franceses— a quienes acusaban de quitarles el sustento. La violencia estalló la noche del 30 de abril; casas fueron saqueadas y extranjeros perseguidos por las calles. La represión fue severa y varios cabecillas fueron condenados a muerte. Según las crónicas, fue entonces cuando intervino Thomas More, apelando a la clemencia del rey y a la cordura de la multitud. Décadas más tarde, dramaturgos isabelinos —entre ellos, probablemente, William Shakespeare— dramatizaron ese momento para convertirlo en una poderosa reflexión sobre la ley, la compasión y la condición del extranjero.
Allí, en medio de una escena que recrea los disturbios xenófobos de 1517 contra extranjeros en Londres, se levanta una voz que interpela, que valiente. No grita, más bien intenta hacer algo revolucionario, imaginar. Pide algo simple, que quienes odian se atrevan a ponerse en el lugar de aquellos a quienes expulsan.
Quinientos años después, el mundo sigue debatiendo la misma herida.
Hoy, más de 280 millones de personas viven fuera del país donde nacieron, según estimaciones recientes de Naciones Unidas —cerca del 3,6 % de la población mundial—. Más de 100 millones de personas están desplazadas forzosamente por guerras, persecución, violencia o crisis climáticas. Son cifras enormes, pero cada número es un nombre, una madre, un hijo, una historia suspendida entre el miedo y la esperanza.
Migrar no es una anomalía: es la condición humana. Somos hijos del movimiento. Las lenguas nacieron del cruce; las ciudades, del encuentro; las ciencias y las artes, del intercambio. Ninguna nación puede reclamar pureza sin negar su propia historia.
Y sin embargo, se levantan muros. Muros físicos, muros legales, muros mentales. Se endurecen discursos. Se convierte al extranjero en amenaza. Se olvida que casi todos, en algún punto de nuestra genealogía, fuimos forasteros.
El viejo manuscrito nos obliga entonces a escuchar. En ese pasaje, Tomás Moro imagina a los “wretched strangers” —los pobres extranjeros— expulsados con sus hijos a la espalda. Y formula una pregunta devastadora.
Primero, el original:
“What had you got? I’ll tell you: you had taught
How insolence and strong hand should prevail,
How order should be quelled…”
Y ahora, la traducción:
“¿Qué habríais ganado? Os lo diré: habríais enseñado
que la insolencia y la mano fuerte prevalecen,
que el orden puede ser aplastado…”
La fuerza de esas líneas no reside solo en su belleza retórica, sino en su lógica moral. Si legitimamos la expulsión del débil, legitimamos la ley del más fuerte. Si normalizamos el desprecio, sembramos el terreno para que ese mismo desprecio un día nos alcance.
Más adelante, el discurso invita a un ejercicio aún más radical:
Original:
“Suppose that you were strangers in the land you live in now…”
Traducción:
“Suponed que vosotros fuerais extranjeros en la tierra que ahora habitáis…”
Ahí está el núcleo ético de toda política migratoria verdaderamente humana: la imaginación moral. La capacidad de decir “yo podría ser ese”.
Porque la grandeza de una nación no se mide por la altura de sus muros, sino por la amplitud de su humanidad. La prosperidad de un país nunca ha sido un logro aislado: es el fruto de generaciones de manos diversas, acentos distintos, memorias entrelazadas. Cada avance científico, cada obra maestra, cada empresa que florece, es el triunfo de la humanidad entera manifestándose en un lugar concreto.
Negarlo es anacrónico. Creer que la pureza garantiza fortaleza es olvidar que la vida misma es mezcla. El aislamiento empobrece; el intercambio fecunda.
Hoy, cuando millones cruzan fronteras buscando seguridad o dignidad, la pregunta del manuscrito resuena con una claridad incómoda. Si respondemos con miedo, con exclusión, con violencia, ¿qué habremos logrado?
Habremos enseñado que la fuerza es ley.
Habremos debilitado el principio que nos protege a todos.
Habremos sembrado un mundo donde cualquiera puede ser expulsado cuando cambie el viento.
Y entonces la pregunta final vuelve, como eco a través de los siglos:
¿Y qué habríamos logrado?
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.