Hay una escena política nueva en Colombia. Ya casi todo el mundo entiende que la pelea dejó de ocurrir principalmente en los sets de televisión, en las columnas de opinión o en los debates de horario prime. La verdadera batalla se libra en otro lugar: en la pantalla del celular.

Por eso cada vez más candidatos le huyen a los debates tradicionales. Por eso prefieren entrevistas cómodas, lives amistosos o videos editados para TikTok. Y por eso personajes tan distintos como Abelardo de la Espriella o Iván Cepeda terminan jugando el mismo juego: menos confrontación real, más comunicación directa, más control del mensaje.

El corazón de todo eso son las redes sociales.

La política entendió algo fundamental: hoy el poder ya no lo tienen los medios tradicionales. Lo tienen los algoritmos.

Y ahí aparece Westcol, un youtuber joven, polémico, desordenado, muchas veces ridículo, pero profundamente conectado con la lógica de esta época. Invita a Gustavo Petro y logra más de un millón de personas conectadas. Invita a Álvaro Uribe Vélez y reúne cientos de miles más. Cifras que hace unos años eran exclusivas de finales de fútbol o discursos presidenciales.

Eso no significa que Westcol sea el nuevo periodista dominante del país ni que los streamers vayan a reemplazar a la prensa. Ese análisis sería superficial. Los youtubers nacen y perecen con una velocidad absurda. Hoy son tendencia; mañana son meme; pasado mañana nadie se acuerda de ellos.

No. El verdadero poder no está en los creadores. Está en las plataformas.

Aquí vale la pena recordar a Guy Debord y su célebre idea de La sociedad del espectáculo. Debord escribió en 1967 que “todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en representación”. Su tesis era demoledora: las sociedades modernas dejan de experimentar la realidad de forma directa y comienzan a vivirla a través de imágenes, símbolos y espectáculos mediáticos.

Lo impresionante es que Debord escribió eso décadas antes de TikTok, Instagram o Twitch.

Hoy las redes sociales llevaron esa lógica al extremo. Investigaciones recientes sobre plataformas digitales muestran cómo las redes crean un “pseudo-mundo” emocional donde la experiencia humana es sustituida por estímulos diseñados para captar atención y producir reacción inmediata.

Y ahí aparece el verdadero incentivo perverso.

El algoritmo no premia al más inteligente. Premia al más visible.

Premia lo emocional sobre lo racional. Lo explosivo sobre lo sensato. Lo tendencioso sobre lo equilibrado. En otras palabras: la lógica tecnológica empuja inevitablemente hacia el populismo.

Eso conecta directamente con Mario Vargas Llosa y La civilización del espectáculo. Vargas Llosa advertía que la sociedad contemporánea convirtió el entretenimiento en el valor supremo de la vida pública. La política dejó de ser un espacio para las ideas y se volvió una rama del entretenimiento.

El espectáculo reemplaza al pensamiento. La imagen reemplaza a la sustancia. El escándalo reemplaza al argumento.

Y sinceramente, ¿qué mejor descripción de la política contemporánea?

El candidato moderado pierde. El que duda pierde. El que explica pierde.

En cambio, gana el que grita más duro, el que produce indignación, el que convierte cada intervención pública en un clip viral de 20 segundos.

Las redes democratizaron la comunicación, sí. Derribaron monopolios mediáticos, también. Hoy cualquiera puede sentarse frente a una cámara y disputar atención con un canal nacional. Eso tiene algo profundamente liberador.

Pero también profundamente peligroso.

Porque cuando la política depende del algoritmo, la verdad importa menos que la viralidad. Y cuando la viralidad gobierna, lo ridículo deja de ser un accidente para convertirse en estrategia.

Y si todo esto se quedara solamente en un juego cultural, en memes, en tendencias absurdas o en streamers improvisando análisis políticos, quizá no importaría tanto. El problema es otro: las elecciones son reales. El poder es real. El Estado es real.

Y si las elecciones comienzan a ganarlas no los mejores gobernantes sino quienes mejor manipulen las emociones digitales, quienes mejor entiendan cómo torcer las redes a su antojo, quienes logren explotar con más eficacia la rabia, el miedo o la indignación colectiva, entonces vale la pena preguntarse qué tipo de personas van a terminar al frente de los países.

Porque el incentivo deja de ser gobernar bien.

El incentivo pasa a ser dominar el algoritmo.

Y eso cambia todo.

Las campañas ya no están diseñadas para convencer ciudadanos. Están diseñadas para hackear emociones.

Y con la inteligencia artificial entrando de lleno en esa dinámica —segmentando audiencias, creando contenido automático, amplificando emociones y manipulando conversación pública— el fenómeno apenas comienza.

Entonces uno termina viendo el panorama colombiano y pensando, medio en chiste y medio en tragedia: qué vaina… dan ganas de votar por Westcol.

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