Memoria, conflicto y fotolibro desde Manizales En Manizales, una ciudad de montañas empinadas y neblinas persistentes, lejos del vértigo editorial de Bogotá o Medellín, Santiago Escobar Jaramillo decidió trazar una línea. Una raya como gesto mínimo y fundacional. Pensar el país de otra manera. Pensar la producción de textos y de sentido desde el libro…
En Manizales, una ciudad de montañas empinadas y neblinas persistentes, lejos del vértigo editorial de Bogotá o Medellín, Santiago Escobar Jaramillo decidió trazar una línea. Una raya como gesto mínimo y fundacional. Pensar el país de otra manera. Pensar la producción de textos y de sentido desde el libro como objeto vivo. Así nació Raya Editorial en 2019.
Hace unos años lo conocí en un evento que moderé en la Feria Internacional del Libro de Bogotá sobre memoria en el mundo editorial. Me impresionó por su trabajo, por la minucia y el sentido que le imprime a cada proyecto. Hablaba del libro no como mercancía sino como postura; no como objeto decorativo sino como espacio de pensamiento. Desde entonces entendí que lo suyo no era solo editar, sino construir una ética alrededor del papel.
En Colombia existía una tradición del libro de fotografía y del libro de artista, pero no necesariamente del fotolibro entendido como lenguaje propio. Para Santiago, el fotolibro combina el ritmo de las películas con la narrativa de las novelas; la materialidad de la arquitectura con la reproducción industrializada de las rotativas. Es soporte y es experiencia. Es objeto, secuencia, respiración. Desde el libro como soporte y como lenguaje.
La fotografía en el país ha tenido maestría y fondo por la pulsión de los temas y la urgencia para expresarse. Décadas de conflicto armado, desplazamientos forzados, desigualdad estructural y tensiones políticas han producido una generación de fotógrafos que entienden la cámara como herramienta ética. Sin embargo, la edición —entendida como ejercicio de selección y secuencia, no de posproducción— estaba limitada a los medios tradicionales: periódicos, agencias de publicidad, registros institucionales del arte. Las imágenes quedaban subordinadas a formatos que no les permitían desplegar su potencia narrativa.
Santiago comenzó autoeditando su trabajo y el de otros autores. Hasta que el artista visual boliviano River Claure le pidió publicar el suyo con una condición: debía salir bajo un sello editorial. Esa exigencia formalizó una intuición. Así apareció el nombre y la poética:
Una raya es una idea. Del papel salta un tigre. De las tintas, un enigma. De la historia, un fotolibro.
Desde entonces, Raya se enfoca en investigar, conceptualizar, editar, diseñar, publicar y presentar fotolibros de autores latinoamericanos. El libro es objeto-libro-experiencia: material, textura, formas y capas que componen una unidad coherente con el universo de cada proyecto. En pocos años han publicado 40 fotolibros y trabajan en siete más.
El arte —dice Santiago— logra lo que lo racional no alcanza. Está en los sentidos y en la experiencia conectar emociones. Allí afloran la empatía y el compromiso. Darle el peso a las fotografías abre un espacio de interpretación que cuestiona al lector en sus recuerdos e imaginarios. No todo debe estar explicado; deben quedar preguntas por resolver. En un país acostumbrado a discursos cerrados y versiones oficiales, el silencio también puede ser político.
Raya ha construido lo que él llama “una narratología sobre el conflicto armado en Colombia”: una serie de libros que cuentan vivencias y consecuencias de la guerra, documentan testimonios de víctimas y responsables, presentan hechos desde diferentes puntos de vista lejos del lugar común, resaltan la voz autoral y el compromiso con la memoria, enfatizan el derecho a la verdad y destacan actos simbólicos de reparación, acciones participativas y procesos colectivos. Un relato visual del conflicto y del posconflicto, en una nación que aún negocia las heridas abiertas tras los acuerdos de paz con las FARC y en medio de diálogos intermitentes con otros actores armados.
Colombia está atravesada por múltiples violencias, pero también por múltiples formas de resistencia: mingas indígenas, procesos comunitarios afrodescendientes en el Pacífico, redes de mujeres buscadoras, colectivos de memoria en barrios periféricos. En los libros de Raya esas tensiones se expresan materialmente: contraste de papeles; volumen y temperaturas; ruido y silencios; peso y gramaje; color y vacío; punto y línea. Si ante las atrocidades y la ausencia de justicia parece poco lo que pueden hacer las comunidades, la resistencia también se juega en lo cotidiano, en actos simples que aspiran a un porvenir.
La nacionalidad no es el centro. Lo esencial es el compromiso con la historia y el respeto por la gente. Menciona a Nadège Mazars, quien lleva más de 16 años viviendo en el país y cuyo conocimiento del Cauca —dice— supera al de muchos nacionales. La tinta impresa en el pasaporte no define la profundidad de la mirada.
La relación con las comunidades se construye desde la apertura y la claridad: ¿qué se quiere contar?, ¿cómo se debe hacer?, ¿cuál es el propósito?, ¿qué consecuencias puede traer? Si la situación excede esas preguntas, hay que volver a sentarse y replantear. En contextos de conflicto, donde toda representación es política, la dignidad está por encima del espectáculo. Cuando es inevitable retratar el horror porque es deber registrarlo, el compromiso implica regresar, seguir las historias o esperar pacientes otras formas de redención.
Cita el trabajo de Federico Rios en “Darién”, quien pasó años fotografiando a migrantes que cruzaban la selva y mantuvo contacto con muchos hasta que alcanzaron su meta; el epílogo muestra esos sueños cumplidos. O el de Alejandro Cegarra, que caminó con migrantes venezolanos por Centroamérica, incluso sobre el tren conocido como La Bestia, hasta el muro con Estados Unidos. En su propio trabajo ha explorado metodologías participativas como en “El pez muere por la boca”. En “Colombia, Tierra de Luz”, los actos simbólicos de reparación se alejan del sino trágico y se enfocan en la esperanza.
Ser una editorial independiente en Colombia significa libertad. Publicar lo que se quiera. Un acto revolucionario, comparable al pintor frente al lienzo en blanco o a los papalotes del maestro Francisco Toledo desplegándose en el viento. Muchos de sus libros parecen objetos de memoria más que productos comerciales. Para Santiago, el fotolibro es contenedor de memoria y nave hacia el futuro. Su condición física lo hace perenne, no depende de energía para activarse. Incluso imagina un escenario apocalíptico, un gran “black-out”: cuando despertemos, los libros seguirán allí.
Durante años —dice con ironía— Colombia guardó el mejor secreto de Latinoamérica. Desde Nueva York o México volaban hacia São Paulo o Buenos Aires sin “ver pistas de aterrizaje” en la ventana del avión. Creían que aquí todo era selva y bala —aunque también—, mientras se cocinaban recetas poderosas e invenciones colectivas. Y claro, “¡Shakira, Shakira!”, exclama, invocando a Shakira como símbolo inesperado de identidad compartida.
Mirando al futuro, quiere seguir publicando historias de resistencias frente a la violencia y al atropello de multinacionales. Menciona “Yoluja”, de Fernanda Pineda y Hanz Rippe, sobre el impacto de la extracción de carbón en comunidades Wayuú de La Guajira; “Jaidë”, de Santiago Mesa, sobre la alta tasa de suicidio en comunidades Emberá del Chocó; y el esperado “Transputamierda” de Federico Ríos, un viaje por ríos, carreteras, trochas, cielos y planicies para narrar la identidad contradictoria del país.
Este año lanzaron “El Caballero del Páramo” de Tatiana Aristizábal, sobre el secuestro de su hermano por el ELN; “Jarupia” del Chino Romero, un relato fantástico en la ciénaga de Ayapel; y “Antología 2025 – Palabras mayores” de las Vecinas del Cuento, mujeres jubiladas que decidieron narrar sus propias experiencias. Además, Santiago trabaja en un proyecto sobre la vigencia contemporánea de la Gran Colombia, explorando los lazos históricos y culturales entre Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.
Porque tal vez el conflicto —los conflictos— no pueden seguir contándose únicamente desde el parte oficial, la cifra o el titular urgente. Nuestra realidad no cabe en un solo formato, ni en una sola voz, ni en una sola imagen. Necesitamos narrativas que respiren, que se detengan, que permitan la duda. Contar de otras maneras es también una forma de justicia: desplazar el centro, abrir el encuadre, escuchar lo que quedó fuera del marco. En un país donde la violencia ha intentado imponer versiones únicas, insistir en la multiplicidad de relatos es una forma de resistencia cultural.
Y en esa apuesta el papel tiene un lugar irreemplazable. No como nostalgia, sino como territorio de permanencia. El libro se toca, se hereda, se subraya, se guarda debajo de la cama o en la biblioteca familiar. Se convierte en archivo íntimo y colectivo al mismo tiempo. Frente a la fugacidad de las pantallas, el papel sostiene la memoria con su peso y su textura. Cada página es una evidencia de que estuvimos aquí, de que alguien miró, editó y decidió que esa historia merecía permanecer. Todo empezó con una raya. Pero en esa línea —trazada sobre papel— cabe todavía la posibilidad de recordar distinto y, quizá, de imaginar un país diferente.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.
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