En los últimos años, la conversación sobre la eutanasia ha dejado de ser marginal para instalarse en el centro del debate público en varias sociedades contemporáneas. Ya no se trata únicamente de casos extremos o enfermedades terminales, sino de preguntas más profundas sobre el sufrimiento, la dignidad y los límites de la autonomía individual. Más allá de lo jurídico o lo médico, esta discusión parece revelar algo más inquietante: una incomodidad creciente con la forma en que estamos viviendo.
La palabra “eutanasia” viene del griego eu (bueno) y thanatos (muerte): la “buena muerte”. En la Antigua Grecia, la idea no estaba completamente ajena a ciertas discusiones filosóficas sobre la dignidad, pero su uso moderno surgió mucho después, en el siglo XIX, en el marco de la medicina y la ética clínica. Hoy, en países como España, ha pasado de ser un tabú a convertirse en una política pública regulada, un derecho cuidadosamente delimitado.
Pero el verdadero trasfondo de esta conversación no está en cómo morimos, sino en cómo vivimos.
Durante décadas, el progreso se ha medido en cifras: crecimiento del PIB, ingreso per cápita, acceso a bienes. Sin embargo, algunos economistas comenzaron a sospechar que algo no cuadraba. Richard Easterlin formuló en los años 70 una observación inquietante: más riqueza no necesariamente produce más felicidad. La llamada “paradoja de Easterlin” sugiere que, una vez cubiertas las necesidades básicas, el bienestar subjetivo deja de crecer al mismo ritmo que los ingresos.
Más recientemente, economistas como Amartya Sen han insistido en que el desarrollo no puede reducirse a la acumulación de riqueza, sino que debe medirse en términos de capacidades reales: la posibilidad de vivir una vida que uno tiene razones para valorar.
La pregunta, entonces, cambia de eje. Ya no es cuánto tenemos, sino qué podemos ser.
En 1932, Aldous Huxley imaginó una sociedad donde el sufrimiento había sido prácticamente eliminado. En su novela Un mundo feliz, la estabilidad social se sostenía sobre el placer constante, la ingeniería genética y una droga, el soma, que anestesiaba cualquier malestar. Era, en apariencia, una civilización feliz.
Pero esa felicidad tenía un costo: la libertad, la profundidad emocional, el conflicto que hace posible la identidad.
Huxley no describía un infierno, sino algo más perturbador: un paraíso superficial.
La inquietud no es nueva. Mucho antes, Thomas Malthus advirtió que el crecimiento de la población podía superar la capacidad de los recursos, generando tensiones inevitables. Hoy, paradójicamente, muchas sociedades enfrentan el problema inverso: envejecimiento, baja natalidad, soledad estructural.
Y Colombia, tradicionalmente joven, rural, expansiva, comienza a parecerse cada vez más a ese espejo. La transición demográfica avanza. La población envejece. La natalidad cae. Millones han migrado del campo a la ciudad en pocas décadas, rompiendo tejidos comunitarios que durante generaciones funcionaron como amortiguadores emocionales.
La modernidad llegó rápido. Quizás demasiado.
Se habla de una “pandemia de salud mental”. Ansiedad, depresión, aislamiento. No son fenómenos marginales, sino síntomas extendidos de una forma de vida. Y aquí la pregunta se vuelve inevitable: ¿es posible que estemos diseñando sociedades materialmente más exitosas pero existencialmente más frágiles?
Porque la prosperidad, por sí sola, no enseña a vivir.
Tal vez la discusión sobre la eutanasia no deba agotarse en los marcos jurídicos o médicos. Tal vez deba empujarnos hacia una reflexión más incómoda: si alguien quiere morir, ¿qué dice eso del mundo en el que le tocó vivir?
No se trata de romantizar el sufrimiento ni de negar la autonomía individual. Se trata de entender que la felicidad no es un subproducto automático del progreso.
Es, más bien, una construcción colectiva.
¿Y qué es la felicidad?
No es una cifra. No es una curva ascendente. No es una ausencia total de dolor.
Quizás es, como sugería Aristóteles hace más de dos mil años, la posibilidad de florecer: de desarrollar nuestras capacidades en relación con otros, en comunidades que tengan sentido, en vidas que se sientan propias.
Colombia está entrando, silenciosamente, en esa conversación global. Ya no somos solo un país en busca de crecimiento. Somos un país enfrentado a las preguntas del bienestar.
Y eso exige algo más difícil que producir riqueza: exige imaginar formas de vida.
Porque al final, la verdadera pregunta no es si podemos construir un mundo más próspero.
Es si queremos, y sabemos cómo, construir un mundo más feliz.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.