En medio del ruido propio de una campaña presidencial, una frase de Sergio Fajardo pasó casi inadvertida, cuando quizás encierra uno de los mensajes más profundos y valiosos de esta coyuntura política:
“Los votos no son de los dirigentes. Son de cada ciudadano y ciudadana.”
Parece una obviedad, pero en Colombia es casi una revolución.
Durante décadas hemos aceptado una práctica profundamente equivocada: creer que los dirigentes políticos son propietarios de sus electores. Como si los ciudadanos fueran un patrimonio transferible, una especie de activo electoral que puede ser entregado, negociado o trasladado de una campaña a otra mediante una adhesión o una fotografía.
Fajardo recordó algo esencial: los votos tienen dueño, y ese dueño es cada ciudadano.
Ese millón de colombianos que respaldó sus ideas no es un ejército esperando una orden. Son personas libres que tomaron una decisión política basada en unas convicciones, en una manera de entender el país y en una forma distinta de hacer política.
Ese es, probablemente, el mayor aporte de su reciente decálogo. Más allá de los diez puntos, hay un mensaje implícito de respeto por la inteligencia del elector.
Y es precisamente ese millón de ciudadanos el que hoy tiene una tarea: preguntarse cuál de las alternativas que quedan representa mejor esas ideas.
No cuál candidato recibe una adhesión.
No cuál logra una fotografía.
No cuál suma un respaldo burocrático.
La verdadera pregunta es cuál de los dos proyectos puede garantizar mejor la defensa de los principios que Fajardo puso sobre la mesa: el rechazo a una Asamblea Nacional Constituyente, la defensa de la Constitución de 1991, el respeto por las instituciones, la lucha contra la corrupción, la necesidad de superar el fracaso de la llamada Paz Total, la apuesta por la educación y la convicción de que los jóvenes deben estar en el centro del debate nacional.
El decálogo de Fajardo y la profesora Edna Bonilla no fue una lista de instrucciones para votar. Fue una invitación a pensar.
Y sería una profunda contradicción, incluso un irrespeto con ese millón de ciudadanos, pretender que una adhesión política pueda sustituir ese ejercicio individual de reflexión.
La democracia madura funciona justamente al contrario: los líderes exponen principios y los ciudadanos toman decisiones.
En estos días he escuchado, una vez más, esa vieja afirmación según la cual “el centro político no existe”. Lo dicen algunos analistas y muchos militantes incapaces de comprender que el país no siempre cabe en los extremos.
Sin embargo, ahí está ese millón de votos.
Un millón de personas que decidió no dejarse arrastrar por la polarización ni por las falsas dicotomías. Un millón de colombianos que creyó que era posible hacer política desde el diálogo, la moderación y el respeto institucional.
Para tomar prestada una frase que otros sectores han convertido en bandera: “Soy porque somos.”
Pues bien, el centro existe porque somos. Somos, al menos, un millón.
Y ese millón merece respeto.
No es un botín electoral. No es una mercancía política. No es una cifra para negociar en una mesa.
Es una comunidad de ciudadanos que comparte una manera de entender a Colombia.
Hay además una reflexión que trasciende esta coyuntura.
Creo que Sergio Fajardo debería seguir haciendo aquello para lo que nació: enseñar.
No lo digo como una invitación al retiro. Todo lo contrario. En su propio decálogo hay una frase que resume una visión de país y, quizás, también una vocación de vida:
“Necesitamos fortalecer a maestras y maestros, recuperar los aprendizajes y abrir más oportunidades para que las y los jóvenes puedan estudiar, graduarse, trabajar y construir su futuro en Colombia.”
Difícil encontrar una mejor definición de lo que Colombia necesita en este momento. Necesitamos más maestros, más ciudadanos capaces de formar nuevas generaciones de líderes, de transmitir valores democráticos y de demostrar que el respeto y el diálogo también pueden producir resultados.
Abandonar la política sería un error. Renunciar desde ahora a una eventual candidatura futura —si la vida se lo permite— también lo sería.
Las democracias no solo necesitan gobernantes; necesitan profesores.
Y quizás el papel más importante que Sergio Fajardo pueda desempeñar en los años que vienen sea precisamente ese: seguir formando una nueva generación de colombianos que entienda que la política no consiste en destruir al adversario, sino en construir un país entre diferentes.
Necesitamos menos gritos.
Necesitamos menos propietarios de votos.
Necesitamos más ciudadanos libres.
Y, sobre todo, necesitamos más profesoras y más profesores.
Porque, después de todo, sigue siendo la profesión más bella del mundo.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.