El presidente Petro ha dicho en una entrevista que quiere llevarle como regalo a Donald Trump una réplica del arte metalúrgico de las familias indígenas que habitaron este territorio hace miles de años. Aunque me parece un buen gesto, pienso que podría ser aún más significativo llevar algunas piezas del arte vivo de los numerosos pueblos indígenas que todavía existen en el país. Por ejemplo, obras de los Barí en el Catatumbo o de los Wounaan del Chocó, ambos pueblos profundamente afectados por el conflicto actual, el desplazamiento, la violencia, el narcotráfico y la presencia de grupos armados o mafiosos con los que no se ha podido negociar.

Los regalos han jugado históricamente un rol clave como señales de respeto, aprecio y, muchas veces, de sumisión. La pregunta de fondo —y no es una pregunta nueva para América Latina— es cómo convivir con un vecino rico, con el más rico, con el país más poderoso del mundo y con el ejército más letal que haya existido. ¿Acaso la realidad no termina por imponerse a cualquier discurso poscolonial? El imperio americano —llamémoslo así— es un hecho material, no solo simbólico.

Para nuestras izquierdas este asunto no es menor. Muchas personas que hoy critican con entusiasmo la colonialidad y el imperialismo fueron también felices usuarias de los recursos de USAID durante años y décadas. ¿No es esa la mayor hipocresía? Una hipocresía de la que curiosamente Trump carece. Trump es, en muchos sentidos, el verdadero rostro de los intereses históricos de los Estados Unidos y, precisamente por su falta de disimulo, los representa mejor que nadie.

Mientras Petro prepara con cuidado el regalo para Trump, María Corina Machado alista el Premio Nobel que Trump ha dicho “estar feliz de recibir”. Usualmente el Nobel viene acompañado de un millón de dólares; me pregunto si también se lo entregarán completo o si será miti-miti. Es la era de los negocios, la era de la realpolitik.

Nuestro destino como países dominados por la geografía global parece tener solo dos posibles desenlaces: o un desarrollo serio que nos convierta en un actor relevante, o un cambio de hegemonía. Pero esta última opción nos devuelve a otra paradoja: ¿estamos realmente seguros de que la hegemonía de los Estados Unidos ha sido la peor posible? Yo no lo creo. Estoy plenamente convencido de que, si los nazis o los estalinistas hubieran ganado, nuestro destino habría sido peor, mucho peor.

Posdata: hace un tiempo, en un club de Nueva York, escuché en un evento a nuestro embajador Daniel García-Peña. Presentaba la COP de Cali y me pareció un hombre de gran lucidez. Hoy demuestra una notable habilidad para suavizar las relaciones del país y avanzar nuestra agenda en el mundo. Tiene el presidente a un embajador con estatura de canciller; quizá, justamente, el canciller que Colombia necesita con urgencia.

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