Hay una escena que se repite en la política colombiana cada cierto tiempo: los extremos hablan con fervor, se aplauden a sí mismos, se indignan con el adversario… mientras el país que decide las elecciones permanece en silencio. No es un país heroico ni doctrinario; es más bien escéptico, pragmático y algo cansado de las épicas. Pero cuando llega el momento, ese país aparece en las urnas y mueve la aguja.

Por eso la disputa real de la próxima elección no ocurrirá en los márgenes ideológicos sino en ese territorio menos ruidoso donde vive el votante que todavía duda. El centro —esa palabra incómoda para los fanáticos— será, otra vez, el campo de batalla.

En la derecha, el movimiento es visible. La apuesta de Paloma Valencia por Juan Daniel Oviedo tiene algo de gesto estratégico y algo de provocación cultural. Oviedo, un hombre abiertamente gay, técnico, moderado en el tono y además defensor del Acuerdo de Paz de 2016, no es precisamente el arquetipo clásico del uribismo. Y justamente ahí está la señal: no se trata de reafirmar la identidad dura, sino de tender una invitación.

Es una forma de decirle al centro: hay espacio para ustedes aquí.

No es una operación sencilla. Dentro de la propia derecha genera tensiones evidentes. Pero es, al menos, un intento de comprender algo elemental de la aritmética política colombiana: ningún proyecto de poder gana hoy sin ampliar su perímetro hacia la mitad del espectro.

Pero también leyendo al gobierno, conviene hacerse una pregunta más incómoda: ¿cómo puede seducirse al centro desde un gobierno que durante buena parte de su ejercicio ha mostrado un abierto desprecio por aquello que el centro suele valorar?

¿Cómo debe leer el país a Gustavo Petro cuando ha hecho del desprecio por lo técnico una especie de marca política? ¿Qué sentirán los profesionales, los académicos, los ciudadanos que creen en el conocimiento y el mérito, cuando escuchan al presidente decir —con una mezcla de ironía y desdén— que por haber pasado por el Externado es prácticamente abogado? ¿Qué lectura puede hacerse cuando los ministros más técnicos han sido los más rápidamente desplazados, como ocurrió con José Antonio Ocampo, el colombiano que más alto ha llegado en el sistema de Naciones Unidas?

El problema no es solo retórico. También es institucional. Un gobierno que se permite rodearse de funcionarios cuestionados por la fiscalía por falsificación de títulos —como el caso de Juliana Guerrero— envía un mensaje devastador sobre el valor del mérito en el servicio público y en la vida.

Y luego están las palabras. Esas frases que revelan más de lo que el poder quisiera admitir. Cuando el presidente dice que las mujeres que le gustan son aquellas que “acompasen su clítoris con su mente”, ¿qué mujer puede sentirse respetada en una afirmación así? ¿Qué clase de sensibilidad política cree que ese lenguaje construye puentes con una ciudadanía diversa y crítica?

Lo mismo ocurre cuando reduce las diversidades sexuales a caricaturas de “plumas y lentejuelas”, o cuando mantiene una ambigüedad deliberada sobre su propia orientación personal —que, por supuesto, no tendría absolutamente nada de problemático si simplemente se abordara con la naturalidad que exige una sociedad democrática.

La cuestión no es privada; es política. Porque quien aspira a representar a un país plural debe empezar por mostrar respeto hacia esa pluralidad.

Y entonces la pregunta vuelve: ¿qué garantías puede ofrecerle al centro —y a las múltiples diversidades políticas y culturales del país— un liderazgo que tantas veces las ha mirado con desdén?

La sensación es distinta. Más que expandirse, parece que el proyecto gubernamental se replegara sobre sí mismo, como si la estrategia consistiera en reafirmar identidad antes que en convocar.

La elección de Aída Quilcué parece inscribirse en esa lógica. Y es inevitable que recuerde el guion que acompañó la llegada de Francia Márquez a la vicepresidencia.

Conviene decirlo sin eufemismos. Francia no fue solamente una líder social que llegó al poder; fue también el símbolo más poderoso de la campaña. Su historia, sus luchas, su biografía, su voz —todo eso fue convertido en un capital político gigantesco.

Pero una vez ganado el poder, ese capital fue administrado con una mezcla inquietante de cálculo y condescendencia.

Francia Márquez terminó siendo, muchas veces, más un emblema que una dirigente con poder real. Su agenda fue diluida, su margen de acción estrechado y su presencia política cuidadosamente contenida. La vicepresidenta que había despertado una emoción profunda en millones de colombianos fue convertida, poco a poco, en una figura ornamental del gobierno.

Dicho de manera brutal: se instrumentalizaron sus luchas.

Si uno no sospechara del tratamiento político que recibió desde el propio poder, tendría que concluir que simplemente no estaba a la altura del cargo. Pero es difícil ignorar la otra mitad de la historia: un gobierno que supo aprovechar su potencia simbólica en campaña, pero que luego pareció incomodarse con la autonomía que esa misma figura podía tener.

Muchos —entre los que me incluyo— nos conmovimos genuinamente con su llegada. Yo mismo escribí sobre lo que significaba para el país. Pero la política, como suele ocurrir, terminó revelando algo más crudo: el símbolo era útil, la voz independiente no tanto.

Por eso el movimiento con Aída Quilcué despierta inquietudes. ¿Estamos ante una representación profunda y genuina, o ante una nueva operación simbólica? ¿Una voz con autonomía real o un nuevo “convidado de piedra”, como los inmortalizó Goya?

La política latinoamericana conoce bien ese mecanismo: incorporar símbolos para evitar transformaciones reales.

Es el viejo gatopardismo.

Que todo cambie, para que todo siga igual.

Mientras tanto, el centro observa. No es un espacio ideológico perfectamente definido, pero sí un territorio emocional: desconfía de los maximalismos, exige moderación institucional y busca señales de gobernabilidad.

Quien logre ofrecerle garantías tendrá una ventaja decisiva.

En ese terreno, la derecha parece estar ensayando movimientos —todavía torpes, todavía incompletos— para ampliar su radio de interlocución. Del lado del oficialismo, en cambio, la figura de Iván Cepeda aún no parece convocar más allá de su propio campo. Más bien da la impresión de un discurso que se reafirma, se atrinchera y se vuelve cada vez más identitario.

Pero la política no premia siempre la pureza. Premia, sobre todo, la capacidad de sumar.

Por eso la próxima elección probablemente no se decidirá en los bordes ideológicos del país, sino en esa zona más silenciosa donde vive el votante que no quiere épicas, sino certezas.

Ese votante que, cada cuatro años, termina inclinando la balanza.

Y al que todos, tarde o temprano, terminan intentando seducir.

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