<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/piero-sentado-a-la-mesa-de-todos/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sat, 10 Oct 2026 02:27:02 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=7.1.3</generator>

<image>
	<url>https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2024/09/cropped-favicon-96.png?quality=60&#038;w=32</url>
	<title>Piero, sentado a la mesa de todos | Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
<site xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">256899664</site>        <item>
        <title>Piero, sentado a la mesa de todos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/piero-sentado-a-la-mesa-de-todos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que uno no recuerda cuándo escuchó por primera vez porque, de algún modo, siempre han estado ahí. Suenan en una reunión familiar, en la radio de un taxi, en la voz de alguien que no sabe cantar pero se atreve a hacerlo cuando llega el estribillo, y de pronto dejan de pertenecer al hombre que las escribió para convertirse en una pequeña propiedad sentimental de millones de desconocidos. «Mi viejo», la canción que Piero compuso cuando tenía apenas 24 años, es una de ellas. Uno podría haber crecido en Bogotá, Buenos Aires, Lima o un pueblo perdido entre las montañas, podría haber tenido una relación dulce o difícil con su padre, podría incluso haberlo perdido demasiado pronto, pero basta escuchar sus primeros acordes para que aparezca algo parecido a un recuerdo, una presencia, una conversación pendiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora recuerdo esa conversación. Habíamos preparado mate, como quien dispone las cosas necesarias para que una charla entre amigos transcurra sin demasiadas ceremonias, y mientras hablábamos tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso. Él mismo lo explicaba con una sencillez que parecía contener toda una filosofía: «Mi viejo» le había permitido ser el tío de unos, el primo de otros, alguien que no estaba únicamente entre los fanáticos, sino también en las fotografías familiares, en los recuerdos de infancia, en esa zona de la existencia donde las personas dejan de ser figuras públicas y se convierten en parte de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso Piero podía hablar de una canción universal sin atribuirse del todo el mérito de haberla escrito. Cuando le pregunté cómo había nacido, no ofreció una teoría sobre la inspiración ni una explicación solemne sobre el poder de la música. Contó que se reunía todos los días con su amigo y compañero José, desde el mediodía hasta las ocho de la noche, en una casa cuya mujer salía a trabajar durante esas horas. Componían, probaban, buscaban canciones para completar un disco, y de aquellas jornadas surgieron títulos como «Juan Boliche» y «Pedro Nadie». Un día, hablando de las cosas que podían hacer, se les ocurrió que debían escribir algo para el viejo, un homenaje, una forma de agradecerle a ese hombre que había estado ahí, sosteniendo la vida de otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante unos diez días hablaron de ello sin tomar la guitarra ni buscar lápiz y papel. La canción estuvo primero en la conversación, en ese territorio todavía informe donde las cosas existen sin que nadie sepa muy bien cómo darles un cuerpo. Hasta que una mañana, según recordó Piero, se sentaron y, diez minutos después, ya había salido. El problema era que el padre de José había muerto y el suyo todavía no era un viejo: tenía apenas 48 años. Pero Piero quería cantársela. Llegó a su casa, lo encontró solo, cerró la puerta, lo sentó en el living y le dijo que escuchara aquella canción nueva.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="PIERO con Diego Aretz" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/u36eV_KYG0g?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces ocurrió algo que el tiempo no había borrado de su memoria. Piero comenzó a cantar y, cuando levantó la mirada del papel, encontró a su padre llorando. Él también empezó a llorar, no podía continuar, se ahogaba con las palabras, y la canción avanzó entre lágrimas hasta llegar al final. Después vino un silencio que debió de parecer interminable. Su padre se limpió los anteojos, se los puso de nuevo, miró a su hijo y, todavía conmovido, encontró la manera de responderle: «No a quien camina lento, la puta que te parió». Piero lo contaba riéndose, con esa alegría de quien comprende que la emoción más profunda no necesita solemnidad para ser verdadera. El viejo había recibido el homenaje, pero seguía siendo él mismo, incapaz de abandonar el humor ni siquiera ante una canción que acababa de desarmarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa historia contiene algo de lo que Piero ha sido durante décadas: un hombre que se acerca a las emociones sin demasiados protocolos, que puede hablar de asuntos graves y terminar riéndose de sí mismo, que parece desconfiar de las explicaciones demasiado perfectas. A sus 73 años, la memoria no se le presentaba como un museo de acontecimientos ordenados, sino como una conversación abierta, llena de desvíos, personajes inesperados y episodios que todavía conservaban el asombro de la primera vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su vida, de hecho, comenzó a torcerse por una equivocación. En su infancia, en Río Negro, al sur de Argentina, un amigo le contó que se iría al seminario. Piero escuchó que después de dos años en Viedma podría viajar a Buenos Aires y, fascinado por la posibilidad de conocer la gran ciudad, decidió acompañarlo. Fue a hablar con el cura, convenció a su padre y el lunes siguiente ya estaba instalado entre decenas de muchachos de toda la Patagonia. Durante la bienvenida, el rector habló de lo que ocurriría el día en que todos fueran sacerdotes. Fue entonces cuando Piero entendió que no había ingresado en un colegio cualquiera, sino en una institución destinada a formar curas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acercó al rector para explicarle que había un error gravísimo. El hombre se echó a reír: había conocido ingenieros, abogados, profesionales y padres de familia que habían sentido una vocación religiosa, pero nunca a alguien que hubiera llegado por equivocación. Lo curioso es que Piero se quedó. Pasó dos años en el seminario y encontró allí algo que no había ido a buscar, una experiencia que lo acercó a personas y preguntas que seguirían acompañándolo mucho después de abandonar aquella ruta. Entre ellas estaban los sacerdotes del movimiento de curas del Tercer Mundo, a quienes recordaba con admiración por su coherencia, su conciencia social y su manera de vivir las convicciones. Nombraba al padre Carlos Mugica y a otros sacerdotes que, para él, habían encarnado una forma de compromiso que iba más allá de las palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La religión, en Piero, nunca terminó de convertirse en una frontera. Su búsqueda espiritual lo llevó también hacia Oriente, hacia la India y hacia Indra Devi, la maestra de yoga a quien llamaba Mataji y que murió a los 103 años. Durante años viajaron juntos a Egipto, la India y Sri Lanka, visitando lugares que para él tenían algo de revelación y algo de aventura. La recordaba como una mujer extraordinaria, capaz de hablar doce idiomas, cercana a figuras como Gandhi, Krishnamurti y Tagore, pero sobre todo como una presencia coherente, alguien cuya manera de vivir parecía prolongar sus ideas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ella conservaba historias que contaba con la misma naturalidad con que hablaba de sus canciones. Una vez, una mujer que decía interpretar vidas pasadas le aseguró que él había sido escriba en el antiguo Egipto y que Indra Devi había sido su hija, una hija que no quería seguir el camino que su padre le imponía. Días después, en otro lugar y ante otra mujer que no conocía la primera historia, escuchó exactamente el mismo relato. Piero recordaba el escalofrío, la coincidencia y, sobre todo, la risa con que él y Mataji terminaron jugando a llamarse papá e hija. Cuando la segunda mujer le anunció que debía viajar a Egipto, él intentó explicar que tenía una gira de unos cuarenta conciertos. La respuesta fue terminante: a ella no le importaba su agenda, porque allí decía que se iba a Egipto. Poco después, una inundación obligó a cancelar la gira y Piero terminó viajando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hace falta compartir sus creencias para entender lo que encontraba en esas historias. Piero parecía interesado menos en demostrar una verdad que en conservar la capacidad de asombro, en admitir que hay episodios cuya explicación no termina de agotarse cuando uno los cuenta. Cuando le pregunté si creía en Dios, respondió que sí, aunque no necesariamente de una forma determinada, que creía en la energía y se sentía acompañado por ella. No hablaba como un hombre empeñado en convencer a los demás, sino como alguien que había aprendido a convivir con sus preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política fue otra de esas preguntas que nunca abandonó. Piero conoció presidentes, se relacionó con dirigentes y participó en iniciativas sociales, pero mantuvo una distancia deliberada frente a los partidos. La política, decía, era una herramienta hermosa; el problema comenzaba cuando alguien intentaba ejecutarla. Su independencia no significaba indiferencia. Más bien parecía una forma de preservar la posibilidad de acercarse a las personas sin quedar atrapado en una obediencia partidista, de respaldar aquello que le parecía valioso y tomar distancia de lo que no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, esa disposición encontró un lugar particularmente importante. Piero hablaba de su colombianidad con una emoción que no parecía ensayada. Había recorrido buena parte de América Latina y, sin embargo, con Colombia había experimentado una especie de amor a primera vista, un regalo inesperado que lo llevó a sentirse parte de un país que terminó incorporando a su propia historia. Su vínculo no se limitó a los escenarios ni al afecto del público. También lo llevó a involucrarse en iniciativas de paz, a visitar cárceles y a conversar con personas que, en medio de la guerra, buscaban una salida negociada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recordó especialmente una visita a la cárcel de Bellavista, donde habló con integrantes del ELN. Venía de conversar con el presidente Juan Manuel Santos y, al encontrarse frente a aquellos hombres, terminó preguntándoles por qué querían sentarse a una mesa de negociación sin decirlo con claridad. La respuesta lo hizo detenerse: eran, según le explicaron, muy malos comunicadores. Piero encontró allí una lección que parecía sencilla, pero que en un país acostumbrado a desconfiar de las palabras tenía una importancia particular. Si querían negociar la paz, debían comunicarlo, decirle a la sociedad que estaban dispuestos a dejar las armas y a buscar una salida distinta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La anécdota no lo convertía en un negociador ni pretendía resolver las complejidades de una guerra de décadas. Lo mostraba, más bien, en el lugar que había escogido ocupar: el de quien se acerca, pregunta, escucha e intenta encontrar una posibilidad de entendimiento donde otros ven únicamente posiciones irreconciliables. Cuando le pregunté por qué había sido tan difícil alcanzar la paz en Colombia, no ofreció una respuesta definitiva. Dijo que se lo preguntaba casi todos los días, y habló de la contradicción que le producía ver a un pueblo tan creativo, cálido e inteligente perder la vida en la violencia. Su desconcierto era también una forma de esperanza, porque seguía creyendo que aquel desperdicio de vidas no podía ser el destino inevitable de un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su historia había, además, una experiencia que ayudaba a entender su sensibilidad frente al desarraigo. Piero había sido expulsado de Argentina durante los años de la represión y enviado al exilio en España. Recordaba el momento en que las autoridades le ordenaron salir en el primer avión disponible, que iba hacia Tokio. Él intentó negociar otro destino, pidió ayuda a los periodistas que estaban allí y finalmente consiguió que lo enviaran a Lima. Lo acompañaron hasta su asiento con una ametralladora, mientras los pasajeros franceses observaban sin entender quién era aquel hombre al que sacaban de su país de semejante manera. Lo contaba sin convertir su propia vida en una epopeya, consciente de que eran otros tiempos y de que muchas cosas sucedieron sin que él las hubiera buscado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa conversación apareció también su hijo, al que dejó de once meses cuando se marchó al exilio y volvió a ver dos años después. Piero recordó las noches en que le contaba cuentos y se quedaba dormido antes que él, las mañanas en que lavaba pañales, las pequeñas tareas de una paternidad que había tenido que aprender mientras intentaba reconstruir su vida. Cuando hablaba de las mujeres, lo hacía desde esa experiencia concreta, sin teorías demasiado elaboradas, con la admiración de quien había descubierto cuánto trabajo cotidiano recae sobre ellas y cuánto de lo que sostiene una familia ocurre sin reconocimiento. Era un hombre que había pasado buena parte de su vida viajando, cantando y entrando en escenarios, pero que también había conocido la intimidad menos espectacular de cuidar a un hijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, quizá lo que más me llamó la atención de Piero fue su manera de aceptar que la vida no siempre se deja organizar alrededor de un plan. Había entrado al seminario buscando Buenos Aires, había terminado convertido en uno de los cantautores más reconocibles de América Latina, había encontrado una segunda patria al otro lado de la frontera, había viajado por el mundo siguiendo intuiciones que no siempre podía explicar y había escrito una canción cuyo alcance seguía sorprendiéndolo décadas después. En todos esos episodios parecía haber una misma disposición: dejarse conducir por la experiencia sin renunciar a la posibilidad de intervenir en ella, acercarse a los demás sin pretender poseer sus historias, entender que una convicción puede ser profunda sin convertirse en dogma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piero no necesitaba proclamarse humanista para que la palabra apareciera en la conversación. Estaba en su manera de hablar de su padre, en el respeto con que recordaba a sus maestros, en su incomodidad ante la guerra, en la curiosidad con que se acercaba a las creencias ajenas y en esa voluntad de mantenerse independiente incluso cuando la política lo invitaba a tomar partido. También estaba en su humor, en su capacidad de contar una experiencia extraordinaria sin pedirle al interlocutor que la considerara extraordinaria, como si la vida tuviera derecho a conservar una zona de misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo hermoso en que un hombre pueda pasar tantos años cantando una canción sobre un padre y descubrir que, con el tiempo, él mismo se ha convertido en una figura familiar para personas que nunca ha conocido. No es poca cosa entrar en la memoria de los otros, acompañarlos en la ausencia, prestarles una voz cuando no encuentran las palabras o recordarles, durante unos minutos, a alguien que ya no está. Quizá ese sea uno de los destinos más generosos de la música popular: hacer que la intimidad de una persona se vuelva compartida sin dejar de ser íntima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando nos despedimos, seguía presente aquella imagen inicial, la mesa, el mate, la conversación que avanzaba de una canción a la espiritualidad, del exilio a Colombia, de la política a las pequeñas tareas de la vida familiar. Piero había llegado a los 73 años sin haber perdido del todo la capacidad de sorprenderse por lo que le había ocurrido. Y mientras millones de personas seguían escuchando «Mi viejo» como si la canción hubiera sido escrita para cada una de ellas, él todavía podía contar cómo nació, cómo lloró al cantársela a su padre y cómo aquel hombre, después de secarse las lágrimas, encontró fuerzas para insultarlo cariñosamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá celebrar la vida de Piero sea recordar precisamente eso: que detrás de una canción que parece pertenecerle a todo el mundo hay un hombre de carne y hueso, con sus errores, sus viajes, sus preguntas, sus afectos y sus contradicciones, alguien que no necesitó tener todas las respuestas para seguir andando. Y que, sin proponérselo demasiado, terminó sentado a la mesa de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133867</guid>
        <pubDate>Fri, 09 Oct 2026 14:07:37 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/images.jpg?quality=60&amp;#038;w=399" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Piero, sentado a la mesa de todos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133867</post-id>    </item>
    </channel>
</rss>