Las palabras y las cosas

Publicado el Diego Aretz

Los males menores.

El mayor problema de la sociedad Colombiana es la desigualdad. 

La primera vez que hablé con Gustavo Petro fue en su oficina de la calle 100 en Bogotá. Hace unos años, algunas personas cercanas a él le habían propuesto que hablara conmigo de comunicaciones, y para eso nos reunimos. Puedo recordar el día exacto, pues en su oficina se encontraba también el actual gobernador del Meta, Alan Jara. En la campaña del 2018 ya comenzaban a intentar cercanía con Petro muchas personas y voces distantes de la izquierda tradicional.

La segunda vez que nos encontramos fue en La Haya, en Holanda. Yo cubría una protesta organizada por colectivos de derechos humanos e integrantes de la denominada «diáspora Colombiana» en Europa. Petro y Gustavo Bolívar acudieron a Holanda. Petro no tenía un traductor y no hablaba inglés. Entonces, me pidieron el favor de traducir por una hora larga una entrevista en el marco de la protesta.

La impresión era de un personaje distante, apagado quizás, reservado sobre todo y completamente contrastante a la figura pública que lo caracteriza y que en buena medida él ha construido. El hombre de las plazas públicas, el populista que llena plazas y conmueve con discursos, largos discursos que parecen párrafos eternos sin interrupciones. Casi no dejan pensar sus discursos, pero emocionan, y esa es una de las claves de su política, la política de la emoción. Petro logra tocar el frágil tejido emocional de la sociedad colombiana, un tejido lleno de heridas de racismos, clasismos y colonialismos. Una sociedad afectada sin lugar a dudas por la explotación y la estigmatización, una sociedad llena de deseos frustrados, una sociedad que en sus bases de cristianismo espera un redentor, un mesías, un mago, un palabrero… y todas esas cosas trata de parecer Petro. Pero él sabe que no es eso. Si queremos extrapolarlo, el único político de la historia contemporánea que también ha logrado conmover a la sociedad colombiana así, se llama Álvaro Uribe.

En las democracias casi siempre nos toca escoger el «mal menor» y por eso quisiera reflexionar en este espacio qué es lo que necesita la sociedad Colombiana y cuál debería ser ese mal menor que deberíamos escoger. Digo mal menor, porque los sujetos íntegros y cercanos a la perfección rara vez se interesan en la política, y porque la política y especialmente nuestra política estructuralmente premia el vicio, la audacia corrupta, la trampa, la actitud de gallada*, de bullying, de desprecio por las ideas ajenas, de desprecio por el otro. Solo hay que hacer un breve paseo por el twitter de los políticos y las políticas para ver el odio, el desprecio, la xenofobia, la pobreza de ideas y la mezquindad de los discursos.

Se habla de la segunda ola de progresismo en América Latina, y luego de la elección de Boric en Chile parece prometer la candidatura de Gustavo Petro. Sin embargo, hay que meditar en la tendencia histórica de Colombia, un país católico y conservador que por 200 años ha elegido a los de centro-derecha y a las derechas para que la gobiernen. También hay que señalar que hasta el día de hoy todos los líderes políticos que aparentaban representar los intereses populares «Gaitán, Galán…» han sido asesinados, digo aparentaban, pues tristemente no conocemos cómo hubieran sido sus gobiernos.

En estas elecciones, lo más importante que debe pensarse es la corrupción, se deben hacer balances juiciosos de todos los y las candidatas.
Creo que si hiciéramos un balance sobrio, podríamos decir que mientras más presencia haya de la política tradicional en cualquier coalición es más probable la corrupción de ese gobierno. Mientras más independiente y técnico sea el candidato, su coalición puede prometer más.
Dos perfiles me atraen mucho, el de Alejandro Gaviria y Francia Márquez. Lo que más atrae del primero es que nunca ha participado en política. Atrae la reputación que lo ha acompañado a lo largo de su carrera académica y su rectoría en los Andes señala a un demócrata que respetará lo logrado en el «Sistema Integral de Justicia» y que entiende que los avances de las sociedades son paulatinos y lentos. Es un tipo que puede entender la grave crisis económica en que nos encontramos. Un liberal que quizás entiende que el mayor problema de la sociedad colombiana es la desigualdad.

En el caso de Francia, hay que celebrar, de entrada, que mujeres como ella existan en Colombia y quieran hacer parte de la política. Es una ambientalista comprometida con los territorios, que reconoce los problemas complejos del país, y además los entiende desde los territorios profundos. Francia ha tenido choques con el Pacto Histórico por defender su independencia, la presencia de comunidades en las listas y, a fin de cuentas, su papel histórico -el de ella- en estas elecciones. El reto de Francia es no dejarse manipular por el juego electoral que, sin lugar a dudas, conduce Gustavo Petro.

En la calle, escucho a la gente decir frases célebres de lo que el pueblo, los ciudadanos, pensamos de los políticos: «todos los políticos son iguales» «todos los políticos son ladrones». Tristemente el pueblo tiene la razón, casi siempre. Llevo años escribiendo, estudiando, entrevistando y dialogando con la política colombiana, y estoy convencido de que para el 2022 Francia Márquez y Alejandro Gaviria son los males* menores que pueden llevar a un avance colectivo y sereno.♦

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Diego Aretz es un periodista y activista Colombiano, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal, ha sido jefe de comunicaciones del Festival Internacional de Cine de Cartagena y es el Jefe de Comunicaciones del Festival Internacional de Cine por los Derechos Humanos. Así mismo es jefe de comunicaciones del Consejo Nacional de Bioética.

Ilustración: María Ochoa

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