Antes de que el español fuera algoritmo, industria o estadística, fue aventura. Fue un hombre flaco persiguiendo gigantes que eran molinos. Fue Cervantes escribiendo Don Quijote como un homenaje radical al ser humano y a su obstinación por creer en las historias que se cuenta a sí mismo. El Quijote no es solo la primera gran novela moderna: es la celebración de un idioma capaz de reírse de sí mismo, de contener locura y lucidez en la misma frase, de convertir la derrota en dignidad narrativa.
Nuestro idioma nació mestizo incluso antes de cruzar el Atlántico. La península ibérica ya era un mosaico: árabes, judíos, castellanos, catalanes, gallegos, vascos. El castellano mismo está hecho de préstamos, de mezclas, de conquistas y convivencias. No fue nunca una lengua pura; fue siempre una lengua porosa.
Cuando cruzó el océano, esa porosidad se multiplicó. Los cronistas de Indias, como Juan de Castellanos, comenzaron a escribir sobre un mundo que no cabía en las palabras que traían. Y entonces hicieron lo inevitable: incorporar voces indígenas, nombres de plantas, de montañas, de animales, de dioses. Hubo quienes les reprocharon que ya no escribían en “castellano correcto”. Pero ¿cómo narrar lo nuevo sin ampliar el idioma? ¿Cómo contar América sin que América entrara en la lengua?
Ahí empezó nuestra verdadera literatura continental: en esa tensión entre norma y realidad, entre pureza y experiencia. Nuestra historia es hermosa precisamente porque es diversa. Porque en la península ya latían muchas Españas, y en América se sumaron millares de culturas más. Cada palabra indígena incorporada no empobreció el idioma: lo ensanchó. Lo volvió más exacto, más verdadero.
Esa es la tradición en la que, siglos después, un artista puertorriqueño puede plantarse en un escenario global y cantar sin traducirse.
“Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái.”
Hawái no es aquí una geografía: es una advertencia. Es el nombre de lo que ocurre cuando un territorio pierde el derecho a narrarse a sí mismo. Cuando la belleza se vuelve mercancía y la identidad se convierte en souvenir. Hawái es el espejo que Puerto Rico mira para no repetirse como tragedia.
Pero lo más poderoso no fue solo el mensaje político. Fue el idioma.
Más de 500 millones de personas hablan español como lengua materna. Más de 600 millones lo comprenden, lo sienten, lo usan para amar, discutir, escribir, cantar. Es el segundo idioma del mundo por número de hablantes nativos. Se habla en las costas del Mediterráneo, en las costas del Caribe, en las costas del Pacífico. Se oye en los mercados de Oaxaca y en las plazas de Sevilla. En las calles de Buenos Aires y en los barrios de Nueva York.
Y sin embargo, aún hay quien intenta hacernos sentir que pensar en español es pensar en segunda división.
Qué lección de dignidad nos dio Puerto Rico.
Bad Bunny, con una bandera en alto y con la palabra “lelolai” resonando como un eco campesino, nos recordó que el español no es una herencia colonial pasiva: es una herramienta viva. Es un idioma que ha sido apropiado, transformado, vuelto música. Es lengua que resistió dictaduras, que cruzó océanos, que sobrevivió censuras. Es lengua que canta.
“Las nubes están más cerca, con Dios se puede hablar.”
Ese verso podría haberlo firmado Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que escribió con una intensidad que todavía nos arde en la piel. Julia entendió que la patria no es un mapa sino una voz. Que el idioma es el lugar donde se libra la batalla íntima de la identidad. Ella escribió: “Yo misma fui mi ruta”. Y en esa frase cabe todo Puerto Rico hoy: una isla que decide ser su propio camino.
También Pablo Neruda, desde otro extremo del continente, nos enseñó que el español puede ser océano y raíz al mismo tiempo. En su Canto General le dio voz a América Latina como si fuera un cuerpo entero que respiraba por sus montañas y sus selvas. Neruda entendió que el idioma puede ser un territorio compartido donde las fronteras se vuelven porosas.
Eso fue lo que ocurrió en esa performance: el español dejó de ser idioma regional para convertirse en idioma universal sin pedir permiso.
En una industria musical dominada durante décadas por el inglés como pasaporte obligatorio, Bad Bunny no traduce. No suaviza. No adapta. Canta como habla su gente. Dice “jíbaro”, dice “lelolai”, dice “Orlando” con la nostalgia migrante que millones comprenden sin subtítulos.
“Se oye al jíbaro llorando, otro má’ que se marchó.
No quería irse pa Orlando, pero el corrupto lo echó.”
Ahí está la diáspora. Ahí está la herida latinoamericana que se repite desde México hasta el Cono Sur: nadie se va porque quiere. Se va porque lo empujan. Porque la economía expulsa. Porque la corrupción asfixia. Porque el futuro parece estar en otro idioma.
Y sin embargo, la canción no es lamento sino resistencia.
“No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai.”
No sueltes la bandera. No sueltes la lengua. No sueltes la memoria. Porque lo primero que se pierde cuando un territorio es colonizado —económica o culturalmente— es el relato propio.
Hablar español hoy es un acto de audacia. Es negarse a aceptar que el prestigio tiene acento único. Es escribir en español aunque el mercado editorial te sugiera otra lengua. Es pensar en español aunque el algoritmo premie otros sonidos.
Hay una batalla cultural silenciosa que se libra en cada plataforma digital, en cada lista de reproducción, en cada premio internacional. Y cuando un artista puertorriqueño convierte un escenario global en tribuna de su identidad, lo que está haciendo es algo más que música: está expandiendo la dignidad del idioma.
Puerto Rico, con su complejidad política y su historia atravesada por imperios, nos recuerda que la soberanía no es solo jurídica. Es también simbólica. Es poder contar tu historia sin que te la traduzcan. Es elegir quedarte. O si te vas, hacerlo sin renunciar a tu voz.
Hawái fue un reino independiente antes de ser anexado. Puerto Rico fue colonia española antes de pasar a manos estadounidenses en 1898. Las fechas dialogan. Las heridas también. Por eso la advertencia no es nostalgia romántica sino memoria histórica.
“Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái.”
En esa línea hay una conciencia continental. Hay un llamado a no repetir la desposesión. A no vender la playa, el río, el barrio, la abuela. A no convertir la cultura en decoración.
Qué alegría, entonces, hablar un idioma que se extiende como un puente entre tres mares. Qué privilegio pensar en español, soñar en español, discutir en español. Qué orgullo escribir en esta lengua que ha sido barro y oro, espada y poema, colonia y liberación.
El español no nos pertenece por pureza: nos pertenece porque lo hemos transformado. Porque lo llenamos de Caribe, de Andes, de selva, de barrio. Porque lo volvimos reguetón y elegía. Porque lo hicimos llorar y bailar al mismo tiempo.
Puerto Rico nos dio una lección de amor propio, de dignidad y de audacia. Nos recordó que la cultura no se mendiga: se afirma. Que la identidad no se traduce: se canta.
Y que mientras alguien, en cualquier costa del Mediterráneo, del Caribe o del Pacífico, siga diciendo “lelolai” con la garganta abierta, no habrá imperio capaz de arrebatarnos la voz.