Hace menos de un año caminaba por La Habana, entre muros descascarados y balcones suspendidos en el tiempo, cuando sonó el teléfono. Era el artista Bogotano Guillermo Londoño. Su voz traía urgencia y misterio: había que llevar unas obras a Colombia. No sabía entonces que, dentro de una maleta vieja conseguida al azar, viajarían territorios…
Hace menos de un año caminaba por La Habana, entre muros descascarados y balcones suspendidos en el tiempo, cuando sonó el teléfono. Era el artista Bogotano Guillermo Londoño. Su voz traía urgencia y misterio: había que llevar unas obras a Colombia. No sabía entonces que, dentro de una maleta vieja conseguida al azar, viajarían territorios completos. No cuadros: mundos. No paisajes: presagios.
Hoy, al recorrer la exposición “Lo que el ojo no ve” en el Museo de Artes Visuales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, comprendo que aquella maleta no transportaba lienzos sino atmósferas… Más de doscientas obras —realizadas entre 2011 y 2025— despliegan un universo donde la paciencia de un trazo es también la paciencia del mundo antes del mundo.
Guillermo nació en Bogotá en 1962. Estudió dibujo con José Luis Cuevas en México y obtuvo su BFA en la Universidad de California, Berkeley. Participó en el Salón Nacional de Artistas de Colombia, vivió en Berlín y ha expuesto en distintos países. Su obra ha consolidado un lenguaje en el que el color deja de ser soporte para convertirse en estructura. Esa trayectoria no es solo académica o geográfica: es una acumulación de miradas, de desplazamientos, de silencios aprendidos en distintos territorios.
Caminar la muestra es atravesar volcanas silenciosas, montañas que respiran, cielos que parecen estar a punto de pronunciar una verdad que todavía no comprendemos del todo. Hay fuego contenido bajo capas de color. Hay una vida en la tierra después de nosotros, pero no como espectáculo apocalíptico, sino como continuidad inevitable. Como si la naturaleza, sin dramatismo, siguiera su curso.
En estos cuadros no hay figura humana. Y, sin embargo, estamos en todas partes. Somos la ausencia que organiza el espacio. En tiempos de amenazas nucleares, guerras y devastaciones —en esta era marcada por los desastres de la industrialización— hablar de nuestra posible desaparición no es una provocación estética, sino una meditación ética. Londoño no acusa ni absuelve, más bien sugiere. Y en esa sugerencia reside la fuerza política de su obra.
Mientras avanzaba por la exposición pensaba en el romanticismo alemán y en Caspar David Friedrich, en esa conciencia de pequeñez ante lo sublime. Pensaba también en Alexander von Humboldt y en aquella época en que observar la naturaleza era un acto de conocimiento y reverencia. La modernidad temprana aún creía que explorar era comprender; la nuestra, con frecuencia, ha confundido comprender con dominar.
Los paisajes de Londoño parecen familiares, pero ninguno existe de manera directa. Son territorios posibles, evocaciones de memoria, construcciones sensibles. Es un juego, sí, pero un juego exigente. Nos dieron el paraíso y no supimos sostenerlo; ahora lo contemplamos reconstruido en capas de pigmento, en horizontes que no pertenecen a ningún mapa.
El color en estas obras no decora, piensa, la luz no adorna: interroga. La textura transforma. Cada trazo contiene una disciplina silenciosa, una constancia que atraviesa décadas de trabajo. Hay en ello una ética de la mirada.
Y entonces el título adquiere otra dimensión. Lo que el ojo no ve. Pero el ojo de Guillermo sí pudo ver: ver la fragilidad del equilibrio, la persistencia del paisaje, la belleza que no cancela la conciencia. Su pintura no niega la crisis, pero tampoco se entrega al nihilismo. Se sitúa en un punto intermedio, incómodo y necesario: el de la reflexión.
No es una invitación a la derrota ni una proclamación de esperanza fácil. Es una pausa. Un espacio para reconsiderar nuestra relación con el entorno, con el tiempo, con nuestra propia presencia.
Tal vez ahí radique la seriedad de esta obra: en recordarnos que mirar es una responsabilidad. Que la naturaleza no es escenario sino condición. Que la ausencia humana, insinuada en cada lienzo, no es una fantasía, sino una posibilidad histórica.
Si el ojo de Guillermo pudo ver más allá de la superficie, la pregunta que queda suspendida en estas salas es inevitable: ¿si estamos dispuestos nosotros a mirar con la misma atención?
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.
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