La mayor tragedia de Venezuela no es el derrocamiento de Nicolás Maduro. La verdadera tragedia es la condición patética y triste a la que el chavismo condujo no solo a un país, sino a toda una región. Venezuela se convirtió en el escenario más directo de intervención política en América Latina en las últimas décadas, y ello representa una derrota profunda: de la capacidad democrática regional, de las izquierdas democráticas y de la lectura oportuna del momento histórico.
Hace apenas unos meses era urgente rodear a María Corina Machado y exigirle —con presión regional real— una salida democrática al régimen. No ocurrió. Fallaron todos: Lula, Sheinbaum, Boric y, por supuesto, Gustavo Petro. El error de cálculo fue monumental y terminó por provocar al hombre más temerario del continente, quien regentaba uno de los aparatos militares más destructivos de la región. Hoy, Maduro ha sido derrocado y trasladado preso a los Estados Unidos hace apenas dos días, cerrando de forma abrupta y traumática un ciclo que se pudo haber evitado.
La situación venezolana es alarmante para toda América Latina, pero especialmente para Colombia. Por eso es indispensable analizarla en los términos más concretos de la realpolitik. Este concepto, formulado en el siglo XIX por Ludwig von Rochau, parte de una premisa incómoda pero necesaria: la política internacional no se rige por principios morales, sino por intereses, poder y correlaciones de fuerza. La realpolitik no es cinismo; es comprensión del mundo tal como es, no como quisiéramos que fuera.
Hasta ahora vemos las consecuencias más visibles: una probable tercera ola migratoria y una anarquía institucional aún más profunda en Venezuela. Pero ese no es el único riesgo. Gustavo Petro debería comprender que el palo no está para cucharas. Su situación es preocupante: fue incluido en la lista Clinton y es, probablemente, el jefe de Estado latinoamericano más enemistado con Donald Trump. Los hechos están ahí.
Si Petro tiene aspiraciones de mártir, difícilmente encontrará un mejor momento. Pero el problema no es Petro, que ya casi se va, aislado internacionalmente y con márgenes de maniobra cada vez más reducidos. El problema es Colombia.
También deberíamos reflexionar que el orden que conocemos y que se ha venido construyendo durante décadas puede derrumbarse completamente. En ese estado de cosas, las circunstancias pueden obligarnos a cambiar de rumbo, rápido y con un pragmatismo que hoy parecería frío y escandaloso. Pero entender esto es clave: la mirada de quienes aspiran a manejar el Estado solo puede estar hoy centrada en defender la democracia y los intereses nacionales, los nuestros.
Se vienen años complejos para la política internacional: liderazgos autoritarios, rupturas institucionales, contradicciones permanentes y un debilitamiento acelerado del sistema multilateral. La pregunta esencial es cómo lograr que nuestra democracia se mantenga en pie en medio de estos vientos totalitarios, y cómo proteger el bienestar del país en un entorno cada vez más hostil.
De ahí la necesidad urgente de un proyecto de contención democrática. Hoy, los centros políticos del país —los sectores democráticos de izquierda y de derecha— deben construir un acuerdo mínimo para atravesar los tiempos difíciles que vienen. No se trata de unanimidad ideológica, sino de supervivencia institucional.
Para América Latina se abre un periodo de reflexión amarga. Todo parece haberse erosionado: los pactos en la ONU, el respeto a la democracia, las reglas compartidas. Quizás estemos ante un punto de quiebre histórico. Si es el tiempo de desempolvar la doctrina Monroe, nuestra respuesta debe ser audaz, digna y estratégica.
Colombia, para los colombianos.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.