World Economic Forum
La sala de Davos estaba llena, pero el clima no era de celebración. Había algo más cercano a una confesión colectiva. Cuando Mark Carney, primer ministro de Canadá, tomó la palabra, no habló como quien anuncia un nuevo plan, sino como quien acepta que una época terminó. No hubo épica vacía: hubo honestidad. Y eso, en el mundo actual, es casi revolucionario.
Carney habló con la calma de quien entiende el poder, pero también sus límites. Con la claridad de un economista, la visión de un jefe de gobierno y el tono de un estadista. Escuchándolo, es inevitable pensarlo: es el líder político de mayor envergadura que he oído desde Barack Obama. No por carisma, sino por profundidad. No por promesas, sino por diagnóstico.
Empezó reconociendo la ruptura. No una transición, no un ajuste, sino una fractura. El orden internacional basado en reglas —esa idea cómoda de que existían normas, árbitros y consecuencias— ya no funciona como se nos prometió. Durante años participamos del ritual: repetir los valores, firmar los acuerdos, confiar en que el sistema, aunque imperfecto, nos protegería. Sabíamos que era una verdad a medias, pero era útil.
Hasta que dejó de serlo.
Ahí aparece la palabra que atraviesa todo su discurso como una advertencia: nostalgia. La tentación de creer que el viejo orden volverá si esperamos lo suficiente. Que basta con aguantar, adaptarse un poco, no incomodar a nadie. Carney lo dice sin rodeos: eso no es una estrategia. Es una forma elegante de quedarse quietos mientras el mundo cambia de manos.
Para explicarlo, recurre a Václav Havel y a la imagen del tendero que cuelga un cartel en el escaparate —“Trabajadores del mundo, uníos”— no porque crea en él, sino para evitar problemas. El sistema no se sostiene solo por la fuerza, sino por la participación cotidiana en una mentira compartida. Vivir dentro de la mentira, lo llamó Havel.
Y entonces Carney lanza la frase que incomoda: es hora de bajar el cartel. Para los países. Para las empresas. Para quienes siguen hablando del “orden basado en reglas” como si aún funcionara tal como fue diseñado.
Desde América Latina, y desde Colombia en particular, esa escena no nos resulta ajena. También nosotros hemos colgado carteles durante décadas. Hemos repetido discursos sobre integración global, libre comercio, multilateralismo, esperando que la promesa de prosperidad llegara por simple alineación. A veces llegó. Muchas otras veces, no. Y cuando las grandes potencias empezaron a usar la interdependencia como arma —aranceles, sanciones, cadenas de suministro convertidas en presión política— quedó claro que la integración sin poder propio es vulnerabilidad.
Carney no propone encerrarse. Advierte, de hecho, que un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y más injusto. Pero también es claro: cuando las reglas ya no te protegen, necesitas protegerte. La clave está en cómo. No levantando muros individuales, sino construyendo autonomía compartida. Cooperación real entre países que no son hegemones, pero tampoco quieren ser subordinados.
Y aquí Canadá ocupa un lugar central en su argumento. Carney presenta a su país no como una potencia dominante, sino como un ejemplo de potencia intermedia que decidió dejar de fingir. Canadá —dice— entendió que su geografía, sus alianzas históricas y su comodidad estratégica ya no garantizan prosperidad ni seguridad. Por eso apuesta a un realismo basado en valores: fortalecer su economía interna, diversificar socios, invertir en energía, tecnología, defensa y cadenas de suministro, y construir alianzas flexibles según cada desafío.
Canadá aparece en su discurso como un país con recursos, capital humano, capacidad fiscal y, sobre todo, con algo escaso hoy: coherencia entre valores y acción. Una sociedad plural que funciona, un socio confiable, una democracia ruidosa pero estable. No como modelo a copiar, sino como prueba de que es posible actuar sin nostalgia y sin cinismo.
Ahí aparece una idea que América Latina necesita tomarse en serio: las potencias intermedias solo tienen fuerza cuando actúan juntas. Solas, negocian desde la debilidad. Compiten entre sí por el favor del más fuerte. Aceptan lo que se les ofrece. Eso no es soberanía, dice Carney; es actuar la soberanía mientras se acepta la subordinación.
¿No es esa, acaso, una descripción dolorosamente familiar para nuestra región?
Colombia —con su posición geográfica, su diversidad energética, su potencial humano— vive en esa tensión. No somos una potencia, pero tampoco somos irrelevantes. El problema es que muchas veces actuamos como si lo fuéramos: esperando que otros definan las reglas, aferrándonos a un pasado que ya no volverá, confiando en que la estabilidad vendrá de afuera.
Por eso, más que nunca, necesitamos con urgencia líderes pragmáticos, honestos y audaces. Líderes capaces de nombrar la realidad sin eufemismos, de asumir costos políticos en el corto plazo y de pensar estratégicamente en el largo. No administradores de la nostalgia, sino constructores de futuro.
La reflexión de Davos apunta a otra cosa: nombrar la realidad como es, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales, construir fuerza interna y diversificar relaciones para poder sostener una política exterior honesta. No es idealismo. Es gestión del riesgo. Es entender que la legitimidad, la coherencia y la cooperación siguen siendo formas de poder, pero solo si se ejercen en conjunto.
Carney cierra con una frase que debería quedar escrita en las paredes de nuestras cancillerías: no deberíamos llorar el viejo orden. La nostalgia paraliza. Nos hace mirar hacia atrás cuando el desafío es construir algo nuevo, más justo, más resistente, más real.
Desde América Latina, el mensaje es claro: o seguimos colgando el cartel en la ventana, esperando no meternos en problemas, o lo quitamos de una vez y empezamos a actuar como región. El mundo ya cambió. La pregunta es si vamos a cambiar con él o si vamos a seguir recordando, con melancolía, un orden que solo funcionaba a medias.
Porque, como dejó claro el primer ministro de Canadá en Davos, la nostalgia no es una estrategia. Y nunca lo fue.