Irán debería haber sido un faro. Tierra de imperios milenarios —Ajeménida, Sasánida—, donde los jardines, la poesía y las artes no eran lujo sino forma de comprender el mundo. Una geografía que va desde las montañas nevadas del Alborz hasta los desiertos inmensos, desde las costas del Caspio hasta las llanuras de Juzestán, con una población diversa que incluye persas, kurdos, baluchis, árabes, azeríes y otras minorías étnicas. Una diversidad que debería haber sido motivo de celebración, no chivo expiatorio de un régimen teocrático obsesionado con la uniformidad.

Pero en Irán se gestó una de las paradojas más amargas de nuestro tiempo. Después de la caída del sha, que fue autoritario pero también un puente con la modernidad, el ayatolá Ruhollah Jomeini impuso una teocracia que no solo capturó el Estado, sino que secuestró la imaginación de una sociedad entera. Lo que era promesa se volvió coerción; lo que era cultura, dogma; lo que era deseo de participación, castigo.

Hoy, las cifras que circulan hablan de unos 3.500 muertos por la represión estatal. Hay cadáveres en las calles, familias que no pueden enterrar a sus hijos sin miedo. Jóvenes que se atreven a pedir participación política, libertad, dignidad, y pagan con su vida. No es una metáfora: es el precio de levantar la voz.

Este no es un problema “interno” que pueda verse con desgana desde Occidente. Es un asunto humano, universal, que interpela a toda conciencia política seria. Y, sin embargo, hay sectores —especialmente a la izquierda de este lado del mundo y también en Colombia— que se han demorado demasiado en reconocer que los asesinatos incruentos en Irán son tan repudiables como los de cualquier dictadura explícita. Como si la brújula moral se desajustara cuando el poder se envuelve en un discurso supuestamente antiimperialista.

¿Acaso la defensa de los derechos humanos depende del color ideológico del régimen que reprime? ¿Seguimos viviendo como si aún estuviéramos en la Guerra Fría, clasificando dictaduras en “aceptables” e “inaceptables”? El silencio o la relativización frente a los crímenes del régimen iraní no es neutralidad: es complicidad.

Y aquí entran, con una claridad que incomoda, las palabras de Malala Yousafzai, citadas textualmente en español:

“Las protestas en Irán no pueden separarse de las restricciones de larga data impuestas por el Estado sobre la autonomía de las niñas y las mujeres, en todos los aspectos de la vida pública, incluida la educación. Las niñas iraníes, como las niñas en todas partes, exigen una vida con dignidad.

El pueblo de Irán ha advertido durante mucho tiempo sobre esta represión, asumiendo grandes riesgos personales, y sus voces han sido silenciadas durante décadas. Estas restricciones existen dentro de un sistema más amplio de control de género moldeado por la segregación, la vigilancia y el castigo —un sistema que limita la libertad, la elección y la seguridad mucho más allá del aula.

Exigen que sus voces sean escuchadas y el derecho a determinar su futuro político. Ese futuro debe ser impulsado por el pueblo iraní e incluir el liderazgo de las mujeres y niñas iraníes —no por fuerzas externas ni por regímenes opresivos.

Me solidarizo con el pueblo y las niñas de Irán en su llamado a la libertad y la dignidad. Merecen determinar su propio futuro.”

Quien crea que esto es una abstracción ideológica debería recordar un ejemplo simple y brutal: Salman Rushdie escribió libros. Por ello, una autoridad religiosa decretó una condena de muerte. Décadas después, un hombre creyó tener legitimidad moral para apuñalarlo en público. No fue un accidente ni un exceso individual: fue la consecuencia directa de convertir el dogma en ley y la blasfemia en crimen.

Por eso la pregunta final no es retórica: ¿hasta cuándo vamos a permitir que el relativismo moral nos anestesie? El mundo atraviesa un retroceso ético evidente: se normaliza la censura, se justifica la violencia si proviene “del lado correcto”, se negocia el valor de la vida según conveniencia geopolítica. Frente a ese panorama, es imperativo volver —sin vergüenza y sin ironía— a las ideas que sostuvieron a las sociedades liberales: la primacía de la vida humana, la libertad de conciencia, la igualdad ante la ley, la separación entre religión y poder político.

Precisamente hoy, como a mediados del siglo pasado, esas ideas vuelven a estar amenazadas. Y precisamente por eso, callar frente a Irán no es prudencia histórica: es una forma de abdicar de la civilización misma.

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