En Los niños del cielo, Majid Majidi no filmó una fábula sentimental sino una anatomía delicada de la escasez. Majidi —formado en el teatro antes de volcarse al cine, atento siempre a los márgenes y a la infancia— convirtió una historia mínima en una metáfora universal: un par de zapatos perdidos, dos hermanos que comparten el secreto, una carrera escolar que es al mismo tiempo competencia y esperanza. Su cámara se inclina hacia lo pequeño, como si supiera que en los gestos diminutos se esconde la verdad de un país.
Esa Teherán de patios humildes y montañas nevadas al fondo —Teherán vista desde abajo, desde la altura de un niño— parecía suspendida fuera de la geopolítica. Pero ninguna ciudad está a salvo del ruido del mundo. Ayer fue Caracas la que ocupaba titulares con su propio drama; hoy es Teherán; mañana será otro nombre pronunciado con urgencia en los noticieros. Las capitales rotan en el escenario de la inquietud global, pero la vida cotidiana persiste, obstinada, bajo cada sacudida.
La muerte de Ali Jamenei (transliterado también como Khamenei), líder supremo desde 1989, en un bombardeo que estremeció la capital iraní, marca un punto de inflexión. Su figura fue la continuidad del sistema creado por su mentor, Ruhollah Jomeini, arquitecto de la República Islámica tras la revolución que depuso al sah Mohammad Reza Pahlavi. Jomeini diseñó una estructura donde la autoridad religiosa y el poder político se fundieron; Jamenei la sostuvo durante más de tres décadas con disciplina férrea.
El balance de ese periodo incluye represión de protestas, control sobre la prensa, persecución de disidentes y un uso sistemático de la pena de muerte avalado por tribunales revolucionarios. Para quienes creemos que el Estado no debe arrogarse el derecho de quitar la vida, esa convicción fue una fractura ética persistente del régimen. Y aun así, la eliminación violenta de un dirigente no equivale automáticamente a justicia ni garantiza la apertura democrática.
Uno de los episodios más simbólicos de esa etapa fue la fetua contra Salman Rushdie por su novela Los versos satánicos. “¿Qué es la libertad de expresión? Sin la libertad de ofender, deja de existir”, escribió Rushdie, recordándonos que la palabra puede incomodar, pero silenciarla es siempre un acto de poder.
Hoy la incertidumbre no es solo política sino estratégica. El Estrecho de Ormuz vuelve a ocupar los mapas de riesgo; los mercados energéticos reaccionan; los gobiernos calculan. La Organización de las Naciones Unidas llama a la contención mientras las potencias miden fuerzas. El mundo parece oscilar entre la diplomacia declarativa y la lógica de los hechos consumados. Y, en medio de esta turbulencia, persisten otras vergüenzas globales: la sombra de la lista del financiero Jeffrey Epstein, símbolo de redes de poder que rara vez enfrentan consecuencias proporcionales.
Sin embargo, dentro de Irán la historia nunca fue un bloque uniforme. También estuvo hecha de mujeres que reclamaron autonomía, jóvenes que pidieron futuro, creyentes que quisieron reconciliar fe y libertad. Sus voces —a veces acalladas, a veces multitudinarias— recuerdan que ningún régimen logra extinguir del todo el deseo de vivir sin miedo.
Si algo enseñó Majidi al comienzo de esta historia es que la política, por abstracta que parezca, termina siempre afectando escenas concretas: el trayecto a la escuela, la seguridad de una familia, la posibilidad de hablar sin temor. El verdadero cambio no será la caída de un nombre propio, sino la construcción paciente de instituciones que limiten el poder y protejan derechos.
Ayer fue Caracas. Hoy es Teherán. Mañana, quién sabe. Lo decisivo no es qué ciudad encabeza los titulares, sino si el mundo será capaz de sostener —más allá de los bombardeos y de las cortinas de humo— la idea sencilla y radical de que la vida humana y la libertad no deben depender del capricho de ningún régimen ni de ningún imperio.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.