**Publicado originalmente en Le Monde Diplomatique

Desde Erasmo hasta Kafka, desde los Médici hasta las democracias contemporáneas, la historia parece desafiar una convicción elemental: la inteligencia no suele gobernar el mundo. Con frecuencia, el poder termina en manos de quienes combinan una dosis suficiente de audacia, fortuna y una notable indiferencia frente a la complejidad.

La palabra tiene algo de reliquia. Estulticia. Suena a monasterio medieval, a pergamino olvidado, a tratado escolástico. Sin embargo, pocas voces describen mejor una de las fuerzas más persistentes de la historia humana. Procede del latín stultitia, derivada de stultus, el necio, el torpe, el incapaz de aprender de sus propios errores. Ya en el siglo XIII aparecía en castellano para designar no solamente la falta de inteligencia sino una condición más inquietante: la obstinación en el error.

La estupidez tiene un origen distinto. Su raíz se encuentra en el latín stupidus, emparentado con stupere: quedarse atónito, paralizado, golpeado por el asombro. El estúpido no era inicialmente un ignorante sino alguien incapaz de reaccionar ante lo evidente, una persona intelectualmente embotada.

Desde el Renacimiento ambas tradiciones se encontraron. En 1511, Erasmo de Rotterdam escribió el Elogio de la locura, una sátira inmortal en la que la Estulticia toma la palabra para explicar que ella, y no la razón, gobierna el mundo. Los sabios producen tratados, los filósofos sistemas, los teólogos disputas interminables. Pero quienes hacen funcionar la sociedad son los vanidosos, los aduladores, los confiados, los ambiciosos y los ilusos. Cinco siglos después, cuesta no sospechar que Erasmo observó algo fundamental.

La historia está llena de personas brillantísimas que perdieron y de individuos manifiestamente mediocres que triunfaron.

Sócrates terminó condenado por la democracia ateniense. Séneca fue obligado a suicidarse por Nerón. Tomás Moro perdió la cabeza frente a Enrique VIII. Talleyrand sobrevivió a todos sus enemigos precisamente porque entendió que el talento político consiste menos en tener razón que en permanecer vivo.

La intuición ilustrada, según la cual los más inteligentes acabarían gobernando, siempre tuvo un problema empírico: los hechos.

Napoleón observó una vez que la capacidad es importante, pero preguntaba primero si un general tenía suerte. La pregunta parece absurda hasta que se examina con atención la historia. Alejandro Magno estuvo a centímetros de morir varias veces antes de los treinta años. Julio César sobrevivió a campañas militares que habrían acabado con cualquier otro comandante. Churchill fue rescatado una y otra vez por circunstancias extraordinarias. La línea que separa al genio del cadáver suele ser mucho más delgada de lo que admiten las biografías.

La posteridad tiene una tendencia inevitable a confundir éxito con inteligencia. Cuando alguien triunfa, asumimos que debía poseer virtudes excepcionales. Cuando fracasa, buscamos defectos ocultos que expliquen su derrota. Sin embargo, una parte considerable de la historia es producto del azar.

Dostoievski comprendió esto mejor que la mayoría. En sus novelas, los personajes toman decisiones racionales, irracionales, heroicas o miserables, pero constantemente chocan contra una fuerza impredecible: la contingencia. En Crimen y castigo, una serie de casualidades aparentemente insignificantes altera el destino de Raskólnikov. En Memorias del subsuelo, el protagonista se burla de quienes creen que la razón puede organizar perfectamente la sociedad. La vida humana, insiste Dostoievski, posee un elemento irreductible de arbitrariedad.

Quizá por eso las ideologías que prometen sistemas perfectos suelen fracasar. Presuponen un mundo gobernado por la racionalidad, cuando la experiencia cotidiana sugiere otra cosa. Las personas votan contra sus intereses materiales, los mercados reaccionan de manera irracional, los imperios colapsan por accidentes mínimos y líderes aparentemente invencibles desaparecen por una enfermedad, un atentado o una decisión desafortunada.

La inteligencia ayuda. Pero no alcanza. De hecho, la relación entre inteligencia y poder es mucho más ambigua de lo que solemos creer.

Los individuos excepcionalmente inteligentes suelen tener un problema político. Ven demasiadas variables. Comprenden demasiados matices. Detectan demasiadas objeciones.

El mediocre, en cambio, disfruta de una ventaja formidable: la simplicidad.

Mientras el intelectual duda, el simplificador avanza.

Mientras el experto explica por qué algo es difícil, el demagogo promete resolverlo en una semana.

Mientras el académico introduce matices, el agitador ofrece certezas. Y las certezas siempre han sido más populares que los matices.

No es casualidad que las democracias modernas hayan desarrollado una relación tan conflictiva con el conocimiento especializado. Durante buena parte del siglo XX todavía existía cierto prestigio asociado al saber. Los grandes debates públicos involucraban escritores, economistas, historiadores, juristas y científicos. Podían equivocarse, desde luego, pero existía una presunción cultural de que el conocimiento merecía atención.

Ese prestigio se ha erosionado. La revolución digital democratizó la información, pero también democratizó la ignorancia. Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento y nunca había sido tan sencillo ignorarlo.

Las redes sociales introdujeron un principio nuevo en la historia de la comunicación: la visibilidad dejó de depender de la calidad y comenzó a depender de la capacidad de atraer atención. En ese ecosistema, la complejidad está condenada.

Un argumento elaborado pierde frente a una consigna.

Un análisis pierde frente a una indignación.

Un libro pierde frente a un video de treinta segundos.

 La política no podía permanecer inmune a esa transformación.

En Colombia el fenómeno resulta particularmente visible. Durante buena parte del siglo XX, con todas las limitaciones y exclusiones de la época, la política nacional produjo figuras que poseían una formación intelectual considerable. Conservadores y liberales podían enfrentarse con ferocidad, pero compartían una cultura letrada. Muchos eran abogados, historiadores, profesores, periodistas o ensayistas. Leían. Escribían. Citaban autores.

No se trata de nostalgia. Tampoco de idealizar un pasado lleno de violencia, sectarismo y desigualdad. Se trata de observar un cambio cultural.

La política dejó de premiar la elaboración intelectual y comenzó a recompensar la capacidad de producir impacto inmediato.

El político contemporáneo no necesita demostrar que ha leído. Necesita demostrar que existe.

No debe persuadir durante horas. Debe captar atención durante segundos.

La lógica del espectáculo terminó colonizando la esfera pública. Y cuando el espectáculo se convierte en criterio de selección, la estulticia adquiere ventajas competitivas.

El estulto moderno ya no es necesariamente ignorante. Puede tener títulos universitarios, asesores brillantes e incluso una formación sofisticada. Su rasgo distintivo es otro: la incapacidad para reconocer la complejidad de la realidad.

Confunde confianza con conocimiento. Popularidad con competencia. Visibilidad con autoridad. Opinión con evidencia.

En eso consiste su poder.

La historia ofrece incontables ejemplos de líderes cuya principal fortaleza fue una extraordinaria seguridad en sí mismos. Algunas veces triunfaron. Otras veces condujeron sociedades enteras al desastre. Pero casi siempre lograron algo que los inteligentes encuentran difícil: convencer a otros de que sabían exactamente lo que hacían.

Quizá por eso la estulticia suele ser tan seductora.

La inteligencia convive con la duda. La estupidez convive con la certeza.

Y las masas suelen sentirse más cómodas con quien promete respuestas definitivas que con quien admite incertidumbres.

Kafka comprendió otra dimensión del problema. En sus novelas, los individuos quedan atrapados dentro de sistemas absurdos donde nadie parece entender realmente qué está ocurriendo. El mundo kafkiano no está gobernado por genios malignos. Está gobernado por burocracias confusas, funcionarios mediocres y mecanismos impersonales.

No es el triunfo del mal. Es el triunfo de la incompetencia.

Woody Allen llevó esa intuición al terreno del humor judío. En sus películas y ensayos aparece una visión profundamente pesimista y cómica de la condición humana. Los seres humanos no controlan casi nada. El universo carece de interés por nuestros planes. El azar distribuye premios y castigos con una arbitrariedad ofensiva.

La inteligencia puede ayudar a comprender el desastre. Perorara vez evita que ocurra.

Esa tradición intelectual, que atraviesa a Kafka, Freud, Allen y buena parte del pensamiento judío moderno, desconfía de las explicaciones grandiosas. Sospecha que detrás de muchos acontecimientos históricos no hay una racionalidad profunda sino una combinación más humilde y perturbadora: suerte y estupidez.

La fórmula parece demasiado simple.

Sin embargo, explica bastante.

La suerte abre puertas. La estulticia permite atravesarlas sin hacerse demasiadas preguntas. La inteligencia, mientras tanto, suele quedarse calculando probabilidades.

¿Es entonces inútil la inteligencia?

No.

Sería una conclusión tan estulta como aquello que pretende denunciar.

La inteligencia no garantiza el éxito, pero sigue siendo una de las pocas herramientas que permiten comprender por qué el éxito y el mérito rara vez coinciden.

La inteligencia no elimina el azar, pero ayuda a reconocerlo.

La inteligencia no asegura el poder, pero permite observar sus mecanismos con cierta lucidez.

Quizá la lección más incómoda sea otra: La historia no recompensa necesariamente a los mejores.

No existe una justicia automática que distribuya prestigio, riqueza o influencia de acuerdo con el talento. Los más inteligentes no siempre ganan. Los más preparados no siempre ascienden. Los más virtuosos no siempre son reconocidos.

Entre la capacidad y el triunfo se interpone una fuerza antigua y caprichosa llamada fortuna. Y junto a ella avanza, desde hace siglos, una compañera inseparable: la estulticia.

Hay además un fenómeno contemporáneo que habría fascinado a Erasmo. Nunca en la historia tantos líderes políticos habían dispuesto de tanta información, tantos asesores, tantos datos, tantas universidades, tantos centros de pensamiento y tantos expertos al alcance de la mano. Y, sin embargo, pocas épocas han parecido tan vulnerables a la simplificación, al impulso y a la consigna. Nunca antes se había invertida tanta inteligencia para ser estúpidos.

La paradoja resulta evidente en distintos continentes. Gobiernos de izquierda y de derecha, líderes nacionalistas y cosmopolitas, figuras surgidas de partidos tradicionales y outsiders que prometían destruirlos, terminan enfrentándose al mismo problema: la complejidad del mundo moderno es tan abrumadora que la tentación de ignorarla se vuelve cada vez más fuerte. La política contemporánea recompensa con frecuencia al dirigente que parece seguro antes que al dirigente que realmente comprende.

Los grandes debates públicos de nuestro tiempo —la inteligencia artificial, el cambio climático, la transformación demográfica, la crisis de las democracias, la concentración económica o las migraciones masivas— son asuntos extraordinariamente complejos. Sin embargo, la discusión pública suele reducirlos a frases de diez palabras. Como si la dificultad misma de los problemas produjera una demanda social de respuestas cada vez más elementales.

Quizá por eso el siglo XXI parece oscilar constantemente entre la inteligencia más sofisticada y la estulticia más elemental. Nunca hubo tantos científicos brillantes, tantos desarrollos tecnológicos y tantos conocimientos disponibles. Tampoco hubo una capacidad tan grande para ignorarlos.

Y entonces aparece la pregunta más extraña de todas: ¿Quéocurrirá con la inteligencia artificial?

Escuchando a algunos de sus expertos más reconocidos, uno tiene la impresión de asistir simultáneamente a una revolución y a una tragedia. Para unos, la IA representa la culminación de siglos de conocimiento humano, el momento en que la inteligencia comienza a multiplicarse a una velocidad desconocida. Para otros, podría convertirse en el instrumento definitivo de nuestra propia degradación intelectual, una máquina capaz de pensar mientras nosotros dejamos de hacerlo.

Tal vez ambas cosas sean ciertas.

Tal vez la inteligencia artificial sea el triunfo de la inteligencia y de la estulticia al mismo tiempo.

La inteligencia humana creando sistemas prodigiosos y la estulticia humana utilizándolos para evitar el esfuerzo de comprender.

Hay algo inquietante en esa posibilidad. Durante siglos imaginamos que el progreso técnico conduciría necesariamente a sociedades más racionales. La experiencia histórica no ofrece demasiadas razones para compartir ese optimismo. La imprenta produjo obras maestras y panfletos delirantes. La radio difundió conciertos y propaganda. Internet abrió bibliotecas infinitas y fábricas industriales de desinformación. Nada garantiza que la inteligencia artificial rompa ese patrón.

Hace algunos años me encontré solo en Madrid, descendiendo a uno de los espacios más sombríos del Museo del Prado. Los periodistas podían entrar gratuitamente y aproveché aquella pequeña fortuna burocrática para perderme durante horas entre las salas. Recuerdo especialmente una visita al Jardín de las delicias. Había poca gente. La luz parecía más tenue de lo habitual. El cuadro surgía desde la oscuridad como una aparición.

Los personajes de Bosch son imposibles de olvidar. Corren, tropiezan, celebran, pecan, juegan, se persiguen, se destruyen. Son grotescos y hermosos. Ridículos y conmovedores. Monstruosos y profundamente humanos.

Siempre he pensado que en aquella pintura existe una compasión extraordinaria por nuestra especie. No una compasión paternal ni condescendiente, sino una comprensión profunda de nuestras limitaciones. Bosch parecía saber que los seres humanos somos criaturas capaces de construir catedrales y cometer atrocidades, escribir sinfonías y perseguir fantasmas, descubrir continentes y arruinarlos después.

Contemplar ese cuadro es observar a la humanidad entera atrapada entre la imaginación, la locura, el deseo y la estupidez.

Y quizá esa sea la lección final de la estulticia. No consiste en burlarse de los necios. Consiste en reconocer que todos participamos de ella.

No hay arrogancia en sentir compasión por la especie humana. Tampoco la hay en admitir nuestra monstruosidad ocasional o nuestra tendencia recurrente al error. Tener compasión por los seres humanos es, en última instancia, tener compasión por nosotros mismos. Porque la frontera que separa al sabio del estulto, al genio del necio, rara vez es tan sólida como nos gustaría creer.

Tal vez por eso la historia resulta tan imprevisible. Porque en el fondo todos llevamos algo de ambas cosas.

Erasmo tenía razón. Tal vez la Estulticia continúa gobernando buena parte del mundo. No porque sea más poderosa que la inteligencia, sino porque posee dos aliados formidables: la confianza ilimitada en sí misma y la ayuda ocasional del azar.

Cuando ambas coinciden, producen una fuerza difícil de derrotar.

Y cuando no coinciden, cuando faltan la suerte o la necedad, incluso las inteligencias más brillantes descubren una verdad amarga: comprender el mundo nunca ha sido lo mismo que gobernarlo.

Diego Aretz Avatar

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