Colombia Global: diplomacia, consenso y el lugar del país en un mundo en transición
Estamos en Bogotá en el marco del lanzamiento de Colombia Global: una política exterior para la seguridad y el desarrollo. El título ya plantea una tensión interesante: cómo se conectan seguridad y desarrollo en la inserción internacional de un país. En mi caso, me interesa particularmente el desarrollo: cómo Colombia se proyecta hacia el mundo,…
Estamos en Bogotá en el marco del lanzamiento de Colombia Global: una política exterior para la seguridad y el desarrollo. El título ya plantea una tensión interesante: cómo se conectan seguridad y desarrollo en la inserción internacional de un país. En mi caso, me interesa particularmente el desarrollo: cómo Colombia se proyecta hacia el mundo, cómo construye reputación y cómo puede recuperar respetabilidad global. No se trata solo de diplomacia, sino de reputación, de coherencia y de futuro. En ese cruce de caminos, la conversación se vuelve inevitable: ¿qué lugar ocupa hoy Colombia en el escenario global y qué tendría que cambiar para recuperarlo?
Quisiera empezar por lo esencial: ¿dónde estaba Colombia hace cuatro años y dónde está hoy en materia de política exterior?
Guillermo Fernández de Soto: Es una muy buena pregunta para empezar porque obliga a mirar continuidad y ruptura. Durante décadas, Colombia tuvo una política exterior que, con diferencias entre gobiernos, funcionaba como una política de Estado. Eso significa algo muy concreto: había consensos básicos sobre los intereses nacionales y sobre cómo defenderlos en el escenario internacional.
No era una política perfecta, pero sí tenía una característica fundamental: la estabilidad. Existían espacios institucionales —como la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores— donde se discutían los temas estratégicos. Había diálogo entre distintos sectores, había consulta, había continuidad.
Ese modelo se fue erosionando, y en los últimos años lo que vemos es una ruptura más profunda. Se abandonó la práctica del consenso, se debilitó la institucionalidad y se optó por una política exterior mucho más personalista.
Y esto tiene consecuencias. En política internacional, la confianza no se decreta, se construye. Y se construye con coherencia, con previsibilidad, con seriedad. Cuando un país pierde esos atributos, pierde capacidad de influencia.
Colombia, que había logrado una presencia importante en organismos internacionales, hoy tiene una participación más débil. No es que haya desaparecido, pero claramente ha perdido peso relativo. Y eso impacta directamente la defensa de sus intereses.
Andrés Rugeles: Yo agregaría dos elementos clave para entender el momento actual. El primero es la trayectoria. Colombia había construido, a lo largo de décadas, una reputación internacional importante. Esa reputación no dependía de un gobierno en particular, sino de una acumulación de prácticas, decisiones y participación en escenarios multilaterales.
Esa trayectoria entró en crisis.
El segundo elemento es lo que denominamos en el libro la pentacrisis. Tradicionalmente se hablaba de cuatro crisis internas: fiscal, salud, energía y seguridad. Nosotros proponemos una quinta: la crisis internacional.
La política exterior también está en crisis. Perdió el consenso, dejó de ser una política de Estado, se debilitó la carrera diplomática y se redujo la capacidad de acción internacional.
Esto no ocurre en el vacío. Coincide con un deterioro en seguridad —con indicadores preocupantes— y con un desafío estructural en desarrollo. América Latina está rezagada frente a metas globales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y Colombia no es la excepción.
Por eso proponemos una recalibración estratégica hacia 2050. Y en esa recalibración hay algo importante: recuperar la lógica de los consensos globales, como ocurrió con los ODS. Ese es un aprendizaje fundamental.
Diego: El libro tiene un tono crítico, pero también propone. No es un diagnóstico pesimista, sino una invitación a corregir el rumbo. Hay una idea de que Colombia sí puede hacerlo mejor.
Andrés Rugeles: Exactamente. El libro parte de un diagnóstico, pero no se queda ahí. Propone caminos. Y lo hace desde una combinación que consideramos valiosa: rigor académico y experiencia práctica.
Muchas veces los análisis se quedan en la teoría o, por el contrario, en la experiencia sin marco conceptual. Aquí tratamos de unir ambas dimensiones: entender y actuar.
Diego: Hay un tema central que atraviesa todo esto: la diferencia entre política de gobierno y política de Estado. Puede sonar técnico, pero es clave. ¿Cómo explicarlo de forma sencilla?
Guillermo Fernández de Soto: La diferencia es profunda, aunque puede explicarse de manera simple. Las políticas de gobierno responden al corto plazo, a las prioridades del gobierno de turno. Las políticas de Estado responden al largo plazo y al interés nacional.
En política exterior, esto es crucial porque los procesos internacionales son largos. Las relaciones entre países no se construyen ni se destruyen en cuatro años. Requieren continuidad, coherencia y acumulación de confianza.
Por eso también impulsamos la creación del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI). Surgió de una inquietud concreta: el creciente interés de los jóvenes por los temas internacionales y, al mismo tiempo, la falta de espacios accesibles para formarse y participar.
Encontramos algo interesante: sí hay conocimiento, sí hay bibliografía, pero no siempre está conectada con nuevas generaciones. El CORI busca precisamente eso: abrir espacios, generar discusión, producir contenido en un lenguaje claro.
Y hay un principio que defendemos con firmeza: la política exterior no puede ideologizarse. Cuando se convierte en un instrumento ideológico, pierde eficacia y credibilidad.
Andrés Rugeles: Si uno mira los países que han logrado avances sostenidos —en desarrollo, en inserción internacional— encuentra un patrón común: construyen políticas de Estado.
Son países que piensan en el largo plazo. Que se preguntan qué quieren ser en 2050, incluso más allá.
Además, el mundo actual exige entender las megatendencias. El ascenso de Asia, el cambio climático, la revolución tecnológica, las transformaciones demográficas. Son procesos estructurales, irreversibles.
Un país que no se prepara para esas dinámicas queda rezagado.
Diego: Vivimos un momento de desorden global. Tensiones geopolíticas, conflictos abiertos, cuestionamientos al sistema internacional. ¿Qué debería hacer Colombia en ese contexto?
Guillermo Fernández de Soto: Hay un concepto clave: el multilateralismo.
Colombia ha sido históricamente un actor activo en ese sistema. Ha participado en la construcción de soluciones colectivas y ha tenido presencia relevante en distintos escenarios.
El multilateralismo tiene limitaciones, por supuesto. Pero sigue siendo esencial. Sin él, el mundo sería mucho más inestable.
Incluso con sus fallas, ha permitido coordinar acciones, establecer reglas y evitar conflictos mayores. La alternativa —un mundo sin reglas— sería mucho más peligrosa.
Andrés Rugeles: Hay una idea que resume bien esto: “Es mejor ir en convoy que solos”.
Para un país como Colombia, es fundamental actuar junto a otros. No tiene el peso suficiente para influir de manera aislada en las grandes dinámicas globales.
Y además estamos en una transición. No sabemos exactamente hacia qué tipo de orden mundial vamos, pero sí sabemos que hay tensiones claras entre visiones unilateralistas y multilateralistas.
El libro toma una posición clara: Colombia debe apostar por el multilateralismo. Porque en un escenario dominado por el unilateralismo, Colombia tiene mucho que perder.
Diego: Voy a plantear una pregunta directa: ¿cómo puede Colombia tener buenas relaciones con China sin afectar su relación con Estados Unidos?
Andrés Rugeles: Esa es una de las preguntas centrales de la política exterior contemporánea. Y la respuesta está en dos principios: visión global y autonomía estratégica.
Colombia debe tener relaciones constructivas con todos los actores relevantes, pero defendiendo sus propios intereses. Eso implica evitar alineamientos automáticos.
La historia demuestra que es posible. Colombia ha logrado, en distintos momentos, mantener relaciones positivas con países que tienen tensiones entre sí.
Ahora bien, también hay realidades que no se pueden ignorar. Estados Unidos es el principal socio de Colombia en múltiples dimensiones: comercio, inversión, seguridad, migración.
Esa relación es estratégica y debe ser cuidada. Pero eso no impide desarrollar otras relaciones. La clave es complementar, no sustituir.
Diego: En ese contexto, ustedes proponen un “Plan Colombia 2.0”. Es una idea potente y también polémica. ¿Qué significa hoy?
Guillermo Fernández de Soto: El Plan Colombia original fue un esfuerzo integral que combinó seguridad, fortalecimiento institucional y desarrollo social, con apoyo internacional.
Permitió modernizar capacidades del Estado, recuperar control territorial y generar confianza internacional. Fue posible gracias a un amplio consenso interno y respaldo externo.
Hoy el contexto es distinto, pero los desafíos son incluso más complejos. El crimen organizado transnacional se ha diversificado: narcotráfico, minería ilegal, trata de personas, delitos ambientales.
Un Plan Colombia 2.0 implicaría actualizar esa estrategia: cooperación internacional renovada, fortalecimiento institucional y un componente social sólido.
Andrés Rugeles: Y añadiría algo fundamental: dimensión regional.
Estos problemas no son exclusivamente colombianos. Son redes transnacionales. Por eso requieren respuestas coordinadas entre países.
Hablamos de corresponsabilidad. Todos los actores —productores, de tránsito, consumidores— tienen un rol en la solución.
Diego: Pasemos a la institucionalidad. ¿Qué ha pasado con la carrera diplomática y cómo se puede recuperar?
Andrés Rugeles: Hay un fenómeno que afecta a todo el Estado: la alta rotación de funcionarios. Eso debilita la capacidad institucional porque no hay continuidad.
En política exterior, eso tiene un impacto especialmente fuerte.
Guillermo Fernández de Soto: Además, ha habido un discurso que deslegitima el servicio exterior. Eso afecta la moral de quienes representan al país.
Y aun así, muchos funcionarios han seguido cumpliendo su labor con profesionalismo.
La recuperación pasa por fortalecer la institucionalidad: respetar la carrera diplomática, profesionalizarla, darle estabilidad y reconocimiento.
Andrés Rugeles: El libro propone varias acciones concretas: revitalizar el servicio exterior, reactivar la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores y lanzar una nueva misión de política exterior.
El consenso no aparece por sí solo. Hay que construirlo deliberadamente.
Diego: Para cerrar, una pregunta necesaria: ¿hay algo positivo que reconocer del gobierno actual en política exterior?
Andrés Rugeles: Sí, y es importante decirlo. Hay un interés por ampliar la política exterior hacia el sur global.
Eso es valioso y debe mantenerse. Colombia tiene oportunidades importantes en ese espacio en términos de cooperación, intercambio y posicionamiento.
El punto es cómo se hace. No debe plantearse como una sustitución de relaciones tradicionales, sino como un complemento.
Diego: Entonces, ¿cuál sería la invitación final?
Andrés Rugeles: La invitación es a pensar globalmente y actuar estratégicamente. A construir una política exterior que sea verdaderamente de Estado: con visión de largo plazo, basada en consensos y orientada a defender los intereses nacionales.
Diego: Hay algo que atraviesa toda esta conversación y que me gustaría profundizar un poco más antes de cerrar, y es el tema de la credibilidad internacional. Porque más allá de los conceptos —multilateralismo, autonomía estratégica, política de Estado— al final todo se traduce en una pregunta muy concreta: ¿confían o no confían los demás países en Colombia?
Y ahí hay algo interesante, porque la credibilidad no es un discurso, es una acumulación de comportamientos. Es consistencia en el tiempo. Es previsibilidad. Es también la capacidad de cumplir lo que se promete.
¿Cómo se reconstruye esa credibilidad cuando se ha deteriorado?
Guillermo Fernández de Soto: Esa es una pregunta fundamental. La credibilidad, como usted bien lo dice, no se decreta. Se construye. Y toma tiempo.
Se construye a partir de decisiones coherentes, de mensajes claros, de una conducta internacional que sea predecible. Los países observan, comparan, evalúan. Y cuando perciben cambios abruptos, contradicciones o falta de continuidad, naturalmente se vuelven más cautelosos.
Recuperar la credibilidad implica volver a los principios básicos: seriedad, consistencia y respeto por los compromisos internacionales. Implica también reconstruir canales de diálogo que se han debilitado.
Y hay algo muy importante: la credibilidad no solo se construye hacia afuera, también se construye hacia adentro. Si no hay consenso interno, es muy difícil proyectar una imagen sólida hacia el exterior.
Andrés Rugeles: Yo añadiría un elemento adicional: la credibilidad hoy está profundamente conectada con la capacidad de ejecución. No basta con tener buenas ideas o buenos discursos. Lo que cuenta es la capacidad de implementar políticas, de mostrar resultados.
En el escenario internacional, los países valoran a aquellos socios que son confiables no solo en lo que dicen, sino en lo que hacen.
Por eso el libro insiste tanto en la institucionalidad. Sin instituciones fuertes, es muy difícil sostener una política exterior consistente en el tiempo.
Diego: Y ahí entra otro punto que me parece interesante: la relación entre política interna y política exterior. A veces se habla de ellas como si fueran mundos separados, pero claramente no lo son.
Andrés Rugeles: Totalmente. La política exterior es, en gran medida, una extensión de la política interna. Un país que tiene problemas estructurales no resueltos —en seguridad, en desarrollo, en gobernabilidad— va a reflejar esas tensiones en su acción internacional.
Por eso hablamos de la pentacrisis. No es posible aislar la política exterior de lo que ocurre internamente. Todo está conectado.
Guillermo Fernández de Soto: Y en ese sentido, la política exterior puede ser también una herramienta para apoyar soluciones internas. No es solo un reflejo, es también un instrumento.
Colombia ha tenido momentos en los que utilizó su política exterior de manera estratégica para fortalecer procesos internos, para atraer cooperación, para posicionar agendas.
Eso es algo que hay que recuperar: entender la política exterior no como un escenario de discurso, sino como un instrumento concreto al servicio del país.
Diego: Hay una última idea que me gustaría dejar sobre la mesa, y es la del tiempo. Porque muchas de las cosas que ustedes plantean —consenso, institucionalidad, reputación— no se construyen rápidamente.
En un entorno político donde todo es inmediato, donde todo se mide en ciclos cortos, ¿cómo se vuelve a introducir esa lógica de largo plazo?
Andrés Rugeles: Ese es uno de los grandes desafíos. Volver a introducir el largo plazo en la toma de decisiones.
Y eso requiere liderazgo, pero también requiere pedagogía. Explicar por qué ciertas decisiones no tienen resultados inmediatos, pero son necesarias.
Requiere también construir acuerdos amplios. Porque el largo plazo solo es posible si hay continuidad, y la continuidad solo es posible si hay consenso.
Guillermo Fernández de Soto: Al final, se trata de algo muy sencillo pero muy profundo: pensar en el país más allá del gobierno de turno.
Si logramos recuperar esa lógica, es posible reconstruir no solo la política exterior, sino también la confianza, la credibilidad y la capacidad de Colombia para actuar en el mundo con seriedad.
Diego Aretz
Diego Aretz es un periodista, investigador y documentalista colombiano, máster en reconciliación y estudios de paz de la Universidad de Winchester, ha sido columnista de medios como Revista Semana, Nodal, El Universal y colaborador de El Espectador. Ha trabajado con la Unidad de Búsqueda y con numerosas organizaciones defensoras de DDHH.
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