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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Colombia ante el espejo: entre la nostalgia uribista, el populismo punitivo y la consolidación de la izquierda | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Colombia ante el espejo: entre la nostalgia uribista, el populismo punitivo y la consolidación de la izquierda</title>
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        <description><![CDATA[<p>Publicado originalmente en Latam 360 Este domingo, Colombia no solo vota un nuevo rumbo político: vota también una narrativa sobre sí misma. Las urnas serán el escenario de una disputa más profunda que la simple alternancia de poder. Lo que está en juego es la identidad política de un país que durante décadas giró alrededor [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Publicado originalmente en Latam 360</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Este domingo, Colombia no solo vota un nuevo rumbo político: vota también una narrativa sobre sí misma. Las urnas serán el escenario de una disputa más profunda que la simple alternancia de poder. Lo que está en juego es la identidad política de un país que durante décadas giró alrededor del conflicto armado, el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez y el miedo a los extremos, pero que ahora parece desplazarse hacia nuevas formas de polarización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La campaña presidencial revela una paradoja notable: mientras la derecha tradicional pierde capacidad de representación, emergen liderazgos más emocionales, personalistas y radicalizados. Y al mismo tiempo, la izquierda intenta dejar de ser oposición para convertirse en continuidad institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese mapa, la figura de Paloma Valencia sintetiza la crisis de la centro derecha colombiana. Nieta de Guillermo León Valencia, presidente conservador entre 1962 y 1966, representante de las élites terratenientes del Cauca y recordado por su ofensiva contra las primeras guerrillas campesinas que luego desembocarían en las FARC, Paloma encarna una tradición política profundamente conservadora. Su apellido pertenece a una genealogía del poder colombiano: latifundio, centralismo, orden público y defensa del establecimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el país de 2026 ya no parece responder con la misma intensidad a esa narrativa. Valencia, que durante años se presentó como “la hija política de Uribe”, intentó moderar su discurso y acercarse al centro en busca de una ampliación electoral. El resultado ha sido ambiguo: pierde parte de la fidelidad del uribismo duro sin conquistar plenamente a los votantes moderados. La paradoja de la centro derecha colombiana es precisamente esa: para sobrevivir necesita alejarse de Uribe, pero al hacerlo corre el riesgo de desaparecer como identidad política reconocible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El uribismo, que dominó Colombia durante dos décadas, enfrenta quizás por primera vez una crisis sucesoria real. Ningún heredero ha logrado reproducir el magnetismo político del expresidente ni su capacidad de convertir la seguridad en un relato nacional. La fragmentación de la derecha es consecuencia directa de ese vacío.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese contexto aparece Abelardo de la Espriella, figura disruptiva y mediática, que parece comprender mejor el clima emocional de la región. Abogado de personajes tan diversos como polémicos —incluidos narcotraficantes, paramilitares y empresarios vinculados a grandes escándalos judiciales—, De la Espriella ha construido una imagen de outsider feroz, nacionalista y punitivista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su biografía política carga además sus propias contradicciones. Entre sus clientes estuvo Alex Saab, señalado como testaferro de Nicolás Maduro y pieza central de la arquitectura financiera del chavismo. Esa trayectoria le ha valido críticas constantes, especialmente porque hoy construye un discurso de ultraderecha ferozmente antichavista mientras intenta presentarse como cruzado moral contra la corrupción y el crimen. Pero justamente esa ambigüedad parece fortalecerlo ante una parte del electorado: más que un político tradicional, sus seguidores lo perciben como un operador capaz de moverse sin complejos en las zonas grises del poder colombiano y latinoamericano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su referencia implícita parece ser Nayib Bukele. No tanto por programa económico como por estilo político: desprecio por los consensos liberales, exaltación del liderazgo personal, promesa de orden inmediato y una comunicación basada en la confrontación permanente. Colombia, históricamente orgullosa de su institucionalidad comparada con otros países latinoamericanos, empieza a mostrar síntomas de cansancio con las formas tradicionales de la democracia representativa. El crecimiento de De la Espriella refleja precisamente esa ansiedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del otro lado aparece Iván Cepeda, hoy el candidato con mayores posibilidades. Y ahí emerge otra de las ironías de esta elección. Cepeda proviene de una tradición ideológica que durante décadas fue marginal en la política colombiana. Hijo de una familia comunista, filósofo de formación y activista de derechos humanos, construyó su carrera enfrentando jurídica y políticamente a Álvaro Uribe Vélez, especialmente alrededor de los vínculos entre paramilitarismo y sectores del poder regional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy aparece como el heredero natural de Gustavo Petro. Pero no comparte el temperamento del presidente. Mientras Petro es improvisación, épica y confrontación verbal, Cepeda transmite calma, método y contención. Lee cuidadosamente sus discursos, evita la exaltación emocional y proyecta una imagen casi académica. Para algunos, eso representa seriedad institucional; para otros, evidencia una dificultad para conectar espontáneamente con las masas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la candidatura de Cepeda no puede separarse del balance de los cuatro años de gobierno de Petro. El presidente llegó al poder prometiendo reformas estructurales en salud, trabajo y pensiones, además de una transformación profunda del modelo económico y político colombiano. Pero gran parte de esas reformas quedaron atrapadas entre la resistencia institucional, las fracturas internas de la coalición oficialista y la dificultad del propio Petro para construir mayorías estables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A eso se suma una creciente percepción de deterioro en materia de seguridad. La expansión de grupos armados regionales, el fortalecimiento de economías ilegales y&nbsp;la sensación de pérdida de control territorial han golpeado una de las fibras más sensibles de la sociedad colombiana. Paradójicamente, el país vuelve a discutir temas que parecían relativamente estabilizados tras los años más duros del conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aun así, Petro conserva un núcleo electoral extraordinariamente sólido. Más que un simple apoyo partidario, existe un electorado cautivo de su discurso y de su personalidad política. Petro sigue siendo, para millones de colombianos, la representación de una ruptura histórica con las élites tradicionales y la posibilidad de una inclusión social largamente postergada. Esa fidelidad explica por qué el petrismo continúa siendo la fuerza más organizada del escenario político, incluso en medio del desgaste del gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección entonces parece debatirse entre dos imaginarios latinoamericanos contemporáneos: el modelo Bukele y el modelo correísta. De un lado, una derecha emocional que promete orden y autoridad; del otro, una izquierda que busca consolidar un proyecto de transformación estatal bajo una narrativa de justicia social y reparación histórica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Colombia nunca ha encajado completamente en los moldes ideológicos regionales. Su sistema político sigue teniendo una enorme fragmentación territorial, clientelar y personalista. Por eso la pregunta central no es solo quién ganará, sino con qué legitimidad podrá gobernar un país exhausto por la polarización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En términos electorales, el panorama también favorece la incertidumbre. Aunque cerca de 41 millones de colombianos están habilitados para votar, las proyecciones indican que probablemente los votos válidos rondarán los 30 millones. Bajo ese escenario, un candidato necesitaría más de 15 millones de votos para superar el umbral del 50 % y ganar en primera vuelta, algo que hoy parece prácticamente imposible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Históricamente, lograrlo ha sido excepcional. Solo Álvaro Uribe Vélez consiguió imponerse en primera vuelta bajo las reglas contemporáneas, tanto en 2002 como en 2006, gracias a un contexto marcado por la violencia guerrillera, el desgaste de los partidos tradicionales y una demanda social masiva de seguridad. Ese antecedente explica la dimensión histórica del uribismo: no fue solamente un liderazgo exitoso, sino un fenómeno político difícilmente repetible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El escenario más probable es, por tanto, una segunda vuelta profundamente polarizada. Y allí Colombia deberá decidir no solo entre nombres propios, sino entre&nbsp;dos maneras de entender el futuro: la autoridad vertical del populismo de derecha o la continuidad reformista de una izquierda que busca institucionalizarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás la verdadera señal de esta elección sea otra. Durante décadas, la política colombiana giró alrededor de la guerra. Hoy gira alrededor del desencanto. Y ese tránsito puede resultar incluso más imprevisible.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Sat, 30 May 2026 16:40:02 +0000</pubDate>
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