Hace dos días Colombia vivió una de esas jornadas que, aunque pasan con aparente normalidad, dicen mucho sobre la salud de una democracia. Más de 40 millones de colombianos podían votar en todo el país. En un trabajo casi impecable, las instituciones garantizaron que cualquier colombiana y colombiano tuviera la posibilidad de hacerlo. Las mesas se instalaron, los jurados cumplieron, los resultados fluyeron. Sin embargo, al final del día apenas alrededor de 9 millones acudieron a las urnas para las consultas: una cuarta parte del electorado.

Ahí aparece, una vez más, el viejo desafío de nuestra democracia: lograr que los ciudadanos sientan que su voto sí cuenta. Porque organizar elecciones ya no es el problema. El reto verdadero es convencer al país de que participar importa.

En medio de ese paisaje electoral comenzaron a aparecer los nombres propios. Una de las grandes ganadoras fue Paloma Valencia. Durante años muchos la leyeron únicamente como heredera política de Álvaro Uribe, pero en esta consulta logró algo más: consolidarse como una voz propia dentro de la derecha colombiana. Superó con relativa comodidad a sus competidores y terminó proyectándose como una líder capaz de ordenar un sector donde también se mueven figuras de tono más duro, como Vicky Dávila, o la narrativa de mano firme que representa Juan Carlos Pinzón.

Sobre Pinzón vale la pena detenerse un momento. Ha dicho que cierra su ciclo en la política. Tal vez no debería hacerlo. Es un dirigente joven y logró una votación importante. La política también exige una forma particular de humildad: reconocer que hay momentos históricos que superan las destrezas personales. Aunque solemos repetir que lo personal es político —y lo es—, muchas veces es el contexto el que termina definiendo la suerte de los candidatos. Hay coyunturas que simplemente no están maduras, liderazgos que llegan demasiado pronto o demasiado tarde. Entender eso también es parte del oficio.

Para Paloma Valencia el desafío ahora es otro. Si quiere ganar la presidencia deberá comprender que el país de 2002 ya no existe. El electorado es distinto, las sensibilidades cambiaron y la política ya no se ordena únicamente alrededor de la seguridad. Su apuesta, inevitablemente, tendrá que ser la unidad y la ampliación de su base política.

En ese mismo espacio apareció una figura que sorprendió a muchos: Juan Daniel Oviedo. Su historia personal logró conectar con el país de una manera inesperada. Hay algo en su rigor técnico, en su tono sereno y en su propia diversidad que habla de una Colombia distinta. Hoy la derecha y el centro derecha tienen algo que hace apenas unas décadas parecía improbable: una mujer liderando y un hombre abiertamente homosexual ocupando un lugar central en la conversación política.

Oviedo tiene ahora un camino abierto. Paloma haría bien en escucharlo. Y el centro político de Sergio Fajardo también debería mirar con atención ese fenómeno: ahí puede haber una posibilidad real de convocatoria.

Mientras tanto, en otro rincón del mapa político, Claudia López decidió hacer su propia apuesta. Su consulta fue, en buena medida, una forma de decir “aquí estoy”. Y lo logró. Medio millón de votos en una consulta no es poca cosa en Colombia. Demostró que tiene seguidores, que existe un fervor alrededor de su figura y que su voz sigue teniendo peso en la conversación pública. Cualquiera que desprecie ese resultado se equivoca.

El episodio más llamativo de la jornada, sin embargo, ocurrió en la consulta de la izquierda. Allí se impuso Roy Barreras, en un resultado que contrasta con los votos al Senado del Pacto Histórico y que debería abrir una discusión más profunda dentro de ese sector político.

Porque la pregunta inevitable es esta: ¿qué tan abierta está la izquierda colombiana a la pluralidad de voces?

Resulta especialmente llamativo que el propio presidente Gustavo Petro haya invitado, pública y privadamente, a destruir la candidatura de Barreras. La izquierda no llegó al poder sola. Fue el resultado de una coalición amplia, diversa y a veces incómoda. Olvidarlo no solo es poco honroso sino puede ser políticamente costoso.

La victoria de Roy también lo sitúa en una situación curiosa. Le abre un escenario complejo, pero lleno de posibilidades. Los políticos más hábiles suelen entender que las coyunturas difíciles también pueden ser oportunidades. Roy Barreras podría aprovechar este momento para intentar demostrar que otra izquierda es posible, quizá ahora con la libertad de presentarse como un contendiente legítimo frente a Iván Cepeda.

Al final del día, entre resultados, sorpresas y lecturas cruzadas, hay una conclusión que se impone: la gran ganadora fue la democracia.

Hay pluralidad, hay competencia y hay opciones reales para el país. El desafío sigue siendo la participación. Diez millones de votantes son demasiados pocos para una democracia de más de cuarenta millones de ciudadanos habilitados, lo cual no es sino la evidencia que gran parte del país siente que la política no importa, que todos los políticos son iguales.

Pero también es cierto que la pluralidad que vimos tiene una virtud silenciosa: mientras más voces existan, más difícil será que los extremos monopolizen la conversación política.

Colombia, tarde o temprano, tendrá que escoger entre un camino de centro izquierda o uno de centro derecha.
Los extremos, como tantas veces en nuestra historia, casi siempre terminan conduciendo al mismo lugar: al atraso, a la pobreza y a la guerra.

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