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Publicado el Las Ciencias Sociales Hoy

Sumapaz: campesinos y páramo

Por: Ernesto Montenegro P.

Antropólogo -Arqueólogo Ph.D.

Muy en boga ha estado el Sumapaz en la política capitalina e incluso en el gobierno nacional. Que este territorio sea objeto de especial atención por parte de la alcaldía es la respuesta al llamado recurrente de las gentes que habitan el Sumapaz por una presencia institucional real y responsable que los entienda como parte del Distrito Capital. El enunciado presidencial sin embargo resulta preocupante pues la atención del gobierno nacional por los páramos ha sido de interés extractivista y no propiamente de protección del agua y sus ecosistemas.

La región del Sumapaz, entendida como el conjunto de geografías que relacionan las cumbres de la cordillera oriental y su división de aguas hacia las cuencas del Orinoco y del Magdalena, incluyendo  ecosistemas únicos e importantísimos en cuanto a la producción y mantenimiento de los ciclos del agua, es además un territorio social y culturalmente construido.

En efecto, el páramo de Sumapaz está habitado por gentes que han permitido la conservación y preservación de esos espacios. Cabe recordar que la presión sobre el Sumapaz es grande, por una parte por el crecimiento urbano y por otra parte, por el interés de controlar los recursos hídricos, esto sin contar las constantes luchas por la propiedad de la tierra.

La gente del páramo habita y se relaciona allí desde hace varias generaciones. A la presencia contemporánea de comunidades campesinas en el Sumapaz, hay que añadir que las evidencias arqueológicas demuestran la presencia humana y la apropiación de estos territorios durante al menos dos milenios. Esta larga presencia se expresa en los objetos de factura humana que allí se encuentran, la muy conocida balsa Muisca es uno de esos elementos, pero es sobre todo la sobrevivencia del ecosistema la que nos muestra la existencia de comunidades organizadas que tienen un pensamiento propio, que entienden el páramo y se ocupan de él. La afortunada y oportuna respuesta campesina a los incendios de 2019 permitió controlar el fuego que atentaba contra la integridad natural y es una muestra del arraigo que las comunidades paramunas detentan frente al páramo.

Las vidas campesinas han ido estructurando culturalmente los espacios a lo largo de Colombia, dándole sentido a los lugares que habitan y permitiendo que la dimensión creativa armonice  los saberes de la producción con la sostenibilidad del territorio. En el Sumapaz esa vida constituye un verdadero ejemplo de cultura campesina. Es por esto que resulta necesario que los procesos institucionales comiencen por reconocer la existencia de las poblaciones y en consecuencia, la legítima participación de las comunidades en la toma de decisiones sobre los territorios que habitan.

Los necesarios esfuerzos por el mantenimiento de los ciclos naturales en las áreas en donde se regeneran los elementos y los seres vivos, deben reconocer el lugar de las gentes campesinas. Los páramos requieren medidas de protección que garanticen su existencia en el tiempo, es una tarea intergeneracional. La forma como eso ocurre es mediante la responsabilidad colectiva en donde las acciones institucionales reconozcan a las poblaciones que habitan el territorio y en donde se privilegien los procesos históricos de conservación y manejo frente a las prácticas extractivistas, esas si exógenas y sin arraigo territorial.

La vida campesina debe estar integrada a la formulación e implementación de las medidas de manejo que se adopten para la protección territorial. La discusión sobre los páramos debe hacerse con las gentes que habitan y defienden los territorios. En los páramos de Coconucos y Paletará debe hacerse con indígenas, así como en la Sierra Nevada de Santa Marta o en el Cocuy;  en los páramos de Urrao y Santurbán hay que darle la palabra a las poblaciones que están allí asentadas; en Sumapaz, la tradición cultural y la memoria territorial de las poblaciones campesinas deben hacer parte de cualquier forma de declaratoria.

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