Las Ciencias Sociales Hoy

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Indignados, vándalos y reforma Policial

  Por: Víctor Reyes Morris*

 Los hechos violentos ocurridos en la ciudad de Bogotá y en menor grado en otras ciudades de Colombia, en la segunda semana de septiembre, originados en una protesta ciudadana por el asesinato de un ciudadano en Bogotá, a manos de la policía, conduce a una reflexión necesaria sobre tales hechos, quizás por la violencia de estos y el resultado de más de 10 muertos civiles, durante los mismos acontecimientos. La actuación de la policía recibió un gran rechazo porque demostró de un lado, incapacidad para contener la violencia de algunos y su respuesta fue ineficazmente desproporcionada, con el resultado de muertes de ciudadanos.  Entonces, desde el punto de vista sociológico correspondería un análisis de los actores sociales de tales hechos. Una primera aproximación en cuanto a los protestantes es distinguir entre indignados y vándalos. Y de otro lado, podría plantearse algunos elementos de reflexión sobre lo que parece ser un punto de la agenda nacional la reforma a la institución policial, que desde luego no corresponde estrictamente a los hechos aludidos si no a una trayectoria del asunto más amplia en una línea de tiempo, especialmente para entender ese reclamo de reforma como algo distinto a una reacción emocional.

¿Por qué la distinción entre indignados y vándalos? Para entender sociológicamente la composición de la protesta y no caer en el expediente fácil de la caracterización conspiracionista tan recurrida por las esferas gubernamentales en su incapacidad de comprender las situaciones que su propio accionar o inacción producen.

El término indignado, desde luego común en el lenguaje, tiene su origen como condición de protestantes o de ejercitantes del derecho a la protesta, hacia 2011 con la aparición en España de una frondosa y variada expresión de gran descontento. Los medios denominaron al conjunto de manifestaciones como M-15 de los Indignados (15 de mayo de 2011). Las manifestaciones que usualmente desembocaron en vandalismo en algunas ciudades españolas, convocadas por varios colectivos de distinto origen. Igualmente, en Francia surgió un movimiento de protesta que lo llamaron de los chalecos amarillos, porque los portaban los manifestantes, (Gilets Jaunes) en 2019. También se autocalificaban de Indignados. No se trata de extrapolar si no simplemente de utilizar una categoría bastante pertinente con la debida contextualización a nuestra propia realidad. Pero también tenemos antecedentes criollos, como los movimientos desde las llamadas Dignidades Cafetera y Campesina, que produjeron los paros agrarios de 2013 y 2016.

La indignación entonces es un ejercicio d protesta social ante situaciones que desatan lo que podríamos denominar la ira popular pero que detrás esconden problemas más graves o igualmente graves, pero más estructurales como la falta de ingresos, el desempleo, la escasez de oportunidades, la precarización del trabajo y otros más.

Al lado de la indignación se desarrollan hordas vándálicas que destruyen bienes públicos y privados que parecieran incontrolables y con mucha capacidad de daño. Estos vándalos, jóvenes en su mayoría, reciben ese nombre, por una tribu de origen europeo que al final de la Era antigua y el inicio de la Medievalidad, arrasaron pueblos y villas, incluida Roma, en donde fueron especialmente dañinos en cuanto iglesias y conventos y que la iglesia católica no perdonó y los condenó al descrédito que dio origen al adjetivo, sustantivado en lo que hoy en día se llaman pandillas y barras bravas. La desilusión de los jóvenes y las condiciones objetivas de muchos de ellos, el alto desempleo agravado por la pandemia siendo el grupo entre 18 y 25 años el más golpeado, el no acceso a niveles altos de educación ha conformado los que se llaman coloquialmente “Ni-Nis”, ni estudian ni trabajan.  Aquí hay un fuerte segmento de gran frustración social, que los llevan a engrosar pandillas, barras bravas o inclusive células antisistema. Esto se vuelve un problema de ida y vuelta y entonces la policía arremete contra los jóvenes que protestan y estos a su vez provocan a la policía y se convierten en blanco estigmatizado. Este tema de estos jóvenes requiere una atención del Estado, una política pública de oportunidades.

El otro asunto el de la reforma de la policía, no puede quedarse en la emotividad o en la controversia política.  Alimentada ahora por la peregrina doctrina jurídica que es más importante unos salvamentos de votos que una decisión judicial, respecto a una sentencia de la Corte Suprema con base en una tutela de un grupo de ciudadanos, que impone una serie de disposiciones sobre conducción de la fuerza pública. La reforma de la policía no corresponde a una reacción por un comportamiento si no a la necesidad de resolver una seria de debilidades y falencias de esta fuerza absolutamente necesaria para garantizar la seguridad ciudadana, la convivencia y el buen vivir.

Los asuntos de reforma a la institución policial tienen que ver con su esquema de organización militar, su orientación al combate más que a la prevención, las diferencias internas que reproducen un escalafón clasista, una policía más ligada a la comunidad que a los cuarteles, la movilidad social y profesional interna (¿un patrullero que se gradúa de una carrera profesional por qué no podría ser oficial?).

Una organización más territorial con arraigo en cada región y con manejo a ese nivel con un nivel central de políticas y control interno. La policía es necesaria en todos los sistemas. La Constitución del 91 la caracterizó como un cuerpo civil armado, correspondamos a esa definición, que parece no estar operacionalizado tal concepto, en la práctica.

Entender la protesta, no reducirla a un asunto policial, y si corresponde la guarda del orden, pero el orden para garantizar el ejercicio de las libertades, actuar de manera adecuada y responsable sin producir mas daños (especialmente en vidas humanas) de lo que se quiere evitar o resguardar. –

*Doctor en Sociología

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