La droga, ¿y Colombia?

Publicado el Jorge Colombo*

La posición moral de los que atacan la guerra contra las drogas

En una entrada anterior, expliqué como se nos quiere mostrar la guerra contra las drogas como un deber moral [1]. En términos generales, se nos explica que las drogas son una amenaza de tal magnitud para la salud de la humanidad que debemos sincronizar esfuerzos globales y aguantarnos todas las formas de lucha: mentimos, reprimimos, discriminamos, usamos la violencia, destruimos el medio ambiente y legislamos arbitrariedades en nombre de la salud y la moral. Mostramos las drogas como un hechizo que salió de quien sabe que laboratorio y que transforma a la gente en zombis que amenazan nuestra sociedad. En toda esta retórica, que nos advierte que no hay otra forma de actuar frente al problema de la droga, es necesario mostrar a la droga como algo ajeno, algo exterior a nuestra sociedad, y a los consumidores hay que deshumanizarlos para arrebatarles su dignidad.

¿En qué sentido es necesario mostrar la droga como algo externo? Socialmente es aceptado el consumo de alcohol, de tabaco y de café. Aunque sabemos que el borracho tiende a ser agresivo e irresponsable, que el nicotinómano necesita su dosis cada hora y que el cafeinómano es irritable y torpe sin café; en ningún momento, desde que se instaló el régimen anti-drogas, se nos ha ocurrido incluir alguna de estas tres sustancias (alcohol, nicotina y cafeína) en la lista de drogas prohibida. Y la razón es muy fácil: las tres han sido asimiladas por la sociedad, las tres han sido “domesticadas”. Aunque la cafeína es adictiva y consumirla en grandes cantidades en su presentación aislada puede inducir psicosis (o hasta ser letal) [2], existen métodos seguros de consumo, como lo es el café (que viene acompañado de agua o leche y la concentración de cafeína es moderada). Análogamente, el abuso de alcohol es muy común, pero la sociedad condena al borracho y la mayoría de los adultos “saben tomar” (esto es “consumen de forma moderada”).

Pero según el común de la gente, tal consumo moderado no existe respecto a otras drogas. La gente alega que no existe consumo moderado de marihuana, de cocaína, de LSD, de MDMA,…. ¡No, se nos advierte, uno se abstiene de consumirlas o uno es consumidor abusivo! ¡Y no hay punto medio! agregan sin saber que están equivocados.

Y es justamente de esta negación del consumo moderado que se deshumaniza al consumidor de droga. ¿Bajo que criterio le permitimos a un alcohólico seguir o no un tratamiento por su propia voluntad, o le permitimos a un adicto al cigarrillo fumar cada vez que quiera, pero al mismo tiempo le exigimos a un consumidor de marihuana renunciar o a un adicto a la heroína lo forzamos a la abstención o a usar metadona; independiente de si es un ciudadano trabajador y responsable? La gente dirá: ¡pero es que un fumador de marihuana no puede ser un trabajador responsable! ¡Ni un adicto a la heroína puede hacer más que buscar su próxima dosis! Lo cual es falso, si usted vive en un centro urbano y no conoce un consumidor de marihuana responsable es porque o bien conoce poca gente, o bien la gente que conoce no le esta revelando su vida privada (posiblemente están evitando un juicio negativo). La razón por la cual los heroinómanos están condenados es justamente porque no pueden encontrar su dosis sin recurrir a la clandestinidad [3]. Imagínese usted a su amigo fumador teniendo que buscar un jíbaro para encontrar su próximo cigarrillo, con un precio artificialmente inflado, y escondiéndose para fumarlo.

En el siglo XIX el consumo de heroína y de morfina no era prohibido, había gente con un trabajo decente que consumía la una o la otra [4]. El mismo Sherlock Holmes, aunque sea un personaje de ficción, nos da una idea de alguien que consume morfina pero no vive escondido con miedo a que le arrebatemos su dignidad. Fue la irresponsabilidad médica en Estados Unidos la que arrojó a cientos a la adicción, aún así los médicos ingleses se oponían a la criminalización.

Como lo expresé en la última entrada [5], una sociedad tiene únicamente dos opciones: le entrega la distribución de la droga a agentes regulados por la ley o se la entrega a agentes al margen de la ley. Y no hay otra opción.

Lo que exige entregarle la distribución a grupos ilegales, que es lo que vivimos hoy por hoy, donde el problema no hace menos que escalar en magnitud, es un esfuerzo inmenso para acabar con los traficantes e interceptar a los consumidores. Y si queremos derrotar el problema de este modo necesitamos un estado que aplaste nuestras libertades, porque ninguna democracia ha podido con el problema (de hecho ningún régimen lo ha logrado). Peor aún, existen registros de jefes de la mafia italiana expresando gratitud por la guerra contra las drogas [6]. Con esta opción perdemos la libertad y perdemos la seguridad.

La otra opción, la de regular la distribución y el consumo, requiere que cultivemos en la sociedad patrones responsables de consumo. Es templanza lo que hay que fomentar como antídoto, no paternalismo. Entendemos que los jóvenes no tienen suficiente criterio y por eso les prohibimos el consumo de alcohol; pero al mismo tiempo fomentamos templanza en los adultos permitiendo el consumo responsable. Ilustro esta posición con una cita de Kant, que tomo de una columna de Alejandro Gaviria [7]: “Un gobierno erigido sobre el principio de la benevolencia hacia el pueblo como la de un padre hacia sus hijos, esto es, un gobierno paternal en que los súbditos se ven forzados a comportarse de modo puramente pasivo, como niños incapaces que no pueden distinguir lo que les es verdaderamente provechoso o nocivo… es el mayor despotismo pensable”.

Poco ha contribuido más en fomentar el consumo abusivo e irresponsable de estupefacientes que la prohibición. La prohibición del alcohol es un ejemplo reciente: la gente, teniendo que correr el riesgo de ser atrapado cuando es sorprendido tomando, prefiere emborracharse rápidamente que simplemente tomarse una cerveza; de igual modo, le es más eficiente al traficante transportar bebidas con alto contenido de alcohol como el whiskey y la ginebra que transportar cerveza o vino. Por otro lado, fue cuando se prohibió el consumo de opio que este se remplazó con el de heroína; y a su vez fue cuando se prohibió el tabaco en China que la gente empezó a fumar opio para rendirlo. El consumo de cocaína volvió a los Estados Unidos cuando se prohibieron las anfetaminas; los estimulantes regulados fueron reemplazados por los producidos por laboratorios clandestinos o por la cocaína. Fumar marihuana rendida con tabaco es nocivo para los pulmones, consumirla o fumarla pura no lo es [8], [9].

El consumo moderado no es recompensado bajo la prohibición: el esfuerzo que requiere conseguir la dosis se transforma en frustración si la cantidad consumida no alcanza el umbral necesario para alcanzar el efecto. Por eso un usuario ansioso prefiere consumir una cantidad que seguro pasará aquel umbral (como lo expliqué en el párrafo anterior respecto al alcohol). Pero entre las drogas más peligrosas (como es el caso de la heroína) la diferencia entre el umbral de efecto y el de la sobredosis es pequeño. Situación que se agrava entiendo que el consumidor no tiene forma de tener certeza de la concentración de lo que le están dando pues el mercado no esta regulado; y que se vuelve crítica cuando tenemos en cuenta que en ese mismo mercado cualquier persona, independiente de su edad o su condición física, puede adquirir cualquier droga.

Muy equivocados están los que creen que los que buscan acabar con la guerra contra las drogas están fomentando el consumo. Muy al contrario, se trata de desmitificarlo, se trata de quitarle el glamour que la prohibición le da. Se trata de regularlo de forma que si de todo modo un adulto quiere consumir, lo haga minimizando los riesgos relacionados. Se trata de controlarlo para que no tengan acceso un menor o alguien con una condición física o psicológica. Se trata de entender que el adicto a cualquier droga, como el alcohólico, necesita ayuda y afecto, y no estigmatización y represión. En fin, se trata de decirle la verdad a la gente y no de asustarlos fomentando histeria.

Más aún los gastos adicionales que incurre la sociedad en tener que lidiar con adictos problemáticos, ya se están pagando independiente de si la droga es regulada o ilegal. La diferencia es que hoy en día la mayoría de nuestro gasto se dirige a mitigar el problema secundario, que es el de combatir el tráfico, y no el más importante que es de salud. Habría menos consumidores irresponsables si cada vez que quieren consumir tienen que escuchar un sermón del que le entrega la dosis.

Vemos entonces que los valores morales de los que defendemos la regulación y el control del consumo y la distribución de drogas son la razón, la compasión y la templanza. Que sin duda son valores más afines a nuestra tradición occidental y cristiana que la discriminación, la represión, la mentira y la violencia. En la próxima entrada explicaré como se podría introducir lentamente las drogas en nuestra sociedad de forma que ella misma pueda generar patrones responsables de consumo.

Referencias

[1]: J. Colombo, Los valores morales de la guerra contra las drogas, La droga, ¿y Colombia?, 4 de Abril de 2010.

[2]: E.M. Brecher y los editores, The Consumers Union Report on Licit and Illicit Drugs, Capítulo 22, Consumer Reports Magazine, 1972.

[3]: Ibid, Capítulo 12.

[4]: Ibid, Capítulo 3.

[5]: J. Colombo, Plan Colombia, La droga, ¿y Colombia?, 13 de Agosto de 2010.

[6]: J. Hari, Violence breeds violence. The only thing drug gangs fear is legalisation, The Independent, Commentator, Agosto 26 de 2010.

[7]: A. Gaviria, Contra el paternalismo, El Espectador, Opinión, 28 de Marzo de 2009.

[8]: R. Melamede, Cannabis and tobacco smoke are not equally carcinogenic, Harm Reduction Journal, Volumen 2, Número 21, Octubre 18 de 2005.

[9]: M. Hashibe et al., Marijuana use and the risk of lung and upper aerodigestive tract cancers: results of a population-based case-control study, Cancer Epidemiology Biomarkers & Prevention Volumen 15, Número 10 Octubre 2006, pag. 1829-1834.

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