La conspiración del olvido

Publicado el Ramón García

Sociedades que inocularon una nación

Por: Ramon Garcia Piment y Claudia Patricia Romero.

El activismo en la sociedad florece como una inoculación de benevolencia necesaria para alimentar el alma de los individuos y de paso, apaciguar o envalentonar el ímpetu de sus pasiones e intereses. No han sido pocos los surgimientos sociales, que nos terminaron caracterizando como nación, sin embargo, unos de los que más hemos olvidado y que han tenido altas repercusiones políticas en nuestra herencia y trasmisión cultural o memética, son los que conforman sociedades y agrupaciones en pro de la generación de empleos, de alivio a la miseria y de reconocimiento a los excluidos.

En medio de las guerras civiles partidistas que se vivieron durante el Siglo XIX, empezaron a surgir de manera mimetizada, varios tipos de sociedades con fines caritativos, proteccionistas, educativos y gremiales, algunos de ellos se enfocaban en sociedades de apoyo mutuo que brindaban planes de protección a los miembros de tales agrupaciones, en casos de invalidez, enfermedad, muerte y demás calamidades de la vida. Es así como aparecen, entre otras, la Sociedad de Caridad de Santafé, La sociedad del señor del Despojo, la Sociedad de auxilio mutuo de Bucaramanga, la Sociedad de socorros mutuos de Manizales y la Sociedad de socorros mutuos de Bogotá.

En sus estatutos, conocidos gracias a la obligación dictada por la Constitución de 1886, que las sociedades anónimas debían ser legalizadas mediante resolución expedida por el Ministerio de Gobierno, se indicaban las condiciones obligaciones y derechos que tendrían los socios, quienes debían jurar, como en el caso de la Sociedad de socorros mutuos de Bogotá, lo siguiente:

Juro por Dios (o prometo por mi honor), trabajar por el bien de todos y cada uno de mis compañeros de esta Sociedad, protegerlos en la desgracia, en las enfermedades, en la prisión, y en el destierro, proporcionarles trabajo de preferencia a cualquiera otra persona, en igualdad de circunstancias, defender su reputación, y no perjudicar a ningún miembro de su familia; observar y sostener todas y cada una de las disposiciones de los estatutos y reglamentos de la Sociedad, y cumplir fiel y escuetamente con los deberes que me correspondan.

Los miembros debían generar un aporte inicial y otros aportes semanales que permitían soportar su defensa y apoyo. Se valuaba que el número de miembros no podía exceder los 400 socios y que su duración sería de 99 años. El medico Abraham Aparicio Cruz presidía la sociedad para 1891, quien también fundó en su casa de San Victorino: la Sociedad de Medicina y de Ciencias Naturales (que posteriormente paso a ser reconocida como la Academia Nacional de Medicina). La sociedad de socorros mutuos contaba con personajes como Luis Rivas, Rafael Tapia, Gabriel Garzón, José del Rosario Guerrero, Adonías Gómez, Antonio Calvo, Ricardo Bonilla, José Asunción Silva y su hermana, Elvira Silva Gómez, quien entregó su juventud, amor, salud y vida por esa sociedad, a causa de una pulmonía contraída en sus inmersiones en estos barrios obreros, y que valió la recordación de todos por famoso poema compuesto y dedicado por su hermano: Nocturno.

Todos ellos buscaban complementar la falta de recursos fiscales de la incipiente nación a través de la unión y solidaridad con los necesitados, lo que permitió no solo la agrupación de obreros y artesanos, sino el desenvolvimiento y pulimiento de la gema de su bondad y virtudes humanas.

Sus propósitos se volcaron en parte de su esencia, tanto así que incluyeron en ella a sus mayores pasiones, aprovechando sus potencialidades que se transformaron en cimientos de grandes proyectos, como el de la red de cajas de crédito, círculos de obreros y agremiaciones de artesanos, así como de la conformación de cooperativas.

No obstante, las semillas pasaron por un oscuro periodo que inicialmente cercenó su crecimiento, es así como se ordenó a finales del siglo XIX, se ordenó la clausura de la sociedad, acusada de incitación a revueltas de artesanos, que eran movidas por la polarización bipartidista, y la muerte prematura de uno de sus fieles miembros: José Asunción Silva, que llenó de tristeza y desaliento a la sociedad. Posteriormente la Guerra de los mil días y la separación del istmo de Panamá, cubrieron con un manto de desesperanza a los nacionales, diezmando sus impulsos casi hasta el apaciguamiento.

Dicen las escrituras: El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, (…) Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes. Algunos intrépidos retomaron las banderas quemadas y enlodadas, como el General Uribe Uribe, quien en 1904 propuso la conformación de empresas solidarias basadas en el trabajo cooperativo, o del General Benjamín Herrera, quien en 1915, en su posición de senador propuso sin aceptación de la corporación, un proyecto de Ley de Cooperativismo y que de manera lapidaria y diversa terminó conformando la metamorfosis de la Universidad Republicana en la hoy Universidad Libre, de la cual se  cuentan como frutos, los fundadores y pioneros del conocimiento en varias universidades, como Alfonso Gómez Gómez (Universidad Autónoma de Bucaramanga), Belisario Ruiz Wilches, Darío Samper, un Presidente de Colombia (Enrique Olaya Herrera, 1930-1934) y  uno de Venezuela (Carlos Andrés Pérez, 1989-1993),  y de las bases de las asociaciones rurales que en 1950 fueron retomadas por Orlando Fals Borda en sus proyectos agrarios y de conformación de las juntas de acción comunal, o del padre Jesuita José María Campoamor, quien en 1911 conformó el Círculo de obreros, unido a un proyecto urbano- social, que hoy se conoce como el Barrio Villa Javier y la Caja Social de Ahorros.

En Cúcuta, entre tanto, en 1912, una escuela nocturna apoyada por el Párroco de San Antonio, Elías Daniel Calderón, se transmutaba en la Asociación de artesanos y el Colegio Gremios Unidos, que en 1922 se convertiría en un claustro de libres pensadores encargados de la primera educación a los desamparados. Fortalecida por el impulso de: Teodoro Gutiérrez Calderón, Miguel A. Pizani, Leopoldo Piment, Ramón B. Álvarez y Víctor Ocariz.  Hacia 1926, dentro de aquellos “niños sin alpargatas” se forjaba uno de los que pocos años después se convertiría en General del ejército venezolano, dictador (1952), y presidente (1953-1958) de ese país: Marcos Pérez Jiménez, quien conformó un proyecto denominado: Nuevo ideal nacional cuyo objetivo era el de transformación progresiva del medio físico (infraestructura) y el mejoramiento integral de sus habitantes (moral, material e intelectual).

 

Los personajes nombrados, como otros tantos que permanecen anónimos, lograron la transformación de las circunstancias naturales, convirtiéndolas en instrumentos que a la larga manipularon a la sociedad entera, con un costo personal en casi todos los casos, de deshonra injustificada, con juzgamiento impuesto por valores o antivalores aceptados por las masas. A pesar de que la estrategia se percibió como fallida en el sentido de permitir de manera deliberada el sacrificio de sus propios derechos, debido a que la historia los tildó en muchos casos, como monstruos, semejantes al Leviatán, la fuerza de sus ideas resultó superior a su instinto de supervivencia y dignidad.

Anoche, estando solo y ya medio dormido,

mis sueños de otras épocas se me han aparecido.

Los sueños de esperanzas, de glorias,

de alegrías y de felicidades que nunca han sido mías,

se fueron acercando en lentas procesiones

y de la alcoba oscura poblaron los rincones

hubo un silencio grave en todo el aposento

 y en el reloj la péndola detúvose al momento.

La fragancia indecisa de un olor olvidado,

llegó como un fantasma y me habló del pasado.

Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,

y oí voces oídas ya no recuerdo dónde.

Los sueños se acercaron y me vieron dormido,

se fueron alejando,

 sin hacerme ruido y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra

 y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra.

José Asunción Silva

 

Podemos inferir como se sentían, pues ellos apreciaron el azote de los ataques fundados en falsas banderas de autoproclamación, y autopromoción, de invisibilización sistemática orquestada con el beneplácito de sus coterráneos. Librando batallas propias de las cuales no fueron bien liberados, fueron tildados de comunistas o fascistas, o ambos. Fueron ultrajados y vulnerados conscientemente, sintiendo la apatía de todo el pueblo contra sus ideas y artilugios. A pesar de ello, lograron el influjo de sus ideas, inocularon sus postulados, diversos pero aceptados en la actualidad. Son los que han gestado la estructura social que hoy vemos, sin conocerlos. Podemos entrever que sus ímpetus y persistencia ha logrado que tengamos los derechos, la educación, intereses y negocios que hoy gozamos.

Nunca tuvieron el debido reconocimiento que merecían, y que los convirtieron en forjadores anónimos de nuestra identidad. Se permitieron pasar al libro del olvido, sin embargo, como escribió José Ortega y Gasset: en tanto, que haya alguien que crea en una idea, la idea vive.

Durante los procesos de conformación y construcción de naciones recientes como la nuestra, la constante disonante ha sido la necesidad de imposición en el poder de algunos individuos y grupos a manera de Homo homini lupus est (El hombre es el lobo del hombre), y la inevitable respuesta de conformación de artilugios que permitan aliviar, reducir o dinamizar las tensiones que se generan a fin de evitar tragedias predecibles y desenlaces trágicos sean legítimos y aceptados por la sociedad o ilegítimos pero impuestos. Esta situación constante, aun se percibe en nuestra actualidad, de manera diferente, pero con los mismos mecanismos, en donde lo que persiste es la fe en no dejar acallarse. La fe es la antesala de la realidad.

 

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