La conspiración del olvido

Publicado el Ramón García

LA SOCIEDAD DE AMIGOS DE LA LUZ

Por: Ramón Garcia Piment y Claudia Patricia Romero

La tarde del 27 de junio de 1872, por las calles bogotanas, llamaba la atención un titular del extinto periódico LA ILUSTRACIÓN, dirigido por el ideólogo conservador Manuel María Madiedo: “la luz no se ha hecho para ponerse debajo del celemín”. El titular no hacía precisamente referencia a la parábola bíblica en la que Jesús expresaba en el Evangelio de San Lucas que nadie enciende una lámpara para luego ponerla en un lugar escondido o cubrirla con un cajón o celemín, (haciendo alusión a los cajones que servían para medir capacidades según las traducciones bíblicas españolas), sino para ponerla en una repisa, a fin de que los que entren tengan luz. Tus ojos son la lámpara de tu cuerpo. Si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz; pero si está nublada, todo tu ser estará en la oscuridad. Asegúrate de que la luz que crees tener no sea oscuridad. Por tanto, si todo tu ser disfruta de la luz, sin que ninguna parte quede en la oscuridad, estarás completamente iluminado, como cuando una lámpara te alumbra con su luz.

El articulo hacia plena referencia a la fundación del Instituto de Artes y Oficios, que brindaba enseñanza a estudiantes de bajos recursos, en horarios nocturnos, con materias que fueran benéficas para ellos y a la vez a la sociedad Bogotana del momento. Llamaba la atención, la planta de profesores que brindaban gratuitamente sus enseñanzas allí: entre los que se destacaban los radicales que fueron presidentes y rectores de universidades, entre los que se destacan Indalecio Liévano, José María Samper, Antonio Vargas Vega, Rafael Zerda Bayón, Liborio Zerda, Rafael Nieto París y José María González Benito, dicho instituto abrió el camino a la conformación de varias vertientes académicas que impulsaron meses después la creación de la Academia de Ciencias Naturales en el seno de la Universidad Nacional de Colombia, conformada por la Sociedad de naturistas colombianos, cuyos miembros eran varios de los adheridos a dicho instituto.

Pero la chispa de luz que originó esta explosión de formación científica y académica fue la de la fundación de una “sociedad secreta”, un año antes por el químico Rafael Zerda Bayón, La Sociedad buscaba disipar las oscuras sombras de la ignorancia por medio de la brillante luz de la instrucción, compuesta con amplios conocimiento en ciencias y un elevado altruismo, patriotismo, dulzura de carácter y, sobre todo, el gran cúmulo de generosidad que abriga el corazón de sus integrantes, quienes se iniciaban instruyendo a los demás docentes y a los estudiantes ávidos de conocimiento.

Sus encuentros tenían lugar en uno de los edificios más antiguos de la ciudad, en uno de los salones de la Concepción en la carrera novena, en un ambiente conventual y de recogimiento. Bajo el manto de la noche, iluminados por lámparas de aceite, los asistentes se llenaban de conocimientos en la gramática, la aritmética, la geometría aplicada, la higiene pública y privada, la geografía, la química, la física industrial, la mecánica aplicada, la botánica, la cosmografía, la geología, la mineralogía y la economía política, que se fundían en criterios de librepensadores entre la ciencia y la situación del actual estado de formación del país, entre unión de federaciones y poder centralista. Los iniciados tenían como ceremonias, las clases magistrales que ayudaban a comprender el contexto de lo que rodeaba la naciente y convulsiva nación. Ninguno de ellos atisbaba que este destello nocturno era solo el ojo tranquilo del huracán de las guerras civiles que dominaron el siglo XIX.

La sociedad de la luz, paradójicamente, no era secreta ni oscura, tenía la antítesis de los ocultismos, de lo guardado, afanosa de causas nobles, que no necesitaba de clandestinidad, y tenía un firme propósito.  Se gestaba así un apostolado con mixtura entre cristianismo, ciencia y patriotismo. Los constructores del pensamiento buscaban llenar los vacíos que evidenciaban en sus análisis e interpretaciones como resultado del reconocimiento de una nación llena de necesidades, pero con ímpetu de crecimiento, autonomía, pluralismo y pluriclasismo.

A pesar de ello, sus escritos, testimonios y pensamientos dejaban entrever que nada llenaba sus expectativas. José María González, uno de los hacedores de esta historia, nos deja ver en sus escritos que lo deslumbraba la suprema indiferencia de la naturaleza ante los dolores del hombre. ¡Pobre ser pasivo llevado fatalmente hacia ignorados destinos!

 

“Risa y llanto;

El cielo en tanto

Sigue su curso imparcial,

Puesto que al fin es igual

Nuestra risa o nuestro llanto”

 

Tal vez, el encuentro de estas altas personalidades en un país que buscaba sobresalir del anarquismo y de esa eterna guerra impetuosa bipartidista, en donde habían tormentas que hacían que se mezclaran en el torbellino de la sociedad personajes de la política, de las letras, militares y de las artes y ciencias, creando amalgamas entre la academia y la vida política.

A continuación, nos permitimos trascribir el documento publicado en el periódico La Ilustración del 27 de junio de 1872, el cual fue encontrado dentro de una autobiografía inédita de José María González Benito, en un libro de cuentas corrientes de los clientes de la Ferrería de Pacho (1880-1885) que se encuentra identificado en el tomo 480 del subfondo del Despacho de la Secretaría de Hacienda, fondo Despacho del Poder Ejecutivo, en la sección República del Archivo General de la Nación. Este texto autobiográfico quedó inédito por cuanto su autor falleció repentinamente en Bogotá el 28 de julio de 1903 y saldrá a la luz con muchos más secretos de más de un siglo en la próxima edición de la revista MEMORIA del Archivo General de la Nación.

 

Este es:

 

 

“Enseñar al que no sabe, no solo es un precepto fraternal de la enseñanza, altamente civilizadora del Evangelio, sino el principio social más bello y fecundo que sea dable concebir.

Elevad a precepto religioso tan hermoso principio; es una de las glorias más brillantes de la doctrina cristiana.

Por eso, los gobiernos que establecen y fomentan tan admirable enseñanza, no solo practican un gran deber a los ojos de la patria, sino que cumplen con una obligación sacratísima de fe y de conciencia, cuya sanción remuneradora, no solo se halla aquí en el mundo, sino más allá de los dinteles del sepulcro.

Y los utilísimos ciudadanos que consagran su saber y su tiempo a obra tan santa y tan bella y tan fecunda, son dignos, muy dignos del mayor encomio y recompensa, a los ojos de los hombres y a las miradas de Dios.

Esto es practicar el dogma inmortal de que todos los hombres somos hijos de ese Dios y hermanos en Él por el origen y por el destino.

Dichosos los que tales bienes derramen sobre la tierra, redimiendo y redimiendo gratuitamente a sus pobres hermanos, de las tinieblas de la ignorancia, muerte del alma, del cuerpo y del porvenir.

Oh! ¡De cuantos bienes es deudora la patria a estos apóstoles generosos de la luz, que hace buenos a los hombres para que sean felices en la vida y bienaventurados en la eternidad!

¡Cuánto más vale esta hermosa labor que la de aquellos espíritus verdaderamente infernales que han vivido apagando en las almas la suave lumbre de toda consolada esperanza; y que después de su muerte, no han legado a las generaciones sino la horrible pestilencia de sus desoladas lucubraciones!…

Semejante a esas pavesas de los escombros de un inmenso incendio, que no arroja sino humareda sofocante entre el infecto hedor de los cadáveres carbonizados…

Triste misión, que, en vez de mejorar los hombres, trabaja por hacerlos desgraciados en la vida; ¡y quizá réprobos más allá de los resplandores del sol!

Honor y eterno loor a Bogotá, que cuenta en su seno maternal un bello “Instituto de Artes y oficios”.

En él se enseña a las pobres masas populares la gramática, la aritmética, la geometría aplicada, la higiene pública y privada, la geografía, la química, la física industrial, la mecánica aplicada, la botánica, la cosmografía, la geología, la mineralogía y la economía política, mientras llegan a esta capital los útiles para el establecimiento de una escuela primaria, en que se prepare al pueblo menos adelantado para las bellas y útiles enseñanzas de que se ha hecho mérito.

Y honor y eterno loor también a los filantrópicos profesores, ciudadanos: Felipe Zapata,  Antonio Vargas Vega,  Milán Díaz, Luis Lleras,  Ruperto Ferreira, Indalecio Liévano, Francisco Marulanda, Francisco Bayón,  José María González Benito,  Francisco Montoya,  Nicolás Sáenz, Liborio Zerda, Rafael Zerda Bayón,  Florentino Vezga, Alejo Quintero y Rafael Nieto París.

¡He aquí héroes del bien público! ¿Y cómo no levantar nuestro acento para entonar un aplauso en su honra, ofreciendo sus nombres al reconocimiento de la patria?

Este encomio es un deber para nosotros y un alto honor para nuestro propio nombre; que lo hay; y muy elevado, en aplaudir el bien que hacemos, en testimonio de nuestra buena voluntad en honra de esa bella obra.

He ahí verdaderos amigos del pueblo, verdaderos republicanos y verdaderos demócratas, que enseñan al hombre a ser ciudadano; con ello y  en ello a gozar del gran derecho de la soberanía pública.

Esto es hermoso, es agradable, es consolador.

No, no está todo perdido, allí en donde, ciudadanos ilustrados, consagran la luz de su alma y el calor de su corazón a dar vida a sus hermanos semimuertos para sí, para sus familias y para su patria.

Esto se llama el santo ejercicio de la paternidad del alma, muy semejante a la del sacerdocio sagrado.

Por eso proclamamos los nombres de esos generosos ciudadanos, consagrados a iluminar los espíritus de sus hermanos en Dios y en la patria; misión bellísima, misión envidiable, que será bendecida por las generaciones venideras.

¡Honor y eterna memoria para estos nobles apóstoles de la civilización!

Ahora, ya hemos cumplido un gran deber, aclamando ante la patria y la posteridad a estos distinguidos ciudadanos, que tan gran bien y tan magnífico ejemplo dan hoy y legan a los tiempos futuros; solo queríamos una cosa para nosotros, una sola:

Que este eco de nuestro labio, que este latido de nuestro corazón, que este destello de nuestro espíritu resonara y se reflejara en todos los ámbitos del mundo, y jamás pereciera en la memoria de nuestra amada patria.

Que los nobles ciudadanos cuyos nombres acabamos de registrar en honra de las columnas de “La Ilustración”, acojan este voto nuestro como una ofrenda de nuestra gratitud y admiración, a tan bellos esfuerzos y a tan luminosas y fecundas miras.

Esos sudores son santos.

Sus frutos habrán de ser hermosos.

¡Que el pueblo los coseche, los goce y no olvide jamás sus generosos benefactores!

 

M.M.M.

 

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