La conspiración del olvido

Publicado el Ramón García

La ruta de la luz

Por: Ramón García y Claudia Patricia Romero

Una de las mejores maneras de explicar el paso de la espiritualidad en el ser físico, es a través de la analogía que puede haber en el paso de la luz blanca que se transforma en una mixtura de colores fundidos en cristales de un vitral. Durante el día, cuando el sol resplandece, penetra los
grandes vanos de cristal, cubriendo imágenes asombrosas en el interior del recinto; pero cuando oscurece, debe brillar con su propia luz y proyectarse en la ciudad como un faro que evoca la magia y atrae a la magnificencia de su creación. Entre más oscura sea la noche, más se verá.

Los vitrales representan la fuerza cromática y a la vez fragilidad de su temática casi siempre sacra, nos lleva a ver en sus brillos, destellos de diamantes con la leve curvatura de la superficie. Los sentidos se agudizan con los colores, interpretando formas, reconociendo olores, sintiendo lugares y transformando al propio ser, pero, sobre todo, descubriendo que la contaminación del paso del tiempo y de la vida misma, no afectan sus haces proyectados.

La mirada de un enigmático inmigrante alemán que huía de la guerra civil española de 1940 pudo haberse contaminado de los ímpetus fascistas que salieron de Alemania o de la dictadura franquista de la península, que invadió de crueles y sangrientas imágenes a quienes vivieron esa
época. Sin embargo, no claudicó ante tales avatares que si lo llevaron a tierras colombianas, trayendo consigo una herencia errante y tardía del estilo Art Nouveau o Judendstil, cargada de barroquismo y a la vez de religiosidad. Es así como Walter Wolff Wasserhousen se instala en las
frías tierras de Bogotá e inicia su trasegar artístico pintando figuras religiosas de yeso para los almacenes circunvecinos a la Catedral Primada. Sus recorridos lo llevaron a soñar y fundar una de las pioneras casas de vitrales en una casa de la Candelaria. Desde allí inició su peregrinaje religioso y artístico que se volvió un crisol fijado a perpetuidad en cada iglesia representativa de Colombia.

A partir de ese momento, su vida se convirtió en un constante peregrinaje ente lo divino y lo humano. recorriendo montañas y pueblos fantásticos que lo llevaron a parajes increíbles y visionarios. Construyó un recorrido, a manera del camino de Santiago de Compostela, oculto de las miradas profanas, esquivo para los iniciados, pero fantástico para los elegidos. Walter Wolff, nacido en 1906 en Dusseldorf- Alemania, estudió cuidadosamente los parajes colombianos donde la luz se haría magia perpetua en cada individuo, de manera única e inconsciente. Su encuentro se marcaría como un sendero de enormes distancias con un eje en común: sus vitrales. El peregrinaje inicia en la sabana de Bogotá en el municipio de Subachoque en donde el cristal coloreado exalta a Eva con el Sagrado Corazón de Jesús en un espacio atemporal y sacro que rompe las reglas de la religión, llevándonos a una inmersión que viaja a la Basílica de Nuestra
señora de Lourdes en Chapinero- Bogotá, con la escena de los desposorios de María y José, en donde el color azul rompe el cálido rojo que exalta los arcos ojivales con magnifico sincronismo rítmico, dando la sensación de movimiento de los personajes. En el mismo recinto brilla la Anunciación con muchas sombras que resaltan los haces de luz del vitral y de los rayos del Espíritu Santo, aunque diversa a la misma escena en el vano que contiene el vitral en la Iglesia de Santa Barbara en Venadillo- Tolima, en donde la sensación es de frescura que produce el vidrio al paso
del inclemente calor del sol en esa región.

En la Basílica de Lourdes en Bogotá, las ventanas cromáticas acentuadas con tonos azules cuentan con innumerables escenas que llevan un ritmo temporal a manera de melodías sinfónicas que escenifican el parto de María; El nacimiento, el bautismo de Jesús, terminando en un allegro con
brío, en las bodas de Caná en Galilea, detrás la virgen María en un increíble azul de los jarros que convertirán el agua en vino en medio de los vanos ojivales donde realza el aurea de La Virgen detrás de Jesús. El juego cromático pasa al tono verde del Calvario de Jesús, luego muerto en los
brazos de María mostrando “la Piedad”, y termina esta rítmica coral con el encuentro de Jesús resucitado y la ascensión de Jesús con vestidos rojos que cortan el fondo verde y las áureas de los discípulos y de María.
La ruta continua en Chiquinquirá- Boyacá con las imágenes del Bautismo de Jesús y de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, donde se revuelven líneas sinuosas de las nubes con los reflejos rectos y violáceos de la luz que emerge de la Virgen con vestidos claros torneados de un manto
añil movido por un viento perpetuo que nos traslada al sur de Colombia en donde Wolff Wasserhousen encontró en el abismo donde se incrusta el Santuario de las Lajas, en Ipiales-Nariño, la mejor manera de expresar el frenesí sacro de un ser terrenal. Es así como la arquitectura neogótica se funde en ritmos cromáticos cálidos como el ámbar, más pasivos, pero
llenos de intensidad en sus personajes como El Cordero de Dios con los ojos de Jesús infante; Jesús en El Huerto; Jesús con la cruz a cuestas, terminando con el vitral que recrea a unos discípulos cargando a Jesús muerto al sepulcro, demostrando el peso del cuerpo y de sus almas, fundido en
el vidrio. De regreso a Boyacá, encontramos en Sativasur, un vitral con la Crucifixión de Cristo en el altar mayor, con la virgen María y a su discípulo amado, Juan, con su vestido verde. En el templo aparece Cristo de piel oscura crucificado no en vitral sino en una imagen de yeso que representa al Señor de los Milagros, y que en esa región ha cambiado su nombre por el de El señor de los sudores, luego de que, en medio de una liturgia, la imagen se restaurara místicamente al sudar.

Los cromatismos de los pasajes bíblicos concluyen tanto en la Iglesia de San Francisco- Bogotá con las escenificaciones del Santo viacrucis, como en Pamplona- Norte de Santander, con los vitrales de los Santos Oleos y de la Asunción, dibujados a manera de perícopa que refleja el máximo
conocimiento en el arte del destello divino.
Su trabajo de apostolado religioso, lo llevó a diseñar otros acontecimientos, como el enaltecimiento de la vida de los santos y de los templos. Es así como diseñó y creo vitrales en la Basílica de Nuestra señora de Lourdes de Bogotá, el mismo templo de Lourdes de Francia en uno de sus cristales, presentando también a La Virgen de Fátima con los pastorcitos; a San Joaquín y la sagrada familia con Pentecostés en la Iglesia de Miraflores- Boyacá, en las Lajas a la Virgen de la Sallete, a la Virgen del Cobre, a la Madonna di Coreto, a los pastores de Fátima; en Sincelejo- Sucre
a los Santos: Francisco, Ana, Carmen, y Rosario; en Covarachia al norte de Boyacá, a San Luis Beltrán con un crucifijo en una mano y en la otra el cáliz cuyo veneno en forma de serpiente no pudo matarle; En la Porciúncula- Bogotá, a San Francisco y al Espíritu Santo, y en Usaquén, a
Santiago el mayor y a Santa Barbara. En el taller elaboró vitrales para edificios, iglesias, santuarios y capillas, como Cristo Rey, Capilla
del Liceo de Cervantes, Gimnasio Moderno, Iglesia del Pie de la Popa, La Bolsa de Bogotá, entre otros.

Su diseño creativo lo iniciaba en papeles de gran formato que servían de inspiración grafica y lienzo de trabajo donde desleía el carboncillo al soporte, que luego trasladaba a los cristales de colores para poder ensamblarlos con las plantillas. Sus dibujos, llenos de su esencia emularon un gigante diario de su pensamiento. Incluso, dibujó como un presagio, su propia muerte, donde él cubría su cuerpo con los brazos mientras alguien lo golpeaba. En 1980 fue asesinado a golpes en su propio hogar, llevándose su técnica alemana, su amor por el vidrio y su pensamiento multicolor
a la tumba.

La forma de hacer vitrales la continuaron sus discípulos: los hermanos López, quienes fueron ayudantes del taller del maestro. Años después, el Anticuario de Bogotá “La Niña de la Columna”, dirigido por Bernardo Páez, que había cuidado los dibujos de los bocetos de Walter, vendió al
Archivo General de la Nación 467 documentos gigantes de sus vitrales, como parte de la política de adquisición de colecciones de carácter patrimonial, los cuales ahora, acompañan nuestra memoria colectiva, en donde la espiritualidad se conjuga con la estética, sobrepasando la
religiosidad, como artífices de construcción de identidad hecha luz y color, transformada en divinidad que conspira contra el olvido.

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