La conspiración del olvido

Publicado el Ramón García

Cuando las calles hablan

Por: Ramón García Piment y Claudia Patricia Romero.

Las calles hablan de identidad, hablan de recuerdos de memorias, de juegos y de recordación. Nos sirven para guiarnos y para desarrollar nuestras actividades urbanas a punto que se sienten como parte de nuestra esencia. En ocasiones tenemos amplios recuerdos de las transformaciones por cambios de volumetría, usos y perfiles, al ver como la casa de doña Susana, donde amasaban deliciosos buñuelos que vendían los viernes, fue vendida a un banco y luego demolida para construir un hotel de 20 pisos.

Esos cambios son solo un pequeño parpadeo de la realidad en los procesos de formación y transformación de las ciudades, que muchas veces se pierde en la conformación y el paso del tiempo a punto de disipar y olvidar su primer momento. El lugar donde vivimos, de seguro en algún momento fue un inmenso humedal, un cruce de ríos con sendos pantanos o incluso pudo ser un acantilado inhóspito y boscoso que poco a poco fue recibiendo la mano del hombre como parte de haciendas con cultivo o pastoreo, zonas de almacenamiento de víveres, venta de ganado, áreas de depósito de desperdicios, minas y cementerios. Algunos de esos predios fueron protagonistas de disputas por herencias, legados o símbolos de poder, escenarios de batallas ocultas y caminos plácidos llenos de paisajes hermosos donde los atardeceres transformaron almas y sirvieron de inspiración para exaltar poemas épicos que llegan como telegramas del pasado de algo que ya no está.

Nuestra aprehensión al territorio se enriquecería si pudiéramos cambiar el rumbo de la flecha del tiempo y pudiésemos contemplar el crecimiento de la ciudad desde el origen, descubriendo las razones de los ejes, dimensiones, curvas y senderos que hoy dominan nuestro andar habitual. Si pudiéramos conocer los hechos sucedidos, podríamos sumar a nuestra cotidianidad, la herencia del pasado y reconoceríamos las raíces de nuestro andar. Ese viaje extenso en el tiempo gravita en los archivos de mapas y planos, en medio de escrituras con mensajes que llevan no solo una grafía hermosa y difícilmente transcrita que requiere de paleografía, humildad, paciencia y mucha imaginación para interpretar modismos, costumbres, tonos de voz y estilos de los escribientes, logrando sucumbir hasta los sueños de los navegantes del pasado que testimoniaron todos los cambios y transformaciones. Es así como los arqueólogos urbanos juegan en contra de las leyes de la física, logrando transportarse en el tiempo, hacia el pasado, en contra de la entropía, acercándose al primer momento, en tanto los científicos se devanan los sesos tratando de descubrir la fórmula indescifrable de un viaje en el tiempo. Es allí donde las realidades de los arqueólogos del papel se sumergen en otras dimensiones que permiten ver más allá de la realidad del presente, es donde se puede apreciar la matriz formadora.

Por un momento en la vida se realiza ese viaje que queda para siempre en la memoria, transformando la realidad. Nuestro primer viaje por el sendero al pasado se inicia en medio de los cerros orientales, con los registros cartográficos de Bogotá, que nos llevan al 15 de abril de 1797, poco después de un terremoto que afectó la ciudad en 1785. Esta pequeña y fría población es relatada en el dibujo del Español Carlos Francisco Cabrer Rodríguez y redibujado y actualizado a la Bogotá de 1853 por Antonio Dussan, egresado del Colegio Militar de Bogotá.  El plano original de Cabrer, se encuentra ubicado en el Archivo General militar del Ministerio de Defensa de Madrid, El plano redibujado realizado en acuarela, igual al original, se encuentra en el Archivo General de Bogotá. El teniente Dussan nos lleva por  unas estrechas y amarillentas calles reticuladas sin número y de nombres olvidados, cubiertas de piedra y silencio con casas mayormente de una planta, cuyo orden se rompe con el paso de dos arroyos que bajan de los cerros entre Monserrate y Guadalupe, llamados San Francisco y San Agustín, los cuales se abrazan para ser uno solo que serpentea por la cenagosa sabana cubierta de arbustos, pastos y sonidos de millones de sapos que habitaban la inhóspita sabana en un sitio denominado “La estanzuela”, allí donde un siglo largo después se cumplirían los sueños de construir una estación de trenes al estilo europeo. A lo lejos, al occidente se encontraba un camino o camellón que semejaba a una prematura alameda con las dos hileras de árboles sembrados desde los terrenos del entonces ministro de Francia en Nueva Granada, Barón Goury Du Rosland, llamados “sin forma” o “Sans Façón” y el camposanto, hasta el puente de la hacienda de Aranda, que marcaba una de las cuatro salidas de la rústica urbe. Los pantanos más sobresalientes se descubrían como pequeños lagos, llamados la Capellanía, la Bastida, Puente Aranda y del Salitre.  El Plano de Dussan introduce trincheras en el norte y occidente de la ciudad en los sectores de San Francisco y Sans Façón, así como la ubicación de baterías de cañones y la trayectoria de sus disparos que de seguro fueron usados para combatir las guerras civiles donde nos acostumbramos a matarnos nosotros mismos.

Para finales de 1860, nuestros impulsos de libertad habían adoptado un anhelo de estilos europeos que se apagaban entre la neblina, la llovizna perpetua y las construcciones emblemáticas que nos había dejado la colonia entre las que se destacaban la gran cantidad de iglesias como la catedral, Santa Gertrudis, El Carmen, la (antigua) concepción, Santa Bárbara, Los Dominicos, San Carlos, San Francisco, la tercera orden, Las Nieves, Franciscanos recoletos, San Victorino, y las Aguas. Por su parte, El observatorio Astronómico de 1803 competía en altura con las agujas de las torres campaneantes, que acostumbraban a sonar para retumbar en los cerros creando un eco inconfundible en sus habitantes, quienes alineaban sus latidos con los sonidos únicos de la ciudad.

El contagio de estilos foráneos diferentes al español, se fusionó en la ciudad cual amalgama de ideas contradictorias que buscaban competir por identidades francesa, inglesa o alemana, dando como resultado un estilo “republicano” que se enjugaba de un neoclasicismo con ornamentos del art nuoveau y jardines ingleses. La Plaza principal de la ciudad tuvo que soportar el embate de todos los estilos al tiempo que chocaban entre las ideas liberales y las conservadoras.

Guiados hasta 1861 podemos transitar a través de un plano de las obras de Ornato, por Jorge Bunch, quien diseñó la plaza enrejada con accesos, senderos y caminos sinuosos propios de un Jardín arborizado al estilo inglés, en cuyo centro se encuentra la estatua de Simón Bolívar. Así, se marcaría un cambio de uso de la plaza, la cual pasaría de ser un espacio de reunión, de recolección de agua y de concentración de ventas del mercado, para convertirse en un espacio de culto a la patria.  En 1846 Tomás Cipriano de Mosquera, cambió el nombre de la plaza, que hasta ese momento se había denominado Plaza de la Constitución. Ordenó el retiro de la fuente colonial del mono de la pila por el de una estatua de Bolívar, estampando la simbología de espacios públicos hacia una reivindicación del sentido patriótico. En 1861, se realizó la prohibición de compra y venta de alimentos en la plaza. Solo hasta 1876 se dispuso la ubicación de un busto de bronce de Bolívar, que miraba inicialmente hacia la Catedral. Los diseños de Bunch, (principal accionista de la industria metalúrgica del naciente país: Ferrería de Pacho), tuvieron una relación directa con los trabajos de diseño del monumento conmemorativo de la independencia, realizados por Gaston Lelarge en 1904, pues ambos tenían como amigos comunes a los hermanos Pedro, Carlos y Lorenzo Manrique.

Para 1885 la ciudad había crecido, contando con límites al norte la cárcel o Panóptico, al sur el barrio las Cruces, al occidente la vía del tranvía. La división interna territorial fue asumida por subdivisiones eclesiásticas en siete parroquias: las Aguas, Egipto, Las Nieves, La catedral, Santa Bárbara, Las Cruces, y San Victorino. La ciudad contaba con 12 plazas, el moderno recorrido del tranvía de mulas y el diseño de una nomenclatura dispuesta desde esa fecha cuyo centro inicialmente se propuso que se ubicara en la plaza de Bolívar, con las calles primera al norte y al sur y carreras primera oriente y al occidente. Antes de esta nomenclatura, la ciudad había adoptado otra que no fue acogida por la ciudadanía, la cual correspondía al sistema de Nueva York, implementada entre 1849 y 1885, y que había reemplazado la nomenclatura colonial que bautizaba las calles con nombres.

El desarrollo de la ciudad se había dado más hacia el sur, contábamos en Bogotá con dos calles principales nomencladas como calle primera y carrera 1, los bogotanos nunca aceptaron cambiar sus nombres por un numero insípido, por lo que la calle Real (actual carrera séptima) y la Calle Florián (actual calle 11) que comunicaba el Palacio de San Carlos o casa presidencial con San Victorino, siguieron siendo emblemáticas. En esos años, las demás calles cambiaron las pestilentes zanjas de desagüe que estaban en el centro de la vía empedrada por una cloaca canalizada cubierta de las lozas de piedra caliza que llamaron “muñeca”, por su tono similar al de la piel.

La ciudad colonial del siglo XIX, contaba a comienzos de 1800 con 21.000 citadinos, para comienzos del siglo XX tenía 80.000 habitantes completamente hacinados en una ciudad que no se había acostumbrado a su población. Para 1912 se había elevado a 117.000 almas. Lo que nos permitió romper el cascarón de la ciudad colonial ovalada y encerrada entre los Rios San Diego (Calle 26) y San Cristóbal, fue el tendido del trazado del tranvía municipal de Chapinero que logró proyectar la ciudad hacia el norte como una ciudad lineal con dos ejes de los trazados del tranvía (Carrera 13)  y del ferrocarril del norte (Avenida Caracas).

Uno de los protagonistas ocultos del desarrollo urbano costumbrista del paisaje bogotano, fue el Country Club, fundado en 1917 con predios al occidente de la vía del ferrocarril del norte en la actual avenida Caracas, entre calles 49 y 51, cuando la mirada al occidente de la sabana era una zona llena de praderas algunas cultivadas, con una vista al oriente de los cerros orientales vírgenes contenedores solo de una pequeña línea trazada por el hombre, llamada carrera 7, completamente desprovista de construcciones. Con el asentamiento del club para esparcimiento en la parte baja de chapinero, en dos manzanas del proyecto del visionario empresario Leo S. Kopp, quien desde 1904 adquirió unos terrenos para un imponente proyecto urbanístico llamado Quesada, en honor al conquistador de la ciudad. El proyectista aportó al cambio de la ciudad colonial, imaginándose una metrópoli que contaba con 27 manzanas de calles amplias, con un campo de golf administrado por el club. Las actuales calles 47 a 53 fueron bautizadas con los nombres de las ciudades colombianas: calle Ibagué, Cartagena, Popayán, Tunja, Bucaramanga y Medellín; en tanto, las carreras desde la avenida del ferrocarril (avenida caracas), fueron bautizadas con los nombres de los departamentos Antioquia (carrera 15) y Tundama (carrera16), hasta la proyección de la carrera 17.

Al tiempo que se proyectaba el barrio Quesada, se marcaba una carrera entre los grupos de inmigrantes inspirados por el desarrollo inmobiliario de la ciudad, por una parte, el alemán de padres judíos Leo S.  Kopp Koppel, con sus variadas empresas y mirada social, por otra parte, los sirio- libaneses y judíos, encabezados por José Eidelman, Salomón Gutt, y Rubén Possin quienes adquirieron los lotes promocionados por Antonio Izquierdo, propietario de la Hacienda Chapinero Carbonell, quien en 1900 inició la venta de lotes en Chapinero con la proyección de tres barrios, desde el más cercano a la ciudad hasta el más lejano:  El Barrio Sucre, Barrio Quesada y Barrio Mercado.

Sin contar con un plan urbano aún, los empresarios utilizaban estrategias de asertividad para llevar sus proyectos a cabo, una de las más importantes fue la del asociamiento con Alberto Manrique Marín para apoyarse en el diseño de sus propuestas, con lo que se aseguraba la aprobación por su cercanía de ideas con la comunidad judía y por su participación en el Consejo de Bogotá.

Sus otros ases bajo la manga los tuvieron apelando al momento histórico de celebración del centenario de la Republica, reclamando los valores patrióticos que se conjugaban con el sentido de pertenencia y apropiación por el territorio bautizando sus proyectos con nombres alusivos a la formación de nación, es así como se configuran los proyectos de urbanización del 20 de julio y del 7 de agosto, inicialmente llamado “La Paz”, como ese anhelo que buscaban ante los avatares de las guerras civiles decimonónicas.

La tercera estrategia consistía en buscar y potenciar los polos de desarrollo para el crecimiento urbano, como eran las estaciones de tranvía, y plazas de mercado. La estación y plaza de Chapinero (ubicada hasta 1957 en la Avenida Caracas entre calles 60 y 60ª, donde actualmente se encuentra una de las sedes de la empresa de telecomunicaciones Movistar.  Leo Kopp y Compañía adquirió los terrenos contiguos y los unió a través de bulevares comerciales. es así como se configuró el actual barrio Baquero.

Entre anhelos de replicar ciudades europeas en los Andes en medio de pantanos y guerras, se fue transfigurando una urbe desordenada de techos de paja y teja de finales del Siglo XIX en una ciudad humilde y a la vez progresista e inmune a las condiciones ambientales y menesterosas. Al final pudo más el sueño de unos adelantados, que el destino fatalista que pretendía sucumbir a cualquier aspiración. Los proyectos urbanos y arquitectónicos se fusionaron a la prosperidad creando un colectivo llamado “centro de la ciudad”, del cual muchos reniegan sin saber que sus cicatrices, calles, nombres, senderos y construcciones son parte de su propia identidad, la cual aspiramos, sea apropiada, conspirando contra el olvido.

 

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