La conspiración del olvido

Publicado el Ramón García

Cuando la libertad pueda autodeterminarse (Por Carlos Julio Hoyos)

Este exquisito artículo nos lleva a un viaje histórico por la concepción de libertad, igualdad y fraternidad que tanto anhelamos y que ha sido tan esquiva, que nos ha llevado por caminos llenos de codicia, avaricia y desenfreno de pocos que aprovechan el espejismo de libertad a su favor. Se develan las verdaderas intenciones de quienes empuñan el báculo y la espada bajo el amparo de una libertad no autodeterminada, que de la pluma del escritor, historiador y abogado Carlos Julio Hoyos, nos permite conspirar contra el olvido.

Todo empezó cuando los revolucionarios franceses introdujeron en su Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano , la «liberté», «l’égalité» y la «fraternité», la libertad, la igualdad y la fraternidad, como pilares fundamentales de toda convivencia humana pacífica y justa. Pero por cada palabra que se leía en la «proclama», caía de la guillotina una ensangrentada cabeza al interior de una cesta, ante la frenética turba que, aun me pregunto hoy, si rebosaba de alegría por ver caer al «ancienne régime» o antiguo régimen, o por la esperanza de ver materializada una proclamación de derechos civiles que, evidentemente, la cabeza que dormía en la cesta les había negado.

Pero esos tres principios que henchían el corazón de la turba, más que principios, eran los símbolos de unos movimientos francmasones que, por siglos, venían luchando por «zafarse» de la desbordada autoridad de la iglesia y de las monarquías, que acosaban y subyugaban a sus pueblos sin conmiseración, y que usaron los revolucionarios franceses para justificar la decapitación del antiguo régimen en la cabeza de Luis XVI y de su esposa María Antonieta, ambos, símbolo del lujo y del despilfarro.

Pero esas ideas introducidas por los revolucionarios franceses, traían el transfondo de los civilizados cuáqueros americanos habitantes de las Doce Colonias, quienes tan solo unos años atrás se habían emancipado de sus «padres» ingleses con el único propósito de no compartir más con ellos las enormes riquezas de esa tierra plagada de siux, cheyenes, apaches, navajos, moicanos y hopis, a quienes nunca les aplicaría su Declaración de independencia Americana, ni mucho menos la posterior Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa, porque aquéllos jamás fueron considerados ni  «hombres» ni «ciudadanos». Y por tal motivo, no cayeron cabezas como en Francia mientras se leía la «proclama», simplemente porque, para Thomas Jefferson & Cia , los destinatarios no tenían cabeza que cortarles.

Y cuando «el grito» llegó a suramérica, no trajo ingredientes muy diferentes a los de sus originarios franceses, y era apenas obvio, pues también acá esos principios de libertad, de igualdad y de fraternidad, habían sido introducidos a Venezuela desde Chile por Francisco de Miranda, hombre cosmopolita para la época, quien después de haberse cansado de calentar las frías sábanas rusas de Catalina La Grande, optó por abrazar esas ideas de libertad, de igualdad y de fraternidad, nada más ni nada menos que de la fascinante historia chilena narrada por Alonso de Ercilla en su mágica crónica «La Araucana», según la cual sus protagonistas, los indios chilenos (más conocidos como araucanos), destacaron entre el resto de los «amerindios» por su arrojo, rudeza y determinada valentía para defender su tierra del agresor conquistador Pedro de Valdivia, a quien, por encima de cualquiera de sus homólogos conquistadores, le tocó lidiar con el «orgullo» de un pueblo, a todas luces indomable.

Guerreros como Tucapel, Rengo, Lemolemo y Lincoya, capitaneados por el enorme Caupolicán, y todos ellos orientados espiritualmente por Colo Colo, cacique de caciques y prudente entre prudentes, «el Ulises de los araucanos» , siempre brindando consejos y estrategias, con derroches de sensatez entre unos  «rabiosos» e ignorantes indios, quienes después de ver sangrar a uno de los soldados de Valdivia, «maliciaron» de su «divina naturaleza», concluyendo que estaban siendo engañados, y que era hora de decapitarlos a todos, o expulsarlos.

Auténticos guerreros, de entre quienes destacó específicamente uno por su arrojo, brutalidad y valentía, llamado Lautaro, quien no en vano fue escogido como símbolo por los nuevos «conspiradores» próceres chilenos para expandir ese sueño libertario que venía saltando de continente en continente, y que por alguna razón había tocado esas sureñas tierras araucanas, ya chilenas para ese entonces, bautizando como «Logia Lautaro» a ese movimiento revolucionario, llamado a expulsar a los odiosos españoles de su tierra. Cosa que lograron años después de que arribara allí Francisco de Miranda, sí, el mismo, el venezolano amante de Catalina la Grande, para ilustrar a «La Logia» sobre sus correrías y experiencias en el primer mundo (al estilo Marco Polo), y también, no hay que negarlo, para ilustrarse él mismo de los métodos a adoptar en su tierra para procurar la anhelada libertad.

Y mientras en Chile la «Logia Lautaro», en cabeza de Bernardo O’Higgins,  derretía sus sesos para expulsar a sus conquistadores españoles,  Miranda, a la par, hacía sus primeros intentos por llevar esa igualdad, esa libertad y esa fraternidad a Venezuela para deshacerse de los suyos, sólo que allí se toparía con Bolívar, quien, también cosmopolita como Él, pero no masón, ya avanzaba en esa tarea de expulsar de estas tierras a los esbirros de su amigo de infancia Fernando VII, por entonces Rey de España, de quienes se cuenta que cuando niños luchaban a las espadas con improvisados palos de escoba. ¡Quién lo creyera!

Aunque paralelamente hubo muchos otros movimientos libertarios en varios lugares del mundo, sólo tomaré estos tres en procura de mis propios fines.

Francia decapitó a su rey con la sublime intención de implantar la liberté, l’égalité et la fraternité, así como las Doce Colonias vieron nacer a una nación americana bajo el mismo sueño. Y ni qué decir de «Las Américas», que no alcanzaron a nacer, cuando el «Sueño de Bolívar» ya estaba siendo destripado antes de que él despertara de su delirio.

Nunca, ni siquiera al día siguiente de esas «grandiosas proclamaciones» ha habido libertad, igualdad o fraternidad en el mundo, porque detrás de ellas siempre se impuso el instinto de poder y de dominio de unos sobre otros.

No había secado la sangre de la cabeza de Luis XVI, y al día siguiente Napoléon, creyéndose dueño de Europa y de la verdad, salió a conquistarla y a imponer, por el hierro, esa nueva y «maravillosa» forma de gobierno nacida en la dieta francesa.

Igual sucedió con los recién nacidos Estados Unidos de América, quienes también al día siguiente de su «proclama» se lanzaron a la «conquista del oeste» en la peor y más sangrienta campaña de exterminio que haya conocido la humanidad, que hasta el mismísimo Gengis Kan se hubiera horrorizado de haberla presenciado.

Y por acá nada fue distinto, rápidamente fueron conformándose los bandos políticos, que harían cualquier cosa para que jamás hubiera libertad, igualdad y fraternidad en el pueblo que dijeron libertar.

Y entonces me pregunto ¿qué razones tiene la sociedad de hoy para creer que es la democracia la fórmula salvadora para que el mundo entero viva en igualdad, en libertad y en fraternidad? La respuesta se cae de su peso. Ninguna.

Desde el surgimiento de todos esos movimientos revolucionarios, sólo ha habido una constante: la lucha por el poder y por el control de la riqueza. Y el patrón siempre ha sido el mismo: el evitar que los pueblos se autodeterminen, que decidan por sí mismos qué tipo de cultura deben seguir, o que tipo de religión quieren abrazar o, el más importante de todos, qué tipo de gobierno quieren adoptar.

Porque para quién es una duda que Napoléon no salió a europeizar por la fuerza a los mamelucos musulmanes, sino a saquear sus exóticas riquezas. Cosa que intentó después con Rusia, estrellándose con Pedro El Grande, quien lo regresó a Francia abyecto y muerto de frío, listo para su destitución.

Y como castillo de naipes, ingleses, holandeses, belgas y alemanes se lanzaron en maratón a conquistar, a cual más, todo el cono africano, exhibiendo sus ínfulas de superioridad racial y cultural, que más parecían haber salido «de caza», que de conquista, que en últimas fue lo mismo, porque lo que hicieron fue llegar a matar negros a diestra y a siniestra, y a saquear sus diamantes, y a destrozar su cultura. Y ahora, que pasados doscientos años sus conquistados les hieden, se rasgan las vestiduras haciendo que fundan todo tipo de organizaciones multinacionales en procura de buscar «fórmulas» para combatir el hambre y la pobreza que ellos mismos crearon. De la misma manera como les hieden a los americanos sus negros «importados», los cuales, ahora emancipados, poco a poco se van haciendo sentir como sociedad, frente a sus antiguos esclavistas que no encuentran la fórmula de deshacerse de ellos, porque frente a la desigualdad, la ausencia de libertad y el fracturamiento social, cualquier democracia periclita y se convierte en foco de violencia y de inestabilidad.

Todo ese sueño de libertad, igualdad y fraternidad sucumbió ante la codicia, hoy disfrazada de democracia. Nuevo nombre que sustituyó a esos tres sagrados principios con los que se hundió una monarquía para dar paso a una dictadura gobernada por el dinero y el poder, mismo que atropelló Napoleón; y luego la Gran Bretaña apoderándose de la India y del sur de África; y luego Hitler apoderándose de toda Europa; y posteriormente los vencedores de la guerra sobre todo el Medio Oriente; y ahora último, las coaliciones globalistas para apoderarse de todo el planeta, usando a la democracia como medio publicitario para imponer la dictadura de una nueva monarquía llamada «globalismo», basada en el control de la humanidad a través de la tecnología como punta de lanza para hacerse al control total de una humanidad que, indefectiblemente, camina a pasos agigantados hacia el «ancienne régime» o hacia las «Doce Colonias » en donde empezó todo ese falso sueño de libertad, igualdad y fraternidad que jamás pudo acariciar el hombre, por más que le hubieran vendido ese mágico sueño del capitalismo, traducido en libre mercado y en libre competencia, respaldados por la democracia, cuando lo cierto es que nunca han permitido que los pueblos se autodeterminen, porque no hay que perder de vista que «todas las revoluciones han sido burguesas» y nunca iniciadas por el vulgo, como lo expresara Eric Hobsbawm.

Siempre el pueblo ha sido rescatado de unas garras, para ser lanzado a otras.

Me pregunto entonces ¿Dónde quedó esa libertad, esa igualdad y esa fraternidad con la que justificaron el aguillotinamiento de Luis XVI, y el exterminio de todos los Pieles Rojas americanos, y las masacres y el desarraigo de todo un continente negro, y la desnaturalización y desarraigo de todo el pueblo de Mahoma, y el envío a la pobreza de todo un continente amerindio? En nada, porque polvo eres y en polvo te convertirás. Porque en este momento de la historia da igual aguantar hambre bajo la égida de Luis XVI, o de Fernando VII, o de Napoléon, o de Hitler, o de Xi Jinping, o de Putin, o de Biden, o del Estado Profundo, o de la ONU, o del Fondo Monetario internacional, o del Foro Económico Mundial, o de cualquier «mesías» de esos que pretenda indicarnos constantemente cómo debemos autodeterminarnos, porque hambre es hambre, y esclavitud es esclavitud, no importa de dónde provengan.

Y es por ello que la libertad, la igualdad y la fraternidad sólo alcanzarán el grado de «sublimes», no cuando se viva en democracia o en cristianismo o en capitalismo, sino cuando los pueblos genuinamente puedan «autodeterminarse».

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