LA CASA ENCENDIDA

Publicado el Marco Antonio Valencia

IDENTIDAD EN POPAYÁN 2

Yosemite Valley, Agosto 26 de 2013.

Apreciado Alvarito,

Con susto, más que con atención, debo confesar, he leído tu columna de hace unos días en la que despotricas contras los “advenedizos”, que en buen patojo (es decir en el lenguaje que en Popayán usan aquellos a quienes si “les pesa la cobarde envidia” y quienes más fácil que ninguno encuentran la “paja en el ojo ajeno”) es el término despectivo usado para con los inmigrantes venidos a Popayán. Primero, mi buen amigo, debo recalcar que me asusta no solamente el tono que usas (y me asusta más el usado por tu amigo poeta de carné -sin librea ni corbatín- y columnista, “cuyo nombre no quiero recordar”, pues aunque ex-popayanejo “yo mesmo” tuve la fortuna de NO conocer) para con muchos de los acusados del nuevo cargo de hacerle daño a la ciudad (si es que dicho cargo existe). Bien, te digo que me asusta porque la historia mundial reciente nos ha enseñado que esas cosas no se dicen ya en el mundo moderno porque en esta “pelota” tan intercomunicada y “globalizada” (palabreja que de seguro Borges habría vedado) no podemos andarnos acusando los unos a los otros del cargo del cual acusas a tus mentados forasteros. Déjame bien recordarte, también, que dichas acusaciones en otros lugares del planeta, supuestamente más desarrollados que los alrededores de la tierra del pipián, han causado muertes y hasta guerras. ¿Acaso no recuerdas la historia de un fascista de bigotico que en Alemania en 1936 le dio por acusar a los judíos de hacerle daño al país? ¿Tampoco te acuerdas que creciste creyendo que había un país llamado Yugoslavia y que, cuando ya entraste a tus años maduros, ¡zás¡ que se desintegró luego de una guerra en que los unos y los otros se acusaron del cargo del cual ahora tú acusas a tus vecinos? ¿No viste en las noticias que por esos días de 1994-96, (cuando dichas noticias ya pululaban en Popayán gracias a una antena pirata que nuestro amado alcalde instaló en el cerro de las tres cruces no solamente para robar señal de los productores de televisión privados internacionales, sino para instruir a la mesnada local del futuro que se avecinaba) que las pantallas de televisión pirateada mostraban el bombardeo que el presidente Clinton ordenó para parar la matazón de serbios, kosovares y montenegrinos? Bien, querido amigo, espero que este recuerdo sirva para olvidar dichas acusaciones contra las gentes que por una u otra razón han llegado a Popayán a compartir su vida y a enriquecerla y para no asustarte más y recordarte otras historias como las de Tutus y Tutsis en Ruanda, donde los unos acusaban a los otros de hacerle daño a la patria, o de Chechenes y Rusos quienes a pesar de compartir la misma patria se siguen matando a raíz de acusaciones similares de su dirigencia.

Segundo, quiero también recordarte que en mi trajinar no he visto la primera ciudad desarrollada donde los locales se quejen de los forasteros. Es más, en vez de queja, las grandes urbes, esas  que Popayán y sus dirigentes, entre los que te cuento, admiran y mal copian , se han dedicado a atraer y consentir a quienes por una u otra razón allí llegan a vivir. ¿Acaso tampoco has visto por televisión el colorido del carnaval de Londres donde la ciudad enaltece los valores de sus inmigrados, o la organización sofisticada de los desfiles puertorriqueño, dominicano, de Colón y de San Patricio en Nueva York? Pues bien, amigo, todos estos no son más que actos de admiración y consentimiento, palmaditas en el hombro, de Londres y Nueva York para con sus inmigrantes. Son las dos ciudades más urbanas y ricas del planeta mostrando su orgullo y acogimiento con aquellos quienes han venido a vivir bajos sus techos y a mostrarse, dignos y seguros, en sus calles.

Para no seguir mi retahíla, no quiero hablarte mucho de los ejemplos cercanos. ¿te imaginas la dirigencia de Cali quejándose de que “los forasteros” dañan la identidad de la ciudad?, o ¿qué tal Bogotá? Es cierto que se oyen corrillos de grupúsculos en esas ciudades pero ese no es el problema. El problema aparece cuando el sentimiento que tú expresas, y el del poeta de carné que citas, se convierten en política pública. Entonces sí se crea una política sectárea cuyo objetivo es la protección de unos y el acoso de otros; en palabras de Santo Tomás, la peor de la políticas.

Tercero, Como andaría yo errado si solamente quisiera decirte que no debes acusar a los forasteros de hacer el mal en Popayán porque sí, o porque los pueblos desarrollados no hacen semejante cosa, también quiero mostrarte que la desgracia de nuestra ciudad no viene sólo de quienes han llegado allí recientemente. Con ello quiero decir que el sino de la Popayán actual viene marcado de largo atrás por acciones de los mismos popayanejos. Por ejemplo, el primer desbarajuste que a vuelo de pájaro encuentro, no en Google sino en los libracos de Popayán y su ya vieja historia, está en la biografía que don Diego Castrillón hiciera del general Mosquera. Sin mayor intención don Diego devela allí las cartas que el general, cual lameculos de grito mayor, escribiera a la duquesa de Alba de entonces mendigándole cual pordiosero que le reconociera parentesco que jamás tuvo (quiera dios, ahora, que no manden a quemar el libro del buen don Diego). Como ya imaginarás, ni que duquesa, ni que respuesta , ni nada pues el buen general no tenía pito ni título de donde cortar. Te preguntarás ¿por qué creo que este hidalgo popayanejo le hacía mal a la ciudad con sus delirios y zalamería?. Pues bien, querido Álvaro, yo, tú amigo, sí acuso al afeminado chiquitín, de sembrar entre popayanejos el delirio enfermizo de creerse los meados, el“cuncho”, de generaciones prósperas anteriores. Fue así entonces que un Popayanejo como el general (coconuqueño, a lo mejor), próspero hombre de negocios y político, sembró en la mesnada el afán por los pergaminos, la genealogía barata y la idea castigada por el liberalismo moderno de entonces: que las capacidades humanas vienen por sangre. ¿Te imaginás, Alvarito, este chiquitín generalín, dizque liberal radical, queriendo justificar sus triunfos gracias a los genes por él imaginados? Pues bien, con actos como ese, este infame popayanejo dejó jodida a una sociedad (que por entonces se contaba escasamente en los miles, muchos de los cuales eran y son sus descendientes), que sigue viviendo la misma vena de pensamiento; una gendarmería pacata quien, a pesar del triunfo del liberalismo inglés (Stuart-Mill) y americano (James), siguen viviendo como hace dos siglos, con la idea de que fuimos mejores antes-de-ayer y que somos el “cuncho”, el trago que nadie quiere beber, de generaciones de héroes y santos.

Otro ejemplo, ya más medible (“tocable” diría nuestro amigo Omar Lasso) y vivido por tú y yo y no por la generación post-terremoto, fueron los dos meses que de seguro tu familia y la mía se mamaron en 1974 cuando por más de sesenta noches un glorioso popayanejo, también pretendido de descendencias y pergaminos como los del gran general, le dio por meterle dinamita a la estación del ferrocarril. Que no me vengan ahora a decir que fue que los genes paisas, si es que los hubo, se le subieron a la testa del entonces popayanejo gobernador. Nada, lo que allí pasó fue la conclusión de largas discusiones políticas y manzanillas, todas bañadas por ignorancia y por el hambre de los contratos de demolición, la malicia para el robo de maquinarias y el acero de los rieles y el comportamiento mafioso y pacato de los vendedores de buses y camiones y el de los transportadores de entonces quienes juntos actuaron de la mano de nuestro egregio gobernador popayanejo para, a punta de trinitrotolueno nocturno, acabar con lo que nos regaló la platica pagada por Panamá. ¿Sabes, Alvarito? Mi padre, a quien conoces, me llevó de niño a varias de esas aguerridas discusiones (que ya en el concejo, que ya en Villa Marista, que ya en la gobernación) y lo que más recuerdo oír decir a nuestros descerebrados lideres y amigos fue que las ciudades grandes estaban echando a los trenes.

Mirá Alvarito, como dicen “si es que pa’ que te cuento”, y después de allí no pasaron cinco años cuando otros popayanejos, muy caballerosos y cuidadores del santo sepulcro todos, le madrugaron a Mr. Maddoff y a su copietas de la pirámide DMG y tal cual “adelantados” quebraron el banco del Estado, que por entonces se suponía era patrimonio de los caucanos, con el mismo cuento de la crisis económica. Si, claro, crisis para los desfalcados y para los contribuyentes que con sus impuestos cubrieron el desfalco pero no para el insigne popayanejo, presidente de la junta directiva del banco, quien terminó exiliado en Panamá, como la conejita del presidente Uribe, aduciendo que había sufrido una revelación espiritual por la cual perdió noción de las cuentas y por la cual era perseguido por la justicia Colombiana. ¿Te imaginás, Alvarito semejante cosa? Si es que hasta suena a fantasía, y no de esas del realismo mágico que es cosa de gentes tropicales y no de nosotros los “civilizados de los Andes”.

Ay Alvarito, ahora que ya nos vamos acercando no a Pénjamo sino al 83, déjame recordarte de otro de los principales pecados cometidos por nuestros paisanos popayanejos contra nuestra muy celada ciudad. No se si te acuerdas, pero yo sí, que por 1982 se puso de moda la idea que Popayán sería patrimonio de la humanidad, tal como La Habana, Cartagena, Quito y otras grandes ciudades latinoamericanas. Pues bien, a pesar de los buenos servicios de don Belisario Betancur y de todos nuestros godos rezanderos, la cosa no fue posible. No porque hubiese venido el terremoto de 1983 y hubiese destruido la joya colonial del sur colombiano, no, sino porque una vez pasado el terremoto a don Belisario le dio por poner en el gobierno, a dedo como se hacía en esos buenos tiempos, a nuestro egregio académico, el mismo que escribió sobre el general, y fue éste, quizás sin darse cuenta porque honesto sí era, quien en su afán de reconstruir la ciudad dejó a nuestros gloriosos ingenieros popayanejos (quienes jamás en su vida habían vivido de construir casas mas si de repartirse los presupuestos de los caminos caucanos, muchos de los cuales aparecían únicamente en los mapas), que se encargaran de la reconstrucción de las casas coloniales de Popayán. ¡Desgracia pintada! Pues nuestros prohombres de la escuela de ingeniería, todos con postgrado de instituto de vías y varios con certificados del instituto mejicano de vías, se les iluminó la lamparita y, de veras, que hicieron lo que mejor sabían hacer: usar la calculadora. Así, con aprobación de nuestra ignorante ciudad o no, reemplazaron todos los muros de tierra pisada y hasta las madrigueras de los ratones, con muros huecos de ladrillo y concreto. Claro, la calculadora funcionó tan bien que muchos aun hoy viven del regalito dejado por el terremoto. En cambio, a Popayán lo que le quedó fue el fantasma de un centro histórico representado en un conjunto de fachadas blancas y huecas a la mejor usanza de los estudios cinematográficos de la Universal o de la Metro en Hollywood. Debo añadir que además de los muros vacíos, las casas también quedaron vacías y dedicadas a albergar ya no familias, sino la burocracia glotona que creció día a día hasta hacer intransitable el centro de la ciudad. No sobra recordar que, como resultado de semejante esperpento, la UNESCO decidió que Popayán no merecía ser patrimonio de la humanidad pues la riqueza histórica real había sido destruida por el terremoto y transformada en una serie de edificios replicados sin ninguna originalidad y en los que ya no existían restos de la sociedad vibrante que viviera allí hasta marzo de 1983.

Cuarto, Alvarito, como no quiero cansarte más con mis ejemplos de cuantos males los popayanejos le hemos hecho a la ciudad y sí más bien convencerte que los que tú llamas forasteros le han traído cierta fortuna a la ciudad, déjame también darte ejemplos de aquello. Como estábamos hablando del terremoto y de la destrucción que este causó, te hablaré ahora de la reconstrucción subsiguiente. Que yo recuerde, si pasas por el monumento número uno de Popayán, la Torre del Reloj, verás que en una de sus paredes hay una placa que agradece a la junta directiva de los cultivadores de caña del Valle por el dinero dado para la reconstrucción de la misma. Que yo recuerde, esos forasteros no son paisanos nuestros. También, si mal no recuerdas, el Archivo Histórico de la Universidad, del cual tanto se enorgullecen los popayanejos, también tiene una plaquita en su fachada, si es que no la han quitado, en la que se agradece al costeño más rico del mundo por su contribución a la reconstrucción del archivo. Si a Méjico, perdón, a Cauca vienes, también verás que en la capilla del Alto de Cauca hay una placa agradeciendo a la Agencia de Cooperación Española por la reconstrucción del templo. Ojalá no me vengan ahora a decir que todos los popayanejos somos españoles y que por eso mis paisanos se pelearon no sólo la entrada al templo el día que el príncipe mojigato de don Felipe vino a recordarles que sus forasteros paisanos habían pagado por la obra. Claro, a lo mejor dirás que estas son obras grandes y que allí fue el empuje del gobierno caucano el que las “logró”. Pues bien aquí te van unas chispas de cosas pequeñas y a veces no tan pequeñas que dirigentes como tú olvidan. Acuérdate que en una ciudad que se dice letrada, la única librería decente por mas de 20 años fue la de nuestro amigo Omar Lasso a quien, de seguro, se acusa de ser forastero. Eso para no hablar de las dos o tres librerías anteriores que, a pesar del alto intelecto popayanejo, eran de forasteros. Climent que yo recuerde no era popayanejo, ni tampoco el dueño de El Zancudo. El centro comercial más grande de la ciudad es obra de gentes que vinieron a Popayán no hace más de una generación. Y más cercano a ti: El padre de tu exjefe gobernador y fundador del festival gastronómico que adulas tampoco era Popayanejo y, menos, su actual escudero el académico cocinero quien sienta cátedra sobre las delicias de nuestro chanchullo y ternero nonato. Nuestro rector actual y amigo nuestro, como de todo el mundo,  quien venturoso ha prometido a nuestros indígenas hacerlos expertos en nuestras leyes y derechos, tampoco vio sus primeras luces bajo el cielo, muy roto a veces, de Popayán.  Esto hablando de las gentes honestas que venidas a Popayán han beneficiado a la ciudad. Pero, como en la viña del señor, también ha habido unos menos honestos que con su dinero han comprado casas, tiendas de esquina y hasta conciencias en Popayán, todo para que la economía local se mantenga, como por milagro y no de la mano de dios sino de las bonanzas ilícitas, gracias a esas almas ya venidas del sur, de Cali, del Caquetá, del Putumayo y demás.

Como verás, Alvarito, creo que en vez de andar azuzando huestes contra los recién llegados a Popayán, es mejor armar ejércitos de apoyo y admiración para con aquellos quienes enriquecen la ciudad.

Con aprecio,

Jorge

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Por Jorge Arboleda

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