J’accuse!

Publicado el j'accuse

El exclusivo lenguaje inclusivo

Todo parecía una polémica superficial hasta que la candidata a la vicepresidencia por el Pacto Histórico, la doctora Francia Márquez, empezó a justificar el uso de las palabras que desataron la cuestión. En aquel momento, al menos para mí, surgió una preocupación que nos es menor. Creo que el paso en falso que desnuda el problema central no responde al uso de los vocablos “mayores” y “mayoras” –sea correcto o no–; el problema está en pretender que el denominado lenguaje inclusivo sea correcto. Sin duda alguna no lo es. Y es que no lo puede ser, porque su objetivo precisamente es el de traer a la luz fenómenos no reconocidos por nuestro idioma, y en consecuencia hoy vistos como incorrectos. ¿Cómo argumentar que las palabras nosotres, hijes, elles o portavoza sean correctas?

La candidata se defendió de la mofa mediática argumentando que la palabra mayoras existía en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, y que, por lo tanto, era correcta. Personalmente, tengo serias dudas de que esa palabra sea usada corrientemente en aquella magnífica región de nuestro país, y, si es cierto, la misma señora Márquez debería informar a la Real Academia de la Lengua Española del uso corriente que se le da en esa parte del planeta, pues el diccionario la cataloga como en desuso, y sobre todo su acepción es “Mujer del mayor”. Y de ese posesivo “del mayor”, como dirían no pocas personas, se desprende cierto tufo de patriarcado. Según la aspirante a la vicepresidencia, la palabra mayoras significa “mujeres sabias, que tienen autoridad ética y moral para guiar el rumbo de nuestros pueblos”. En ese caso, sería todavía más importante que informara a la academia. Sin embargo, sigue sin convencerme cuando reivindica una palabra tan claramente española como propia de las comunidades afro del Pacífico y, sobre todo, cuando asegura que con su uso está rompiendo con el lenguaje correcto heredado de la colonia. No le encuentro raíz africana –y sí muy latina– a la palabra “mayora”, pero no soy ni lingüista ni filólogo para entrar en ese berenjenal etimológico.

No obstante, sigo creyendo que la polémica no puede reducirse a ello, y el argumento de la candidata fue un paso en falso que nos deja claramente entrever una problemática seria –y esta sí– que nos atañe a toda la ciudadanía colombiana.

Me cuesta creer que el monopolio de las libertades y de los derechos sociales se los esté adjudicando un partido político por el simple uso del lenguaje inclusivo. Creo que el uso de ese lenguaje en su partido solo responde a cálculos políticos, por no decir politiqueros. De forma análoga lo han hecho algunos personajes políticos afines al Pacto Histórico. Evo Morales se llenaba la boca de libertades, mientras definía la homosexualidad como una enfermedad, y, óigase bien, una enfermedad causada por el consumo de Coca-Cola. Lo hacía también Chávez y lo hace Maduro, que, para denigrar a su adversario político, decía que éste era homosexual –óigase bien, como si esto fuera algún tipo de mancilla–. Sin mencionar los vulgares adjetivos que injustamente adjudicaba Chávez a las mujeres: recuérdese solo como llegó a llamar a Angela Merkel. Yo me pregunto, ¿cómo concilia el Pacto Histórico el abanderarse de esas legítimas luchas sociales con una alianza con las iglesias cristianas del país? ¿A qué acuerdo se puede llegar con esas iglesias en la construcción de una política que abra libremente el debate sobre las minorías que ese partido dice tanto defender?

No me parece una coincidencia que en el proyecto de gobierno del Pacto Histórico esté la creación de un Ministerio de Igualdad ni que la campaña de Gustavo Petro para la diáspora colombiana haya iniciado de la mano del partido español Unidas-Podemos, formación que surgió en el seno del chavismo venezolano y que hoy dirige el Ministerio de Igualdad en la persona de la autodenominada portavoza del partido, que, por cierto, también es compañera sentimental de uno de sus fundadores. El Ministerio de Igualdad del Reino de España y sus círculos cercanos han llegado a insinuar la eliminación de algunas palabras por considerarlas machistas. Óigase bien, eliminar palabras del diccionario. La Real Academia es simplemente un notario que está constantemente monitoreando la evolución de nuestro idioma, que, como sabemos, es inmenso y extremadamente variado. Las palabras desaparecen del diccionario cuando entran en desuso, es decir, salen del diccionario corriente porque durante siglos no hay registro de ellas. ¿No les parece más democrático este sistema?

Creo que la polémica generada por el uso apropiado o inapropiado de la palabra “mayora” deja al desnudo la aterradora debilidad de nuestra clase política, que en vez dignificar el cargo al que aspiran –hablando finalmente de una política lingüística nacional que valorice la riqueza cultural de las lenguas indígenas y africanas que a cada día languidecen en nuestro país–, se inmiscuye en polémicas absurdas sobre lo correcto que puede ser darle una declinación femenina a un libro, o acompañar los millones con la millonas. Una candidata a la vicepresidencia que dignifica esa aspiración hubiera aprovechado esa polémica superficial para finalmente comunicarle al electorado un diseño político que por fin reconozca y valorice nuestra riqueza cultural. Honrando al cargo aspirado, se hubiera planteado una serie de peticiones y de reformas para que la Real Academia se interese también por esas lenguas que en nuestro país se extinguen diariamente en silencio y ante la indiferencia del conjunto de la ciudadanía. Me hubiera gustado escuchar la partida presupuestaria que la candidata desearía destinar a dicha cuestión, así como a las políticas de inclusión. Quisiera haber escuchado un plan concreto para reducir las diferencias salariales de género, y no si los nadie se equiparan con las nadia.

Comentarios