J’accuse!

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Del ratón de Putin y la buena voluntad de Petro

Durante mi infancia, recuerdo que disfrutaba intensamente del momento en que mi padre me leía las Fábulas de Esopo. Con los años, entendí que esas fábulas que entretuvieron mi niñez componían un atlas exhaustivo de lo miserable que nuestra especie puede llegar a ser. A través de dichos relatos, muchas veces he logrado mesurar internamente la imbecilidad del racismo, la avaricia, la arrogancia, el ego, la ignorancia. Muchas veces, cuando encuentro una analogía entre un evento contemporáneo y un texto del fabulista de la antigüedad, pruebo cierto estupor. Es sorprendente que tantas cosas hayan cambiado en los más de dos milenios que nos separan del gran fabulista y que, a pesar de todo (este todo incluye las democracias modernas, los derechos humanos, los avances tecnológicos), parece que la esencia humana sigue siendo tan ruin que merece ser escenificada por otras especies del reino, más nobles y llenas de gracia.

En el intento legítimo de tratar de entender la sangrienta invasión rusa, los medios de comunicación se rindieron a encontrar una explicación del orden político o geopolítico. A veces, parece una operación suicida por parte de los rusos; a veces, una operación de distracción. Lo cierto es que la confusión ha reinado en este conflicto, y, en este desorden, han jugado un papel fundamental la propaganda rusa y sus simpatizantes. No en vano se suele decir que la primera víctima en una guerra es la verdad. Lo cierto es que, desde el inicio de la bárbara invasión rusa (que, por cierto, Gustavo Petro se ensaña en tergiversar no llamándola por su nombre), un episodio de la infancia de Vladímir Putin ha sido ampliamente discutido en diversos medios de comunicación. En dicho episodio, que habría sido capital para la formación del carácter del mandatario ruso, un noble ratón entra en escena.

Parece ser que en la triste Unión Soviética de la infancia de Vladímir Putin un juego común entre los niños era cazar ratones en los patios sucios de los inmensos y abandonados edificios del degradado imperio comunista. Ahí, en esas moles inmensas de arquitectura soviética, las familias compartían baños y cocinas, y, muchas veces, incluso las mismas habitaciones. Según la anécdota de Putin, los ratones estaban por todas partes, infestaban todos los edificios de las oprimidas clases esclavizadas por el régimen comunista. Esto tenía básicamente ocupados a todos los niños. Parece ser que el niño Putin era bastante bueno en eliminar ratones. Según él, habría entendido desde muy joven que nunca hay que arrinconar a un ratón, ya que este puede tratar de defenderse. En el intento de liberarse de las garras del niño Putin, una de sus tantas víctimas habría atacado legítimamente, lanzándose a la cara del victimario. El ratón logró escapar. Este hecho le habría esculpido el carácter al hoy presidente de la Federación Rusa.

Putin no entendió el hecho como una reacción legítima. No. Mucho menos sintió un mínimo de compasión por otro ser vivo. Creo que la moraleja que se desprende de este hecho, que el propio Putin logró sintetizar en pocas palabras, ha constituido la filosofía por la cual se rige toda la vida del mandatario ruso:

Nunca arrinconar a un enemigo: pegar de primero, pegar duro y pegar para hacer mucho daño.

 Esta miseria humana, que ilustra claramente la invasión que todavía hoy lleva a cabo Putin en Ucrania, me hizo pensar en la fábula del Lobo y el cordero en el río:

Un lobo que vio a un cordero en un río quiso comérselo con un pretexto verosímil. Por eso, aunque estaba río arriba, le acusó de revolver el agua y no dejarle beber. El cordero contestó que estaba bebiendo con la punta de los labios y que, además, era imposible que él, que estaba más abajo, agitara el agua río arriba. El lobo, como fracasó con su acusación, dijo: «Pero el año pasado tú insultaste a mi padre». El cordero replicó que hace un año aún no había nacido. El lobo entonces le dijo: «Pues aunque te salgan bien tus justificaciones no voy a dejar de comerte».

     ——————–La fábula muestra que para los que tienen el propósito de hacer daño no vale ningún argumento justo.—

Esta mañana, leyendo la prensa nacional me sorprendió ver un tuit de BluRadio. El texto afirmaba que Gustavo Petro habría admitido la infiltración deliberada de simpatizantes suyos en las demás campañas. Según él –y esto es realmente aterrador– para “detectar la compra de votos y denunciarlo así ante las autoridades”. Muchos políticos en democracias más maduras que la nuestra han tenido que renunciar a sus aspiraciones y a sus posiciones políticas por mucho menos. Es aterrador ver que, en su delirio, el candidato del Pacto Histórico no logre ver que está ya planteándonos un estado policial y que, por si fuera poco, lo encuentra natural. Si es eso lo que hace con sus adversarios políticos, ¿que podrá hacer con periodistas, opositores, ciudadanos de a pie? Si se atreve a tanto en campaña, ¿a cuánto no se atreverá en las tantísimas reformas de Estado que ha prometido en campaña? ¿Y cómo le sentaría si descubriera que un adversario político se hubiera infiltrado en su campaña?

En este caso, creo que la fábula del Lobo y el cordero en el río también retrata algunos trazos de la complejidad psíquica de Petro. Ante el propósito de llegar al poder, no vale ningún argumento justo. Sea por lucha armada, sea como comunista radical, como socialista liberal, como apasionado de toros o animalista, sea como sea, lo importante es llegar al poder.  ¿No habrá detrás de tanta “buena fe” un componente de autoritarismo? ¿Queremos realmente darle la presidencia para descubrir de forma colectiva cuáles son las verdaderas intenciones de este candidato?

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