Imperio del Cáncer

Publicado el Julia Londoño

Yo no soy Cruela de Vil pero quítenme a ese perro de encima

GASPARVoy a decir algo que a algunos les parecerá de mal gusto. Estoy acostumbrada.

A mí no me gustan los animales. No especialmente. Mejor dicho, no me gustan ni un poquito y nunca me han gustado.

 

Me he peleado con amigos cercanos al confesar, con la mano en el corazón, que las corridas de toros me parecen espectáculos artísticos a pesar de la crueldad con la que se trata a los toros.

 

Los perros callejeros me sensibilizan tanto como a Fernando Vallejo su mamá. Lo que le pasó a la lechuza del Junior en Barranquilla me parece muy feo pero no me desvela. Me parece mucho más preocupante que al jugador lo hayan amenazado de muerte tras el incidente.

 

No quiero sonar como Cruela de Vil, la villana de la película de Disney, pero en verdad mi amor por los animales no existe. Es nulo. Y no creo que esté relacionado con ningún trauma infantil, en mi casa no me pegaban, ningún vecino envenenó a mi perrita, simplemente no me gustan. Y a pesar de eso no me considero una mala persona, aunque habría que ver si alguien se define a sí mismo como mala persona; uno siempre justifica sus actos porque para eso es la idiosincrasia.

 

Me da risa cuando digo que no me gustan los animales y la gente trata de buscar explicaciones para una cosa tan penosa, como si fuera increíble imaginar que a alguien no le gusten las mascotas, los pelos que vienen con ellas, los malos olores, la cochinada a la orden del día. Pero aunque  cualquiera de esas razones me parece una justificación válida para no quererlos, no es por eso que no me gustan. Como decía, no me gustan porque no y punto.

 

Incluso me pregunto con frecuencia si no hay algo mal en las personas que viven obsesionadas por defender a las especies en vía de extinción en un mundo en el que las masacres y genocidios protagonizan las primeras páginas de los diarios.

 

Quiero mucho a Luis Carlos, el amigo que hace documentales sobre cóndores, osos de anteojos y tapires de montaña, es un tipo interesante, pero no creo ni por un momento que su amor por los animales lo haga mejor persona, sólo lo hace más exótico, más sexy, dirían algunas. Y cosa curiosa, a él parece que le gustan más los animales que las personas.

 

¿Por qué dedicarle la vida a salvar a los tucanes, las ballenas y los tiburones? Sé que son importantes para el planeta, puedo tener una mirada sistémica del tema y ver cómo el fin de una especie se relaciona con la supervivencia de otras, y lo entiendo, incluso me parece bien que a alguien le importen los tapires pero no será a mí. A  mí lo que me parece natural es que lo primero sea siempre la gente. Lo demás me importa porque afecta a la gente.

 

Puede sonar insensible, no me va a dar prestigio ni me va a traer amigos confesar que no me gustan los animales, incluso todo lo contrario, la confesión genera desconfianza, antipatía. Alguna vez me gustó un amante furibundo de los perros y aún recuerdo su cara cuando le solté la perla de las matapasiones: no me gustan los perros. Fin de una historia que aún no había empezado.

 

Ni siquiera me gustan los conocidos, los perros de mis amigos con quienes he compartido por años paseos, horas de viaje en carro, fiestas de cumpleaños. Platón, el West Highland White Terrier de Gaviria, me parece un latoso y un pretencioso, como su raza lo anuncia. Alko, el Airedale Terrier de los hermanos Izquierdo, se echa los pedos más feos del mundo, me consta. Gaspar, el Scottish Terrier de María se me hace un bobazo. Dolfi, el hijo favorito de mi tía, es tan ridículo como su nombre de pila. O más. A ellos tuve que preguntarles la raza de sus perros porque yo no distingo a un Boxer de un Puig y me sorprende que la gente se tome la tarea de aprenderse nombres tan rimbombantes. Al final perro es perro y para mí no hay más que esa raza universal.

 

Ya estoy pensando lo que me van a decir María y Germán, pero a todos mis amigos les he repetido que los quiero a pesar de su mal gusto.

 

Me pregunto si alguien sabe ¿Por qué razón la gente jura que el único perro que no huele feo es el suyo? Malas noticias, todos huelen horrible. La gente cree que su gato es aseado, mentiras, pocas cosas tan malolientes y tóxicas como el pipi de gato. ¿Los hamsters, los peces, los pajaritos? Un encarte, piden todo a cambio de nada.

 

Nunca he entendido porque las personas le dedican tanta energía a amar incondicionalmente a un animal que seguro ni se da cuenta de los sacrificios que se hacen por él.

 

Los animales domésticos, al contrario de las personas, no me generan curiosidad. Me parece que no ofrecen gratificaciones tangibles pero en cambio lo necesitan todo. Las mascotas no aportan ideas interesantes para resolver problemas prácticos, excepto quizás el caso de la soledad.

 

Que no aporten ideas es cosa cuestionable para cualquier amante de su mascota que se respete, todos creen que su perro es el más inteligente.

 

Mi prima juraba que su French Poodle, Candy, solidaria y astuta, intentaba por todos los medios abrirle la puerta del cuarto una vez que se le quedó cerrada  y en un acto de desesperación ella decidió meterla por la ventana, al estilo de Lassie. Supongo que hay excepciones extraordinarias, perros sumamente útiles al hombre como los que guían a sus amos ciegos y otros casos especiales  que no aplican para las mascotas estándar.

 

Aclaro que no es que me parezcan horribles ni detestables todas las mascotas, tampoco tengo pesadillas con patas que me persiguen y no promuevo el odio a los perros sino que no he encontrado todavía razones para tener uno. Jamás se me ocurriría entrar a una tienda de mascotas, la comida de perro me huele inmundo, me muero de la ira cuando veo un bollo en el parque. Tengo los peores recuerdos de lo que representa limpiar una pecera.

 

A mí no me hace falta que me ladren cuando llego a casa de noche, no me siento más acompañada con una bola peluda al lado, no me enternece que me laman ni que me batan la cola.

 

Antes de que me caigan los fans de PETA o la WWF, anoto que no tengo pieles de zorro en mi closet y que si alguna vez usé alguna, era prestada. Nunca agarraría a patadas a un animal por placer, nunca he agredido a consciencia a un animal.  Bueno, no en la vida adulta, cuando era niña aprovechaba los días lluviosos para echarle sal a las babosas que salían de los jardines y se instalaban en el paradero del bus, y lo hacía sólo por el placer de verlas disolverse y convertirse en espuma. Es una imagen casi poética que todavía me emociona. Pero todos sabemos que los niños pueden ser crueles.

Comentarios