Imperio del Cáncer

Publicado el Julia Londoño

Sobre los relacionistas públicos

LinaNo voy a patear la lonchera, o no exactamente. Soy relacionista pública y me gusta mucho mi trabajo, pero siento que a lo largo de mi carrera he construido y reconstruido algunas ideas sobre el perfil de los relacionistas públicos que quisiera compartir.

 Cuando comencé a trabajar en una agencia de comunicaciones, en el 2005, recuerdo que tuve que enfrentarme a mis prejuicios de periodista graduada con honores: para mí los periodistas eran los comunicadores más inteligentes de la clase y los relacionistas públicos eran gente muy organizada y clasuda pero no particularmente brillante.

 No es que haya cambiado radicalmente mi mirada (aunque seguro reevalúe lo de clasudos) pero también he descubierto algunas virtudes propias del gremio además de las características más evidentes o clichés de los comunicadores organizacionales.

Cuando hablo con la gente de mi trabajo, con frecuencia me encuentro con la idea de que los relacionistas son –¿o debería decir somos?– un poco lagartos, ejecutivos vestidos más o menos cursi (la mayoría son mujeres, la mayoría anda de sastre apretado y tacones y con pelo peinado de salón) y con cierto aire de Flanders: un delirio de perfectirijillos, siempre rosados y sonrientes con sonrisas prefabricadas para enfrentar con altura los percances de último minuto de cualquier evento.

Pero bien pensado ser positivo es una virtud altamente estimada y creo que así debe ser, estoy pensando con mi mejor faceta de relacionista pública. Pienso que un buen comunicador organizacional hace una diferencia en su ambiente laboral gracias a su actitud de boy scout: siempre listos, siempre recursivos. Y probablemente será reconocido por su dominio de cualquier escenario, sobre todo del peor: los verás correr, los verás sudar, los verás cargar cajas pesadas sin perder el humor y la compostura. Los verás concentrarse en encontrar una solución para las situaciones más complicadas.

 ¿Cómo llega la gente a convertirse en foco de buena energía? Creo que una persona así probablemente creció entendiendo que al mal tiempo buena cara, asumiendo que la tranquilidad con la cual enfrenta las tensiones es decisiva para su equipo, que tal vez alguna vez fue su familia.

Entrenados en el arte de pedir y hacer favores (a algunos tal vez no cuesta decir no), dejar siempre bien parada a la empresa y ser la cara de una marca frente a diversos sectores sociales, los relacionistas más que tener mentes brillantes deben tener algo que me parece más importante: don de gentes, carisma. Deben ser de esa gente que le cae naturalmente bien a los demás.

Recuerdo estrepitosos casos de fracaso, de amigos inteligentísimos (debieron ser periodistas) que se dieron de frente con el mundo de las relaciones públicas. Se lo atribuyo sencillamente a eso, a una carencia de encanto que hacía que siempre parecieran estar en el lugar equivocado pese a ser profesionales supremamente preparados.

No quiero decir con ello que todos los relacionistas seamos encantadoras personas, de hecho el gremio no está exento de  hipócritas y de lo que algunos amigos califican como arpías: señoras insoportables, encopetadas y caprichosas -pero bien contactadas- que no tienen ni idea del día a día de un periodista pero predican que hay que tenerlos de su lado porque son un mal necesario; algo así como gente maluca bien ubicada. ¡A que todos conocemos al menos a una de esas! El diablo se viste de Prada.

Pero si soy sensata debo reconocer que del campo del PR (para los que no saben se lee Pi Arr, en inglés, como nos gusta a los que trabajamos en esto) heredé algunas de mis más grandes amigas. Si nos hubiéramos conocido en la universidad o en otros escenarios tal vez nunca nos habríamos acercado, pero hoy reconozco que además de ser solidarias y creativas son mujeres  inteligentes. Y que se ven divinamente, ala.

Son bonitas, como el cliché dice que las comunicadoras deben ser, pero son sobre todo gente que resuelve, propone, gente que no se queda sentada esperando a ver en qué puede ayudar. Son viejas que le meten toda su energía al trabajo ingrato de asumir la responsabilidad por cualquier detalle que salga mal pero que siempre se esfuerzan por hacer quedar bien al otro en público. Eso sí, en privado no se privan de ninguna flor: antes muertas que sencillas. Todas odiamos la falsa modestia.

Con la misma buena onda con la que son maestras de ceremonias y posan para fotos sociales, mis amigas comunicadoras sirven tintos, mandan a hacer regalos para los periodistas (que a veces pagan de sus bolsillos), ensobran 1200 cartas en media hora o llaman a rogar con voz de consentidas para que les den una manito (entiéndase una publicación) cuando se ven colgadas. Sin cruzar nunca la delgada línea que separa la súplica de la arrodillada, porque son dignas. Y porque han descubierto innumerables métodos para pedir con simpatía y que nada les sea negado.

Y a veces los periodistas les publican, puede ser porque los comunicados están bien hechos (aunque la buena redacción difícilmente se da en el gremio), porque las noticias o marcas que manejan son un hit o porque justo quedaba un huequito en la sección cuando llegó el comunicado. Pero otras veces simplemente es porque esa Lina es muy chistosa o porque esa Mafe es un verdadero encanto. Gente que uno quiere tener cerca. Viejas buena onda que llevan en sus carteras más sorpresas que Mary Poppins.

Juro que en los eventos suelen cargar consigo, además de maquillaje, grapadora, cinta pegante, repuestos de grapadora, bisturí, clips, cables, grabadora, cargadores, botellita de whiskey y hasta ropa extra.

Tengo varias hipótesis sobre por qué la mayoría son mujeres. La primera es precisamente para que carguen todo eso en sus carteras, en nuestros países latinoamericanos a las mujeres nos entrenan para servir. Acá dejo hablar a mi voz feminista: desde los 8 años la que le daba la bienvenida a la visita en las fiestas –en la casa de mis abuelos– era yo. Que si un cafecito, que si un postre con el cafecito, que si alguien quiere repetir. Y claro, terminaba mamada y comía de última, pero las señoras repetían amabilísimas: ¡Ay, esa Julia cómo es de educada, qué niña más buena! Y lo increíble es que yo me sentía feliz.

Otra hipótesis es que como la mayoría de gerentes de mercadeo son hombres (y no tengo las cifras para sustentar esto), prefieren rodearse de comunicadoras, mujeres con fama de organizadas y diligentes que energizan sus equipos de trabajo. Pero vaya uno a saber, son sólo cosas que para mí tienen sentido.

Hay otras cosas a las que aún no les he encontrado sentido, me sigo preguntando, cada vez más, ¿porqué los hombres más exitosos que he conocido en este campo son gays?

Sé de personas que creen que las relaciones públicas son más bien relaciones púbicas: creen que las ejecutivas deben ser mujeres para que seduzcan a clientes y/o periodistas. Y sé también de ejecutivas de cuenta que se dieron a la diligente tarea de conseguir marido así. Eso no es problema mío.

Sea como sea, el mío es un gremio esencialmente femenino, lleno de hormonas acaloradas, de competencia, de chismes, de pasión. Y también de frivolidad coctelera. Pero es una dicha oír a una relacionista pública defender frente a su cliente o su jefe a mis periodistas.  Que si siempre llegan tarde, que si dicen que van a publicar y finalmente no, que si van a los eventos sólo por los regalos, que si no hay trago no van a la fiesta,  son algunos prejuicios que oyen en las empresas frente a los periodistas.

Quién sino el de PR para saber que incluso si fuera verdad en algunos casos, al final del día el periodista es el gran aliado de cualquier marca y en muchos casos, es un amigo. Por eso le da pena no llegar al evento que organizas cuando ha confirmado su asistencia. Por eso a veces ocurre el milagro de que  publique una breve de un tema que no te interesa realmente ni a ti. Y por eso mismo a veces tiene la honestidad brutal de contestarte con un no firme pero dulce que se traduce en algo como ¡estás loca, ese tema si no te lo saca nadie, por más querida que seas y por más que hayamos estudiado juntos cinco años!

Siempre me hace sonreír esa relación seudo simbiótica en la cual la mayoría de las veces somos nosotras las que necesitamos a los periodistas (oportunamente en el gremio parece haber más hombres) y donde la mayoría de las veces ellos parecen encantados de que les pidamos favores. Algunas con más encanto que noticia, otras con más lambonería que gracia. Todas con la mejor actitud. Casi siempre es suficiente. Para qué necesitamos más inteligencia si casi nada nos está vedado y casi nada nos será negado.

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