Imperio del Cáncer

Publicado el Julia Londoño

¿Por qué corres?

SALIDA III

Yo corro para olvidarme un rato de que la vida es una mierda,  dijo.

 

Llevo meses preguntándole a la gente que corre por qué corre. He oído de todo, algunos dicen que corren porque les mejora el ánimo, otros porque les regula la energía, el sueño y la ida al baño, otros porque les despeja la mente, les ayuda a controlar las emociones negativas o el colesterol malo. Unos dicen que corren para sentirse poderosos, otros que para adelgazar, que para mantener el peso o para poder comer de las delicias prohibidas sin culpa. Algunos corren para ganar.

 

Pero la mujer joven que está a mi lado sonríe y dice simplemente eso, que ella corre para olvidarse un rato de que la vida es una mierda. Me cae bien ella, me gusta su mirada directa y segura, le creo. Me quedo pensando en cómo pedirle que amplíe su respuesta pero en la línea de partida de la Maratón de San Francisco, entre más de 30.000 mujeres sobreexcitadas, a punto de correr 21 ó 42 kilómetros, la mujer a mi lado ha dicho lo que ha querido y no quiere hablar más, sube las manos, aplaude y  grita suerte en la carrera mientras se aleja.

 

Su cola de caballo se pierde entre las trenzas y los moños rubios elevados, queda relevada entre las demás atletas y las señoras de camiseta morada que tienen estampada en la espalda la razón por la que corren: I run for Amy, I run for Alice,  I run for a cure, la foto de una cara impresa y una cinta pegada a la camiseta con el nombre del amigo,  la hija o el hermano que tiene leucemia. La lucha contra la leucemia es la causa social a la cual apoya esta carrera.

 

¿Y yo por qué corro? Empecé hace 3 años invitada por un mago en la organización de eventos deportivos que quería que revisáramos juntos cada detalle de la experiencia de un corredor, para usar esa información en la organización de las mejores carreras posibles. Fue exactamente hace 3 años, en octubre de 2010, y en esa ocasión escribí un blog sobre el descubrimiento del running con la intención de presionarme para no abandonarlo (https://blogs.elespectador.com/imperiodelcancer/2010/10/). No lo he abandonado.

 

Pronto entendí de qué hablaba la gente cuando mencionaba la adrenalina que se siente en la línea de salida de una carrera, la energía de miles de personas que van juntas hacia la misma dirección, atropellándose, pasándose, quedándose, dejando pasar, retomando la ruta . Entendí el orgullo íntimo  y la confianza propia que representan atravesar la meta y el placer enorme que se esconde detrás de la disciplina del sudor.

 

Podría decir que lo dejé varias veces en estos años, pero prefiero decir que siempre lo he retomado; si es verdad que han pasado meses en los cuales no he corrido, también es verdad que he empezado a correr de nuevo, cada vez, hasta llegar a esta conversación sobre la relación entre correr y olvidar la mierda que tuve hace una semana, con una extraña entre miles, justo antes de correr mi primera media maratón.

 

Hay algo que encuentro muy reconfortante de correr y tal vez la corredora que estaba a mi lado también: en el running la relación entre el esfuerzo dirigido y los resultados obtenidos es directamente proporcional. Es una ecuación sencilla: si entrenas mejoras, si corres y corres y corres y corres, mejoras y mejoras y mejoras y mejoras.  Y ya sabemos que la vida, en muchos terrenos, no es tan sencilla.

 

¿Han llegado a  la casa cansados después de un día largo en el cual a pesar de los esfuerzos las cosas salen bastante mal? ¿Han destinado empeño, tiempo y pasión a proyectos que no logran ver la luz ? ¿Han tenido la sensación de que hay situaciones bastantes injustas, tristes o dolorosas sobre las cuales tienen ningún o casi ningún control? ¿Se han sentido frustrados, impotentes, desolados?

 

Cuando corres realmente nada importa demasiado, nada importa más que llegar. Y por unos instantes crees que si corres lo suficientemente rápido la tristeza o la rabia no te van a alcanzar. Tienes la ilusión de que la vida son 10, 15 ó 21 kilómetros y por eso no puedes sino seguir hacia delante, debes dejar  todo lo que no te ayude a llegar. Una cuadra atrás quedaron las palabras que no dijiste, las letras que no escribiste, la chaqueta de una corredora que ya no tiene frío y un charco.

 

El clima, los metros sobre el nivel del mar, la fisonomía, son pequeñas variantes de la ecuación inalterable: al final el que entrena más y mejor es el que más gana y uno mejora su tiempo si entrena con juicio.  Es bastante considerado y justo este deporte de correr. Es tal vez por eso que en el running es extraño oírle decir a un atleta que “no se le dieron las cosas”.

 

En el running no hay autogoles ni errores de arquero, no hay malos pases ni tiros en el palo. No existen los penaltis. Se entrena, se suda, se corre, se gana. Lo que te pasa no es relativo ni casual, no puedes culpar a un compañero de tu tiempo, hay milésimas de segundo que hacen grandes diferencias, no se corre como nunca y se pierde como siempre: si se corre como nunca se gana como nunca. No hay gustos personales, diferencias culturales  ni contactos claves que determinen quién sube al pódium.

 

En el running no hay demasiado espacio para la suerte, no hay muchas excusas posibles, la clase social, la popularidad, la raza y la belleza son irrelevantes para llegar a la meta.

 

Aunque a veces  se oyen voces extrañas al correr –no se preocupen, suelen ser recuerdos– la voz que más oyes cuando corres es la tuya, los recuerdos y los reproches se van quedando con cada paso porque los que has dado nunca son tan importantes como los que te faltan. Cuando corres sabes que hay que abrir trocha, hay que dar zancadas, parar no es posible. Y hay que apurarse porque hay que llegar. Y hay que olvidarse de la mierda de la vida para llegar.

 

@JuliaLondonoBoz

 

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