Hypomnémata

Publicado el Jorge E. Pacheco

Noche de plan tortuga

plan tortuga

Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte. Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El taxista nocturno debe tener la sangre fría.

Acostumbro a escuchar un CD de música romántica que tiene más de 500 canciones, me lo regaló mi hija. Juan Gabriel, Leo Dan, Pimpinela, Leonardo Favio, etc., son los cantantes. No me gustan mucho, yo prefiero el vallenato; pero me relajan todo el día. Lo hacen más llevadero.

A eso de las ocho de la noche ya me había enterado del caos de los motociclistas: su plan tortuga. Protestaban porque a la alcaldía se le ocurrió que debían usar sólo un carril, ¡otro carril ocupado! ¿Por dónde transitaremos los demás si la alcaldía sigue asignando carriles? En fin, protestaban por el carril, por la reducción de velocidad, porque no podrán llevar cascos en las manos, porque no podrán hacer zigzag (Quiero ver cómo lo controlarán), porque los parrilleros deberán tener un carnet, porque tendrán que pintar las motos de colores fosforescentes, porque las luces tendrán que ser más blancas que las de los carros, porque todos los motores tendrán que sonar igual, etc. Al final ya no se sabía si era todo en broma.

Iba sobre la 33 y una pareja me detuvo. Apreté el botón de las direccionales y frené suavemente. Se subieron. El hombre me indicó que debían llegar “lo más rápido que pueda” al centro comercial El Cacique. Me sorprendió que no dijera “Falabella”, que es desde hace unas semanas, el lugar más concurrido de la ciudad. No dije nada y arranqué.

No tardé en detenerme. Los motociclistas habían taponado otra vía. Los imagino yendo a menos de 20 km/h pitando e insultando a todo el mundo. No creo que usen la violencia; pero violentos hay en todos lados. La gente se aprovecha.

Avanzábamos lentamente, así que decidí desviarme. “Intentaré por acá”, dije. La mujer, mirando su reloj, preguntó si había un accidente. Le dije que era por el paro de motos. “¿Paro de motos?”, preguntó mirando al hombre que la acompañaba. Éste último sacó su teléfono celular.

Sonaba la Calandria de Pedro Infante cuando el hombre dijo que las motos habían bloqueado la 27 y la 33 y el puente la Flora al mismo tiempo. Escuché decir que estaban “organizados” que parecían “terroristas” y hasta que deberían “echarles a la policía”. Yo asentía.

Poco a poco nos acercamos al colegio La Merced. Y de allí no nos movimos. Ella miraba su reloj; él, mi taxímetro.

Avanzamos un poco más.

“¿Qué hacemos?”, dijo la mujer. El hombre le susurró al oído y decidieron bajarse porque se nos estaba haciendo tarde nos íbamos a perder la película. Antonio me dijo que me quitara el collar, los anillos y las manillas, las metiera en el bolso y que no le soltara la mano. Pagó el taxi y nos dispusimos a caminar. Teníamos que cruzar el puente la Flora.

No éramos los únicos. Mucha gente caminaba. Algunos corrían, lo que me ponía los nervios de punta. Todos tenían prisa. Parecía que estuvieran huyendo de algo horrendo. Incluso nosotros. Al principio, Antonio iba delante. Me había tomado de la mano y caminaba muy rápido. Parecía estar arrastrándome. Entonces paré y se lo dije.

—Vas muy rápido, Antonio.

—Tenemos que cruzar rápido —dijo—No podemos arriesgarnos.

Tomó mi mano, nuevamente, pero esta vez caminaba junto a mí. ¿Arriesgarnos a qué? ¿Algún robo?, ¿Algún accidente? ¿No estaba siendo muy paranoico?

Llegamos a la entrada del puente y vi que algunos carros estaban dando la vuelta.

—No se metan por allá —nos dijo un conductor—Eso está feo.

Antonio no escuchó porque siguió a toda marcha y a veces se adelantaba y me jalaba el brazo.

Decidimos caminar por la carretera, entre los carros detenidos. A Antonio le pareció mala idea ir por el sendero peatonal del puente, le parecía inseguro y lento. Sin embargo, después de tropezar algunas veces y golpearnos con algunos espejos laterales decidimos usarlo.

Mientras avanzábamos, empezamos a divisar a los motociclistas culpables del trancón. No eran muchos; pero sí los suficientes.

Antonio sacó su celular y empezó a tomar fotografías.

—Ten cuidado —dije.

—No hay problema —dijo

Soltó mi mano y tomó fotos desde la carretera. Luego regresó. Avanzamos un poco y volvió a dejarme. Tomó algunas fotografías más. Mientras dejábamos el puente escuchábamos las arengas de los motociclistas que exigían respeto, igualdad y consideración con sus trabajos. Gritaban al vacío porque nadie estaba allí para escucharlos. Todos corrían, pitaban y gruñían al paso de los transeúntes. Caminamos un poco más y pude darme cuenta de que esa parejita que va allá nos estaba tomando fotos. Yo sabía que era inseguro hacer este tipo de manifestaciones con los números de las placas al aire. Yo se los había advertido.

Elkin se acercó y me dijo que si había visto a la parejita que estaba fotografiándonos. Le dije que sí y sin que yo se lo mandara dijo que les iba a dar un sustico y aceleró en su dirección.

Mientras se alejaba pude darme que cuenta que no estaba solo. Viendo a mis “amigos” los demás motociclistas me sentí parte del mundo. Era hermano de todo aquel que tuviera una moto (excepto los policías, claro) Y me puse a recordar cómo hace unos meses pude comprarme una moto. La idea era usarla para movilizarme hasta mi trabajo. Sin embargo, me di cuenta que podía sacarle más provecho a “mis dos ruedas”. Si alguien me pagaba por llevarlo a alguna parte, ¿Por qué no hacerlo? El Metrolínea es lo peor que pudo suceder a la ciudad. Pasa lleno y tarde. A veces, ni siquiera se detiene en las estaciones. Por otro lado, los taxis son muy caros, los taxímetros están arreglados y cobran lo que quieren. Sin importar que sea horario normal, cobran como si fuera día festivo, etc. Entonces, si el cliente puede acordar con el motociclista una cifra moderada, ¿Quién pierde? En la moto se le lleva cómoda y rápidamente. No espichado entre la gente y sin cobrarle más de la cuenta. Eso es lo que yo digo.

Ahora, La alcaldía se inventa unas normas ridículas para dejarnos sin trabajo. Claro, como tienen sus negocios con el transporte público… pero fíjese que el usuario es el que sale beneficiado. Pregunte cómo le toca a la gente que vivía en Piedecuesta. Antes tenían el mejor servicio de transporte, ahora es lo peor.

—Por eso protestamos y protestaremos; no somos delincuentes —dijo mientras encendía su motocicleta— Sólo queremos trabajar. Ponga eso en su artículo, mano. Eso es lo único que queremos, trabajar. Además, si la alcaldía quiere acabar con este servicio que nosotros brindamos, pues que mejore las carreteras, el Metrolínea, y demás cosas. La gente se aburre, la gente se aburre.

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