Veía hace poco una entrevista hecha a una diplomática en un contexto de guerra, una diplomática de carrera. En un momento, hacia el final de la entrevista, se escucha claramente cómo se le quiebra la voz. Era natural, dada la situación. En su larga carrera, no era su primera entrevista y siempre ha tenido un excelente manejo de medios; sin embargo, en este caso particular algunos comentarios negativos, especialmente de los propios colegas, no faltaron. Unos eran típicamente machistas, pero la mayoría se referían a lo supuestamente impropio que era ese atisbo de humanidad en una diplomática. Otros, consideraban justificado ese quebranto. Personalmente lo considero no solo justificado, sino necesario, y hasta recomendable. Intentaré explicarme.

No deja de ser curioso constatar que la mayoría de los diplomáticos profesionales hacen pocas publicaciones respecto a su trabajo y es más frecuente que lo hagan cuando se encuentran iniciando la carrera diplomática, e incluso en esas etapas suelen publicar más cosas curiosas de los lugares y acontecimientos que directamente de lo sustantivo de su labor. Es comprensible que en esas etapas uno esté más entusiasmado por publicar debido a la novedad del oficio. Lo mismo ocurre en casi cualquier carrera: un cirujano recién graduado suele tener más interés en publicar fotos de sus cirugías que un cirujano veterano. No se trata de que se haya perdido el interés en el oficio, solo que ya no es una novedad, es una realidad que uno viene ejerciendo cada día durante años.

En el caso de la carrera diplomática, existe otro elemento significativo que restringe nuestra participación en espacios públicos: estamos limitados por ley para expresar opiniones que puedan comprometer la política exterior de nuestro país. En el caso colombiano, específicamente el Decreto Ley 274 de 2000 (que regula el Servicio Exterior) establece en su artículo 81. Prohibiciones Especiales que “Además de las prohibiciones establecidas para los empleados públicos del orden nacional, a los funcionarios pertenecientes a la Carrera Diplomática y Consular y, en general, a los funcionarios del servicio exterior, les está prohibido expresamente: (…)

  1. Hacer declaraciones, revelar asuntos tramitados o de los que hubiere tenido conocimiento por razón de sus funciones, sin la autorización del superior respectivo.

Esa es una de las razones por la que los diplomáticos de carrera nos dedicamos a hacer nuestro trabajo en la sombra. Construimos documentos por medio de una cuidadosa labor de investigación y consulta con diferentes entidades, realizamos arduas negociaciones con detalles técnicos bizantinos, proporcionamos toda clase de asistencia consular a nuestros connacionales, hacemos todo tipo de trabajos imaginables en las condiciones más inusuales y casi nunca se nos da crédito por ello. Lo que llega a las noticias y redes es el resultado final de un proceso que nosotros realizamos detrás de cámaras. La firma del tratado, la cumbre, la ceremonia, el evento en el que se estrechan las manos y se toman las fotos, son la culminación de una labor que hacemos casi en secreto.

La curiosa excepción de facto a esta regla se puede encontrar con frecuencia en los diplomáticos que no son de carrera, usualmente políticos. Estos sí suelen dedicarse a publicar todo lo que hacen y lo que no hacen. Es comprensible: mientras los funcionarios de carrera (de todas las carreras en general) podemos dedicarnos a trabajar por el futuro de nuestro país, los políticos tienen que dedicarse a trabajar por el futuro de las elecciones. Su trabajo depende de estas. Así que deben esforzarse por hacer publicidad y propaganda constantemente, dedican su vida a ello.

Dos problemas surgen de esta excepción: el primero es que estas personas terminan saltándose la ley impunemente en muchas ocasiones. A pesar de que no es infrecuente que se extralimiten en sus comentarios, rara vez sufren alguna consecuencia por ello, y cuando la sufren, normalmente es mediante una amonestación simbólica o una simple reinducción que se completa en un par de horas y a la que ni siquiera asisten. Caso contrario al de los diplomáticos de carrera que sí nos vemos sometidos a procesos disciplinarios estrictos por cualquier motivo.

El segundo problema es que, al estar publicando sobre la diplomacia (a pesar de que no deben hacerlo), son ellos los que terminan construyendo un imaginario en torno a lo que es ser diplomático, un imaginario distorsionado y muchas veces nocivo. Terminan construyendo esa idea solemne y elitista del diplomático distanciado de la cotidianidad que poco tiene que ver con la realidad. Un imaginario superfluo que a veces los mismos diplomáticos terminamos comprando innecesariamente.

Los diplomáticos somos servidores públicos y, por definición, los servidores públicos se dedican a servir, especialmente aquellos que optaron por convertir su vocación de servicio en una carrera. Cada rama del sector público tiene sus particularidades y condiciones especiales, los maestros, los administradores públicos, los militares, cada carrera es importante y necesaria. Nos diferencian las circunstancias, en nuestro caso, principalmente, la misionalidad fuera del país, pero nos une una misma característica: la entrega al servicio.

Nos diferencian, también, cosas como la provisionalidad. A nadie se le ocurriría nombrar líder de un comando de asalto a una persona sin experiencia militar, pero pareciera normal nombrar líder de una misión a una persona sin experiencia diplomática. Además, casi nadie se pone a opinar sobre la forma de conducir una misión militar en la selva, pero todo el mundo quiere opinar sobre cómo conducir una misión diplomática en el exterior, aunque el desconocimiento sea el mismo.

Es terrible la encrucijada en la que nos pone el dilema respecto al manejo de la información. Nuestra restricción específica no es un capricho normativo. Tiene sentido que no opinemos abiertamente sobre los temas de nuestro trabajo porque podemos comprometer nuestra misión y con ella los intereses de nuestro país; cualquier diplomático lo sabe. Lo contradictorio es que aprendemos mucho en nuestra labor y todo ese conocimiento queda velado por nuestro deber mientras vemos cómo un ejército de opinadores se dedica a pontificar sobre lo que hacemos. Algunos intentamos cerrar esa brecha desde la academia haciendo un cuidadoso ejercicio de curaduría respecto a aquello que podemos comunicar y aquello que debemos reservarnos. La Asociación Diplomática y Consular, en particular, dedica un gran esfuerzo no solo a posicionar la experticia de nuestros diplomáticos de carrera, sino a gestionar ese conocimiento para hacerlo útil para el público. Nuestra revista Orbis es una de las herramientas que usamos para ello.

Sin embargo, más allá de la expresión pública o no de nuestro trabajo, es nuestra propia naturaleza humana la que muchas veces se ve afectada por esa asimetría comunicativa. Frente al estereotipo artificial que se ha construido en torno a la figura del diplomático, pareciera que no podemos atrevernos a ser humanos por tratar de entrar en un encorsetado paradigma de comportamiento alienante. Nuestra reserva es tomada como ignorancia o desinterés muchas veces, y nuestra humanidad se señala como muestra de debilidad o de desviación punible.

Alguna vez estuve en un búnker -Refugio antibombas- con otros diplomáticos mientras escuchábamos a lo lejos explosiones. El búnker estaba fuera de nuestras oficinas y alguien había tenido la curiosa idea de instalar una mesa de billar, así que nos dedicábamos a jugar torpe y alegremente mientras afuera el mundo parecía caerse a pedazos. Una explosión se escuchó cerca y alguno dijo “¿Sintieron el bum?” a lo que otra persona replicó “Y no es de este perreo intenso”, comentario ante el cual tuvimos para reírnos un rato.

Sé que las personas que estuvieron en esa situación no querrían que mencionara sus nombres ni que siquiera mencionara que ocurrió el hecho. ¿Por qué? No porque ellos consideren que fue algo malo, sino porque sabemos que estaríamos en la palestra pública por algo así. No es difícil imaginar los cuestionamientos ¿Cómo se les ocurre jugar billar mientras afuera hay un ataque?, ¿cómo se les ocurre hacer chistes en medio de la muerte?, y, peor, ¿cómo se les ocurre saber de reguetón? Eso suena muy poco protocolario. Los diplomáticos deberían escuchar solo a Vivaldi y a Erik Satie.

Se trataba de gente que llevaba semanas durmiendo a retazos para enfrentar una doble crisis diplomática y consular en un ambiente de guerra, de gente que estaba luchado día y noche para sacar a sus connacionales del país y para evitar que los sacaran a ellos antes de terminar su labor. Sin embargo, no los juzgarían por eso, sino por ser humanos. Un político, por supuesto, no habría hecho esos chistes, se habría dedicado a tratar de promover una imagen de solemnidad publicitaria que le sería útil para las próximas elecciones.

Los diplomáticos escuchamos reguetón, nos asustamos, hacemos chistes tontos, disfrutamos de pequeños momentos en medio del caos, vamos a la playa o al museo de la ciudad que visitamos si es que tenemos media hora libre (algo que rara vez ocurre) en medio de nuestro trabajo. Mientras otra gente está en las redes tratando de destacar tanto como pueda, tratando de construir una imagen de la que vive, nosotros estamos trabajando en el frente de guerra, figurado o literal, haciendo aquello a lo que hemos dedicado nuestra vida: ayudar, servir a la gente. No necesitamos el reconocimiento que requieren otro tipo de oficios (aunque no estaría de más tenerlo), pero sí necesitamos acabar con ese imaginario nefasto para que la gente entienda que somos humanos y que pueden contar con nosotros, aunque no estemos haciendo publicidad con nuestro trabajo.

*Carlos Arturo García Bonilla es ingeniero de la Universidad Industrial de Santander con maestría en Educación. Primer Secretario de Carrera Diplomática y actualmente, Coordinador de Selección y Capacitación en la Academia Diplomática de la Cancillería.

 

 

 

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