Ese extraño oficio llamado Diplomacia

Publicado el Asociación Diplomática y Consular de Colombia

LA AMENAZA OCULTA DEL AMBIENTALISMO ANTROPOCÉNTRICO*

Existe una omisión asombrosa y aparentemente inexplicable en los instrumentos internacionales relacionados con la diversidad biológica. En ninguna parte se abordan con seriedad los riesgos que esta diversidad puede representar para la salud humana. Esta omisión podría parecernos insólita como sobrevivientes de una pandemia todavía en curso, pero en realidad tiene una explicación sencilla que apunta a una concepción de la naturaleza que no solo es ingenua sino peligrosa.

En el Convenio sobre Diversidad Biológica (CBD) solo existen dos menciones a la salud humana. Primero, en el preámbulo se establece que las partes contratantes

“Conscientes de que la conservación y la utilización sostenible de la diversidad biológica tienen importancia crítica para satisfacer las necesidades alimentarias, de salud y de otra naturaleza de la población mundial en crecimiento, para lo que son esenciales el acceso a los recursos genéticos y a las tecnologías, y la participación en esos recursos y tecnologías”. (Naciones Unidas, 1992)

Es decir, la diversidad biológica se considera una fuente de beneficios para la salud humana, lo cual es cierto y es útil señalarlo, pero es incompleto. Luego, el Artículo 8 afirma que cada parte contratante

“Establecerá o mantendrá medios para regular, administrar o controlar los riesgos derivados de la utilización y la liberación de organismos vivos modificados como resultado de la biotecnología que es probable tengan repercusiones ambientales adversas que puedan afectar a la conservación y a la utilización sostenible de la diversidad biológica, teniendo también en cuenta los riesgos para la salud humana”. (Naciones Unidas, 1992)

Lo que significa que se considera que la única fuente de riesgos para la salud humana es la derivada de la biotecnología y el empleo de organismos genéticamente modificados por el ser humano. Simplificando un poco las cosas, cabría decir que el CBD considera que ningún virus, bacteria, parásito, u organismo alguno presente en la naturaleza pueda representar un riesgo para la salud humana a menos que sea modificado por medio de la biotecnología. Lo cual, evidentemente, no es cierto.

Efectivamente los organismos genéticamente modificados pueden representar un riesgo para la salud humana y este asunto es ampliamente abordado en el Protocolo de Cartagena sobre Seguridad de la Biotecnología y en el Protocolo de Nagoya-Kuala Lumpur sobre responsabilidad y compensación, suplementario del primero. Ningún protocolo, sin embargo, considera que los organismos que no han sido modificados por el ser humano pueden representar un riesgo.

En el Protocolo de Nagoya se relacionan en forma un poco menos tímida la diversidad biológica con los riesgos para la salud humana cuando en su artículo 8 se menciona que cada parte “Prestará debida atención a los casos de emergencias presentes o inminentes que creen amenazas o daños para la salud humana, animal o vegetal, según se determine nacional o internacionalmente” (Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica, 2011), aunque inmediatamente esta afirmación es matizada al agregar que “Las Partes pueden tener en cuenta la necesidad de acceso expeditivo a los recursos genéticos y de una participación justa y equitativa y expeditiva en los beneficios que se deriven del uso de dichos recursos genéticos, incluido el acceso a tratamientos asequibles para los necesitados, especialmente en los países en desarrollo”. (Secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica, 2011). Es decir, la diversidad biológica se considera una fuente de recursos para solucionar emergencias que amenacen la salud humana; lo cual, de nuevo, es cierto y es justo, pero es incompleto porque no se considera que esta diversidad biológica también puede ser fuente de estas amenazas.

La razón por la cual todos estos instrumentos incurren en esta omisión es simple: obedecen a una visión antropocentrista de la naturaleza. El paradigma central de esta visión es que el ser humano es ajeno a la naturaleza, que está por fuera de ella e incluso por encima de ella. Esto se hace evidente en la visión de la Convención de “vivir en armonía con la naturaleza” para el 2025. Meta que a primera vista parece ideal y que no resiste un análisis a profundidad. No solo es imprecisa, está formulada de una forma ambigua que puede inducir al equívoco.

Las concepciones ambientalistas más ingenuas consideran que el propósito del ambientalismo es salvar la naturaleza o salvar el planeta. Aunque esto puede sonar como una idea altruista y generosa en realidad responde a una visión antropocentrista y deformada de la realidad. La realidad es que la naturaleza no necesita ser salvada. La actividad humana, por espectacular que nos parezca, es ínfima a escala geológica. Es cierto que ninguna especie (que tengamos conocimiento) ha impactado tanto a su entorno como la especie humana, pero también es cierto que incluso ese impacto y toda nuestra existencia es casi que un comentario al margen en el libro de la naturaleza. Retomando el lenguaje de la Convención, cabría decir que la meta de “vivir en armonía con la naturaleza” es imprecisa porque es simplemente imposible vivir si no es en armonía con la naturaleza. Vivir en armonía con la naturaleza es simplemente vivir. Todos los seres vivos tienen el potencial de generar desequilibrios con su entorno. Si un grupo de depredadores excede la caza de su presa, la escasez disminuirá el número de depredadores, incluso puede que este número disminuya hasta la extinción. La naturaleza no vive en un equilibrio estático, vivo en un perpetuo estado de meta-estabilidad dinámica y cambiante. Nuestra actividad desenfrenada y perniciosa no amenaza a la naturaleza, amenaza nuestra propia supervivencia. El riesgo que se corre no es que la naturaleza desaparezca, es que la especie humana lo haga.

Podría parecer que el error implícito en este ambientalismo antropocéntrico es inofensivo, pero no es así. El grave peligro de considerar que se está salvando a la naturaleza está en que se piensa que las medidas ambientales son una especie de favor que se le hace a la naturaleza, una forma de generosidad con el medioambiente. Bajo esta premisa, es factible considerar que estas medidas son opcionales y que pueden ser pasadas por alto en nombre del progreso de la humanidad. He allí el gran peligro. Cuando un tomador de decisiones aborda el ambientalismo como una serie de medidas hechas para salvar a la naturaleza es perfectamente lógico que opte por omitirlas pensando que está favoreciendo a las personas. Se plantea un falso dilema entre la naturaleza y el ser humano porque se supone que el ser humano es ajeno a la naturaleza. El resultado es dolorosamente evidente: calentamiento global, sequías, hambrunas, inundaciones, plagas; resumiendo, muerte y disminución de calidad de vida de millones de personas, no como venganza de la naturaleza como entidad abstracta, sino como simple resultado de decisiones tomadas con los criterios equivocados.

Se puede rastrear el origen de este error antropocéntrico hasta sus fuentes psicológicas, políticas, económicas y religiosas. Sin embargo, el elemento central de esta concepción es considerar la supervivencia desde la perspectiva limitada del individuo o, en el mejor de los casos, de la comunidad. Lo cierto es que cuando se considera un contexto biológico, lo correcto es partir desde la perspectiva de especie. El abuso de la naturaleza puede que no amenace la supervivencia de ciertos individuos o de ciertas comunidades específicas en un lugar y un momento determinado, pero definitivamente sí se constituye en una amenaza insoslayable a la supervivencia de la especie humana.

Es necesario pensar como especie si pretendemos abordar temas ambientales con rigurosidad. Pensar como especie significa que no solo se tiene en cuenta mi bienestar como individuo, ni solo el bienestar de mi comunidad; ni siquiera basta con tener en cuenta el bienestar de otras comunidades en el momento actual. Pensar como especie requiere tener en cuenta el bienestar humano tanto en el presente como para las generaciones venideras. El riesgo que representan quienes abogan por el uso desmedido de los recursos naturales, quienes no se preocupan por la contaminación y la extinción de especies, por la desaparición de hábitats y el abuso de nuestro entorno, no es la extinción de la naturaleza sino la extinción de la humanidad.

La naturaleza no necesita ser salvada. No es una entidad separada de nosotros. La naturaleza no es buena, tampoco es mala; es neutra y demasiado vasta para nuestra pequeña escala humana. Puede ser una fuente de beneficios, por supuesto, y también una fuente de amenazas. Hemos sido testigos y víctimas de varias de estas amenazas en los últimos años. La actual pandemia es una muestra de ello. Es posible que el virus del SARS-Covid-2 no haya tenido su origen en la de murciélago a la que se atribuye popularmente. De hecho, existe evidencia, no concluyente, pero significativa, de que el coronavirus pudo haber tenido su origen en otro tipo de animales, e incluso, independientemente de las teorías de conspiración que ha suscitado el fenómeno, aún está planteada la posibilidad de que haya sido creado artificialmente. Sin embargo, más allá de la corroboración de la fuente real, lo innegable es que en el imaginario popular se ha instalado la idea de que la práctica del consumo de murciélagos en Wuhan fue el origen de una enfermedad que ha matado a millones de personas en todo el planeta.

Vale la pena detenerse a considerar este fenómeno. Existen dos elementos allí que se abordan en instrumentos ambientales internacionales: un elemento biológico (el virus) y una práctica cultural (el consumo de sopa de murciélagos en una ciudad de China). Sin ir más lejos, estos dos elementos son esenciales en el Protocolo de Nagoya sobre acceso a los recursos genéticos y participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de su utilización al Convenio sobre la diversidad biológica, el cual toma nota “de la interrelación entre los recursos genéticos y los conocimientos tradicionales, su naturaleza inseparable para las comunidades indígenas y locales y de la importancia de los conocimientos tradicionales para la conservación de la diversidad biológica y la utilización sostenible de sus componentes y para los medios de vida sostenibles de estas comunidades” (Secretaría del Convenio sobre Diversidad Biológica , 2011). Sin embargo, a pesar de que esta interrelación está más clara que nunca a raíz de los recientes hechos, el tema de la biodiversidad y la bioseguridad no parece haber sido abordado desde sus riesgos, al menos no más allá de los riesgos para la biodiversidad que puede generar la actividad humana.

Nos esperan más pandemias, eso es innegable. La naturaleza no solo está produciendo constantemente nuevos agentes biológicos potencialmente amenazadores para los seres humanos, lo cierto es que ya existen muchos que aún no conocemos y que no han llegado hasta nosotros por limitaciones de carácter geográfico, principalmente. Todo esto está cambiando no solo con la globalización y el transporte internacional. El cambio climático incrementa estos riesgos exponencialmente. El deshielo de grandes zonas árticas está sacando a flote microorganismos que llevaban milenios escondidos en el permafrost. Los cambios en los patrones climáticos están obligando a muchos animales a realizar migraciones inéditas y a invadir zonas urbanas. El calentamiento global está haciendo que algunos lugares sean aptos para insectos que antes no podían prosperar en ellos. Estos son solo unos ejemplos de miles de casos potenciales. Sin embargo, la discusión en torno a estas amenazas sigue siendo limitada a los escenarios académicos y científicos.

El Convenio sobre Diversidad Biológica vio la luz en el año 1992; el Protocolo de Cartagena, en el año 2000; el Protocolo de Nagoya-Kuala Lumpur, en el año 2010; el Protocolo de Nagoya, en el año 2011. Todos estos documentos son muy anteriores a la pandemia y se podría comprender que antes del 2020 nadie consideraba con seriedad las amenazas globales que el manejo inadecuado de la diversidad biológica natural podría llegar a tener. En este momento se está debatiendo una Agenda Post-2020 y, a pesar de que “Post-2020” invita a pensar que es una discusión planteada después del significativo acontecimiento que fue la pandemia, la verdad es que en esta Agenda tampoco se están discutiendo los riesgos que el mal manejo de la diversidad biológica puede tener para la salud humana. De nuevo, solo se considera como fuente de riesgos los organismos genéticamente modificados por humanos y la diversidad biológica natural solo se considera una fuente de beneficios. El paradigma antropocéntrico continúa lastrando nuestra visión global de la diversidad biológica a pesar de nuestra reciente experiencia.

Esta es una invitación a replantear el enfoque ambiental. No es nueva, por supuesto. En el seno mismo del multilateralismo se ha adelantado este cambio de paradigma desde hace mucho tiempo y es cada vez más vigente esta visión del ambientalismo. Klaus Töpfer, por poner un ejemplo, el entonces director Ejecutivo de UNEP afirmó inequívocamente en el año 2000 que “El entorno natural proporciona las condiciones básicas sin las cuales la humanidad no podría sobrevivir”. (Secretariat of the Convention on Biological Diversity, 2000). Este es el enfoque que necesitan entender los tomadores de decisiones, no el de salvar a la naturaleza, sino el de preservar a la humanidad. Necesitamos implementar esta visión en el núcleo de nuestras políticas nacionales y globales o dentro de no mucho tiempo la naturaleza seguirá su curso sin nosotros.

*Carlos Arturo García Bonilla. Ingeniero de la Universidad Industrial de Santander con maestría en Educación. Segundo Secretario de Relaciones Exteriores. Actualmente presta servicio en la Academia Diplomática Augusto Ramírez Ocampo.

 

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