El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Transanimalenio

Transmilenio, sistema de transporte masivo de Bogotá, mejor conocido como “TRANSANIMALENIO”, acaba de confirmar su nombre. Antes de esta semana era transporte de animales porque un articulado es capaz de llevar por lo menos 40 “personas” más de lo que determina su cupo normal. Y digo transporte de animales porque así se sienten (nos sentimos) sus usuarios.

Veamos por qué. A las seis de la mañana de un lunes, por ejemplo, un usuario común y corriente tiene que meterse como sea a un bus que lo lleve a su trabajo, no importa que para subirse tenga que empujar, dar codazos, pisar, saltar, madrear, bufar, agarrar, rozar partes pudendas de hombres y mujeres sin discriminación alguna, etc. Si el acto de meterse de esa manera a una cámara de tortura es de humanos, pues este escrito no tendrá razón de ser.

Ya dentro del enorme bus la tortura es de otro tipo. Consiste en agarrarse de donde se pueda para no caer o para atenuar el atropello a los compañeros de campo de concentración, por las románticas y dulces frenadas con que nos atienden los conductores. A ello se suma la escasez de oxígeno, particularmente para los infortunados niños, o adultos de estaturas de un metro con sesenta centímetros o menos. Son muchos, particularmente muchas, quienes por esta desgracia del destino quedan literalmente sepultados entre los vapores de una selva de piernas, nalgas, axilas y otras presas que no me atrevo a nombrar. Este martirio, amigo lector, no puede ser propio de seres humanos. Es trato de animales.

El suplicio de transanimalenio consiste también en disfrutar el delicioso aroma de personas que sólo se bañan una vez al mes (o menos) aunque juren que están limpias. Agréguele el aliento de dragón de los señores que la noche anterior han consumido toda suerte de bebidas alcohólicas, acompañadas de papas criollas, morcilla, bofe y demás delicias gastronómicas propias de la cocina local. Ah, y el infaltable y detestable cigarrillo. Pero, claro, con el afán de tomar el transporte y la costumbre bogotanísima de llegar tarde a todas partes por no levantarse un poco más temprano, pues no hay tiempo para un aseo personal medianamente digno. Además, porque muchas de las campañas institucionales alertan sobre la necesidad de ahorrar agua por el deshielo polar, el calentamiento global y otras calamidades posmodernas.

En una ocasión en que viajaba yo en uno de esos armatostes descomunales, miraba por la ventanilla un camión que transportaba reses. Pues bien; sentí una envidia también descomunal cuando advertí el orden en que viajaban los semovientes: todos de pie, mejor dicho, de pata, pero ordenaditos unos con la cara mirando para acá y los otros mirando para allá. ¡Miércoles!, pensé; estos afortunados animales inferiores evidentemente son más civilizados que nosotros los animales superiores porque viajan veinte veces más cómodos.

En ese momento de indignación deseé ser semoviente, pero unos segundos más tarde me arrepentí de mi fugaz deseo porque vi a uno de los animalitos haciendo sus necesidades (exonerando generosamente el vientre) sin importarle que eso es un acto de muy mala educación con sus compañeros de viaje, y más cuando se hace a la vista del público. Pensé para mí que por más cruel que sea el viaje en transanimalenio nunca se verá que, por ejemplo, una secretaria apurada por llegar a su oficina cometa un acto de esos tan indecentes. Eso, de por sí, ya es un consuelo, pensé.

Bueno. Al principio dije que TRANSANIMALENIO acababa de confirmar su nombre. Pues sí. La Honorable Corte Constitucional, sí, como lo leen, Honorable Corte Constitucional de Colombia dio vía libre para que quien quiera puede transportar a sus mascotas en el transanimalenio. Como si la tortura fuera de poca monta, ahora los afortunados usuarios del masivo transporte tendrán la dicha adicional de soportar el aroma de dulces perritos, gaticos, conejitos y cuanto avechucho sea considerado mascota. Créanme que en este caso pensé en el ex presidente Uribe, porque según dice la gran prensa, a todas horas vive agarrado con los miembros de las altas Cortes. (Ojo, agarrado con, no de…). En otras palabras, se van a sintonizar con la nueva moda en los articulados de marras porque a toda hora parecen como perros y gatos. Apoyo a Uribe cuando dice que las altas Cortes no siempre fallan en derecho, porque en este caso la Constitucional volvió a fallar pero esta vez en contra de la lógica, de la decencia y de las buenas costumbres.

De todos modos, según la norma que reivindica los derechos de las mascotas, los animalitos deben viajar en unos guacales que les impiden ladrar, maullar, piar, balar, rebuznar, relinchar, barritar, bramar, croar, etc., es decir, tienen que cerrar la jeta. (No piense, amable lector, que le estoy echando vainas a Uribe, ni más faltaba). Quiera Dios que el guacal sea lo suficientemente fuerte y sólido para no permitir que se filtren las aguas mayores y menores de los animalitos. No quiero ni pensar en los pobres pasajeros cuando una dulce mascota les aromatice el vestido o cuando los deleite con un concierto de ladridos. Aquí una aclaración: cuando hablo de barritar, que es el sonido de los elefantes, es un decir porque no creo que el ex presidente Samper viaje en articulados. Igual cuando se dice croar, porque esos especímenes viajan es en camionetas oficiales y no en transporte masivo. Hasta aquí la aclaración.

En fin, buena esa por la Corte Constitucional. Les salvaguardaron los derechos a los animales inferiores, aunque a los superiores dizque humanos se les nieguen esos derechos y tengan que sufrir las consecuencias de la inteligencia superior de los togados. Lo único que falta es que los agudos magistrados mediante su lúcida jurisprudencia obliguen a los ancianos, mujeres embarazadas y minusválidos a ceder el puesto a los afortunados animales. (Me refiero a las mascotas, no a los magistrados). Lástima que los miembros de la Corte ni sus egregias familias – que ven la realidad pero por televisión – no tengan ni la menor idea de lo que es viajar en transanimalenio. Esa tortura es exclusiva del constituyente primario, es decir, de las clases populares. Eso nos pasa por pobres y por patirrajados.

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