El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Santa Fe: no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista

 Por la dignidad del fútbol bogotano, Santa Fe tiene que ser campeón. Ya es hora de terminar con 37 años de sufrimiento…

 No soy hincha de Chandafecito. Y en mis tiempos de muchacho no solo no quería a Santa Fe sino que deseaba que perdiera siempre.

 Era una época de fútbol auténticamente doméstico de modo que las noticias del fútbol europeo ni nos interesaban. Nuestra afición se centraba en la eterna rivalidad entre Millos y Santa Fe, Medellín y Nacional, Cali y América, Junior y Unión Magdalena. Los bogotanos éramos aficionados de Millos o de Santa Fe y no había, por ejemplo, bogotanos hinchas del Nacional, ni de Cali… Amábamos a los equipos de la ciudad que nos daba de comer, que nos educaba.

 El fútbol era tan sencillo como jugar tejo, pues no había tácticas milimétricas ni gurúes en el micrófono que explicaran el fútbol como si fuera un problema de física cuántica o de cálculo infinitesimal. Y la gente se divertía, alimentaba el alma apreciando un fútbol de ataque, alegre, exquisito, emotivo. Se terminaba el partido y los bogotanos nos metíamos al palacio del colesterol a engullir papas criollas, rellena, longaniza y toda suerte de vísceras trasnochadas que hoy nos tienen el estómago tatuado con la cruel dispepsia. Y para bajar la grasita, pola ventiada hasta que cerraban el establecimiento.

 Había peleas, claro. Uno que otro borrachín desadaptado hacía de las suyas. Pero eso era la excepción. En general, hinchas de Santa Fe y Millonarios compartíamos mesa y comentábamos el penal que nunca se pitó, la jugada que habría cambiado el resultado, el golazo de tiro libre, etc. Se sentía verdadera pasión por el equipo pero era una pasión sana. En la calle, dos horas después del partido aún se veían aficionados lanzando vivas al equipo de sus amores.

 El Nemesio Camacho El Campín era una plaza fuerte, de respeto. No solo porque era el estadio de la capital de la República, sino porque en su momento fue la casa de los dos equipos nacionales con más títulos ganados. Ganarle a Millos era casi imposible. Y a Santa Fe había que superarle su tradicional garra de león. En mi tierna infancia alcancé a ver jugar a figuras como el arquerazo paraguayo Pablito Centurión, a Oswaldo Ayala, Marino Klinger, Delio “Maravilla” Gamboa, Alfonsito Cañón; más adelante Manuel Ovejero, “Basílico” González, Ómar Lorenzo Devanni, el gran Dragoslav Sekularak, Pedro Prospitti y un largo etcétera de figuras de verdad.

 Por el rojo de la capital al lado de auténticos craks desfilaron también troncos ilustres como un yugoslavo – creo – que le decíamos “Tiblas” porque ni se sabía la correcta escritura de su nombre, entre otros. Recuerdo también a un señor tronco que pese a ello fue ídolo en Santa Fe: Carlos Alberto Pandolfi. Y digo que tronco porque no driblaba un poste, como se decía entonces; pero la metía. Y fue el goleador del último campeonato de Santa Fe en 1975.

 Hubo también épocas para olvidar, como la tristemente conocida contratación del técnico Hernán Darío Gómez, el popular “Bolillo”, quien se embolsilló gran cantidad de millones pero ni fu ni fa. Mejor dicho, hizo lo mismo que está haciendo hoy con el DIM: ¡Nada!

 Hoy corren nuevos días. El fútbol colombiano sigue su marcha a la sombra del fútbol europeo de Messi, Iniesta, Cristiano. De Casillas, de Buffon, Ibrahimovic, Özil, Benzemá, etc. Las diferencias son muy grandes, como de aquí a la gpm. Es muy posible que con el precio de un jugador de estos se puedan comprar nóminas completas de dos o tres equipos colombianos con dirigentes, bastoneras y todo. Pero eso no es lo que importa. Lo que al aficionado santafereño le interesa es que su equipo del alma hoy, después de 37 años de su último laurel, está a un paso de ser campeón.

 Hay aficionados albirrojos con casi tres décadas de edad años que no saben lo que es esa gloria. Pero son fieles a su eterna causa. No en vano ganaron fama de ser los hinchas más abnegados y sufridos. Conozco algunos que se pasan del límite y se vuelven masoquistas, cada semana yendo al estadio a gastarse la platica de los transportes del mes para ver a su equipo perder y perder. Pero su ánimo es inquebrantable y nunca abandonan la esperanza. Por estas razones, ya es justo, dice mi joven estudiante. Ya es justo, dice mi viejo tío. Sí, señores, ya es justo que los sufridos santafereños disfruten de la esquiva séptima estrella.

 La suerte está echada. Sólo falta que la banda de Bedoya y Pérez cumplan con su deber. (Qué jugador Gerardo, qué entrega, qué varón en la cancha, aunque en ocasiones se exceda en el juego fuerte; es una verdadera lástima no verlo el domingo). Vargas, Otálvaro, Centurión, el mismo Ómar, Arias, Roa, Quiñones, tienen la oportunidad histórica de refrendar la gloria roja. El empate en Pasto vale un Potosí y es obligatorio hacerlo valer.

 Yo, desde luego, no me alegro por Santa Fe ciento por ciento pero – como no soy tan rabón – reconozco que tienen mérito. Me alegro por mis abundantes amigos santafereños que están a un paso de la locura. Y me alegro por el desconocido técnico Gutiérrez que hace unas cuantas semanas tuvo pata y media por fuera del equipo. Ya los dirigentes le habían dado el ultimátum de siempre… pero les calló la bocota. Bien por Wilson. ¡Arriba, Chandafecito!

 Colofón: vi en una red social una foto que me gustó muchísimo, como dicen las presentadoras de TV. En ella aparece una pancarta que dice: “Hinchas de Santa Fe, bienvenidos a Pasto y que gane el mejor”. Aplausos para los pastusos. Esa es la manera de vivir la fiesta. Y sí, que gane el mejor. Que gane el albirrojo para ir recuperando la jerarquía del fútbol capitalino. Y fuera los hinchas violentos que van al estadio no a ver o a alentar a su equipo sino a liberarse de frustraciones de las cuales la gente buena no tiene la culpa. Bienvenida una final en el Nemesio Camacho con cero muertos. Amen.

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