El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

Qatar 2022. Y la venta de calculadoras

Nada qué hacer. Nos ilusionamos con el partido ganado en La Paz, Bolivia, nos envolvimos en una deliciosa nube de triunfalismo, pero un mes más tarde nos dimos un totazo que nos sacó sangre. Quedamos con el ánimo fracturado en mil partes. Y no se ve manera de entablillarlo.

Pero por unas partes mejor. Porque el tris de inteligencia que Dios me dio me va a servir para razonar y no creer más en espejismos pendejos. Pues un “desconocido”, llamado Lionel Messi, con su magia y su profesionalismo dejó en paños menores a nuestra selección de mayores. Ahí “le vimos todo”, como decíamos de niños cuando en el pueblo pícaramente nos lanzábamos al piso para mirarles los cucos a nuestras primas. Mejor dicho, a la selección no le vimos nada. Les vimos más a las primas.

Pues sí. Un tipo apodado “la Pulga”, que según las noticias gana en euros un cerro de dinero difícil de traducir a pecuecos pesos criollos, llegó con su corte de gauchos dizque a quemarse en el horno del Estadio Metropolitano de Barranquilla. Nada más lejos de la realidad porque los quemados fueron otros. Me pregunto: un señor tan rico, tan famoso, tan elogiado por la prensa de todo el mundo, ¿tiene necesidad de hacer lo que hizo, sólo por gusto?

No, señores. Lionel Messi a los 15 minutos del segundo tiempo no tenía aire. Parecía como si quisiera de todo, menos jugar fútbol. Estaba mamao. Podía haber pedido cambio y no habría pasado nada. Pero siguió en el campo de juego y en esa media hora final se erigió como lo que es: un monstruo. Ahí comprendí la grandeza de Messi. Y se notó más cuando recordé que unas horas antes nuestro flamante mediocampista de contención, Gustavo Bolívar, había dicho que Messi era un jugador más, que cuál era la vaina. Lo triste del caso se dio cuando, ya finalizando el partido, el quemado 10 argentino le quitó a Bolívar un balón como quien le quita una colombina a un niño de dos años. Tavito: ¿qué pensaste cuando Lionel se te escapó y tú lo mirabas con la impotencia propia de quien desea que se le caiga el mundo encima antes que presenciar la magia del argentino? ¿Qué tal que la jugada hubiera terminado en gol? ¿En esos momentos te acordaste de las palabras de menosprecio que habías baboseado horas antes?

A los futbolistas argentinos en todo el mundo los odian o los aman. Parece que son más los que los odian pero nunca pasan inadvertidos. A donde quiera que vayan, en todos los estadios del mundo son noticia. Ya comprendí por qué: ellos no necesitan ponerse la camiseta albiceleste de su patria porque la llevan tatuada en el alma. Y en la gramilla del Metropolitano quedaron once almas argentinas. Esa, así de chiquitica, como decía el recordado Inspector Ruanini, es la diferencia con nuestros jugadores.

Luego del desastre, un gran sector de la prensa nacional puso a Leonel Álvarez en la mira de todo el mundo. Muchos en Colombia piensan que él es el culpable de la hecatombe por haber perdido 5 puntos en casa. Y habrían podido ser 6; Venezuela no ganó porque no quiso. En los minutos finales creó dos jugadas de gol que nos habrían enviado directo a la sima de la derrota o a la cima de la ridiculez. Pero no. Leonel no es culpable, como no lo son los jugadores; sencillamente, no tienen más.

El pichón de técnico es una víctima más de la brillantez, de la idoneidad, de la transparencia, de la honradez, de la sindéresis con que manejan el fútbol colombiano esas cumbres morales de la Federación de Fútbol. Para decirlo en serio, la improvisación, la absurda idea del milagro fácil, el despilfarro, la desidia, la ambición personal por encima del interés patrio, arrojan resultados lógicos. Ahí están, latentes.

A esto no le gastemos más energía. Mientras González, Jesurum, Bedoya y su larga corte de genios estén al frente, Colombia no va a ganar nada. NO VA A IR A NINGÚN MUNDIAL, a menos que sea en calidad de espectadores. Y hablo de la Selección de Fútbol. Porque los dirigentes sí van a todos los torneos. Claro, por cuenta de nosotros los aficionados imbéciles que aún creemos en milagros pendejos y que tenemos que comprar calculadora para seguirles el juego a los gurúes de la radio como Vélez y Hernández cuando dicen, con una muestra de originalidad pura: “matemáticamente hay posibilidades”. O de una manera menos positiva: “matemáticamente no estamos eliminados”. Sólo que esta vez no van a tener que esperar a comprar la calculadora cuando se acabe la primera vuelta. La venta de esos aparatos luciferinos empezará más o menos después de junio de 2012, cuando se haya jugado la sexta fecha de las eliminatorias y Colombia tenga en su descuadrada caja los mismos cuatro miserables puntos.

Pero paremos la crítica y propongamos una solución a largo plazo. Se debe dejar a Leonel como director técnico para que inicie un proceso serio con miras al mundial Qatar 2022. Que trabaje con las divisiones menores, con pelaos que hoy están entre los 10 y los 15 años. Y que juegue eliminatorias 2014 y 2018 con los jugadores que actúan en el rentado colombiano. Con ellos de pronto hasta nos va mejor que con los “extranjeros”, y nos sale más barato. De veras. Apostémosle a jugar en Qatar 2022 aunque sea cuatro partidos. No caigamos en embelecos estúpidos de Rusia 2018 y menos Brasil 2014. Seamos serios, carajo, que con lo que tenemos lo único que podemos hacer es el ridículo. ¡Por Dios, qué dirá le gente!, decía mi atildada abuelita.

Para ir concluyendo: el aficionado común en ocasiones se indigna porque no llamaron a tal o a cual jugador. En este caso no ha sido así. Están los mejores. Mejor dicho, los menos peores. Eso somos y esa es la realidad actual del fútbol colombiano. Ya no nos quedan ni las ilusiones.

Démoles las gracias a los veteranos por los favores recibidos pero permitámoles un retiro digno, por la puerta del frente. Gracias, Mario Alberto, gracias Amaranto, etc. Pero chao. Ustedes ya no aguantan 90 minutos y menos en un horno como el de Barranquilla. Y menos en una altura de 2.600 y pico de metros como Bogotá. Ya los equipos suman los tres puntos antes de jugar en Colombia. Vienen a la fija. Para ellos somos la Cándida Eréndira de Macondo y el que no nos viola es porque le da pereza.

Bienvenido James, así papá Maturana haya salido a los medios a escurrir las babosadas de siempre, a dar respaldos que nadie le ha pedido. Dijo el odontólogo chocoano: “fue un error alinear a James”. Pero la realidad dice que el único que salvó el honor fue James. Y quizás un poco Ospina. A Pachito hay que decirle lo que a otro oscuro personaje de la farándula venezolana: por qué no te callas.

Ánimo Leonel. Usted es un hombre de fútbol. Y tiene mucho por aprender. Pero apréndalo por otro lado y no llame más a su compadre Bolillo. Él no tiene tiempo y le da unos consejos más para salir del paso que para colaborarle. Además, el ángel de la guarda de las mujeres todavía no se resigna a perder los millones, perdón, no se resigna a no ser el técnico nacional. Hable con Comesaña, con Pecoso, con Quintabani, con Pinto. Esos conocen el fútbol colombiano y le pueden echar una mano, al menos mientras coge experiencia. Hágame caso, hombre…

Colofón. Amigo lector: ¿puede calcular cuánta plata se gasta la Federación en tiquetes, hoteles, viáticos, de los jugadores que actúan en el exterior? ¿Cuántos niños colombianos damnificados por el invierno, por los derrumbes, por los desbordamientos, pueden alimentarse, tener una frazada, un poquito de calor humano con ese pocotón de millones? Si de todas maneras vamos a perder, a ser el hazmerreír en todo el mundo, si todos se han de burlar de nosotros, ¿por qué no jugar con los de aquí que de pronto hasta nos va mejor? Ahorremos billete y de paso mejoramos nuestra imagen en el exterior. Punto.

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